Ser madre a veces puede doler

Aunque nadie jamás lo haya mencionado antes, ser madre a veces duele. Es cierto, la maternidad es hermosa y gratificante, pero un poco dolorosa también. Obviamente, como la vida, es una de cal y una de arena. Después de todo el recorrido transitado junto a tus hijos, comprenderás que todo ha valido la pena.

Recién una vez que traigas tu hijo al mundo comprenderás que ser madre puede resultar algo hostil. Pues diversas situaciones suelen generan dolor o angustia en las progenitoras a lo largo de la crianza. Mas nada más sublime que contemplar el trabajo final con orgullo: ¡lo haz hecho muy bien madre!

Ser madre, una lucha que comienza con la concepción

La lucha de una madre comienza con la concepción. Empiezas a sentir el dolor cuando esperas el “positivo” pero solo recibes negativos mes a mes. Cada nuevo intento fallido cercena la esperanza y constituye un golpe a la paciencia y la ilusión.

Avanzado el embarazo, el dolor de una mamá pasa por el agotador cuerpo-cuna de dimensiones cada vez más considerables. A las horas de sueño y el mal comer adquiridos durante la gestación llegarán a su fin el día del parto. Sea natural o por cesárea, tendrás que reponerte pronto para convertirte en el sostén de tu sol.

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Ser madre es lidiar con el dolor que supone el posparto. No solo pagarás el mejor regalo de tu vida con secuelas físicas. Pues duele el proceso de cambio, y todo lo que queda atrás. Duele el porvenir, lo novedoso: los pechos, esa fuente de alimento de tu bebé.

Asimismo, ser madre implica cargar, insomne, durante noches enteras a tu hijo. Y, en paralelo, te herirán aquellos consejos que nunca quisiste recibir y te hacen perder el eje. Incluso, puede que termine lastimándote volver a la rutina.

Ser madre, conocer un dolor diario diferente

Regresar al trabajo; no dar a basto entre el pequeño, la casa y las obligaciones laborales. Extrañar tu anterior figura, esos momentos de intimidad e incluso los tan mentados minutos de silencio sacrificados por el más puro amor.

Igualmente ser madre supone sufrir por dolores ajenos. Los cólicos, la dificultad de prenderse a la teta, sus primeras vacunas y la aparición de algunos dientes son algunos de ellos. Cada caída y cada vez que se enferma equivale a sentir una puñalada en el corazón.

Cuando presencias comparaciones innecesarias entre niños por parte de un mayor, cuando un niño lo carga e incluso cuando sientes que no puedes llevar las riendas de su educación, duele y mucho. Ser madre es también librar una lucha interna para poner límites cuando el niño desborde, lágrimas en sus ojitos mediante.

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Irónicamente duele intensamente tenerlo en brazos todo el día, así como cuando el niño se desprende y evita toda muestra de afecto. Duelen sus celos ante la llegada de un nuevo hijo que disputará ese amor tan incondicional y especial.

Dolores escolares

Duele el corazón con ese primer día en el jardín de infantes, la necesaria separación y su llanto hiriente. Duele cada jornada en que se rehúsa a permanecer en su escuela. Hieren los “Te odio” infantiles, tanto como el paso del tiempo manifestado en su crecimiento.

Te lastiman esas dificultades en el colegio, y la consecuente despiadada burla de sus pares. Verlo errar y tomar decisiones equivocadas. Duele escucharlo hablar del amor pro primera vez, peor aún si implica una ruptura de su propio corazón.

Te torturan aquellas veces que rogaste que creciera, así como el tiempo perdido a expensas de momentos únicos desvanecidos. Por esto mismo, te sacude todo el peso de la culpa de lo hecho y lo no realizado. Tus propias necesidades insatisfechas, tus errores y su comportamiento piden reflexión.

En definitiva, ser mamá puede doler. Sin embargo, no existe en este mundo un padecimiento más precioso, puro, significativo y magnífico que aquel que se sobrelleva con el amor más profundo que puede experimentar un ser humano. Por eso, no solo duele, sino que también es capaz de sanar cualquier herida.

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