El vínculo con mi hijo no nace por tener una misma sangre: surge del alma

El vínculo con los hijos no surge por tener una misma sangre ni de ese código genético que nos sitúa en un mismo árbol genealógico. El lazo más intenso, el auténtico, surge mediante el apego, mediante las miradas, los afectos, la crianza a fuego lento, la paciencia a pasos de tortuga y esa intimidad que nos hace madres, que nos hace padres.

Muchos de nuestros lectores que hayan dado el maravilloso paso de la adopción, entenderán sin duda que el hecho de no haber gestado en el propio vientre a un bebé no lo hace menos hijo, no lo hace menos digno de ser amado. Porque el amor no siempre se crea, el amor ante todo se construye y es así como nos validamos como padres, siendo sabios en la crianza y en la educación, siendo cercanos, hábiles y respetuosos con esa pequeña vida que sin duda, lo merece todo.

A su vez, y no menos importante, conviene recordar que la construcción del vínculo con nuestros pequeños es fundamental para poner los cimientos de esa arquitectura psíquica y emocional que es la autoestima.

Un vínculo sano, fuerte y seguro es como una alianza de afectos, ahí donde nosotros somos sus referentes primarios, esas personas especiales que lo ayudarán a ser parte del mundo y sentirse digno de él o ella.

En “Eres Mamá” te hablamos de ello.

Nuestro vínculo: te quiero por ser quien eres no por lo que haces

hada con poderes para curar a su hijo

A nuestros niños los queremos simplemente porque son ellos. Los adoramos por su modo de respirar, por esos ojos en los que nos vemos reflejados cada día. Los cuidamos porque sentimos que son parte indispensable de nuestro corazón, un pedazo hermoso de nuestra vida, el ser más perfecto que habita en este mundo y por el cual, lo daríamos todo.

Es así como se entiende ese amor real y sin condiciones, ese que jamás le dirá a un niño “si haces eso mal mamá ya no te querrá” o “como mantienes esa actitud te querré menos que a tu hermano”. Este tipo de frases, este tipo de enfoques educacionales hacen daño y crean secuelas. No es de este modo como se construye un vínculo digno, ese donde nosotros somos merecedores de nuestros niños.

El vínculo creado con nuestros padres es algo que siempre nos determina

Hagamos un pequeño acto de reflexión, de auto-análisis. ¿Cómo es el vínculo que construimos con nuestros padres? ¿Nos hicieron sentirnos seguros? ¿Nos confirieron seguridad, la percepción de que éramos importantes, de que merecíamos lo mejor, de que éramos dignos de conseguir aquello que deseáramos?

  • Por curioso que parezca, este suele ser el principal problema que tenemos las personas a lo largo de nuestra vida: percibir que algo falló en las bases de nuestra crianza, notar que hay puntos que no se tejieron del todo bien en esa tela que fue nuestra autoestima temprana.
  • Es por ello, que llegado ese instante en que somos madres, en que somos padres, uno hace una profunda reflexión sobre ese vínculo que tuvimos -y aún tenemos con nuestros propios progenitores- para decirnos a nosotros mismos que lo haremos mejor.

El tipo de vínculo que tendré con mi hijo será seguro, será fuerte y partirá de mi propia alma

El vínculo auténtico entre una madre y su hijo, entre un bebé y su padre, es como un cordón umbilical por donde se trasmite el alimento del afecto, de la consideración, el cuidado, la dedicación y el amor más nutritivo.  No obstante, y esto debemos tenerlo claro, no siempre “por querer mucho queremos bien”, es decir no basta con querer a un niño para darle un vínculo fuerte y seguro, hay que hacerlo del mejor modo.

Por ello, es interesante recordar aquí los trabajos de Mary Ainsworth, una psicóloga estadounidense y colaboradora en los estudios de John Bowlby sobre el apego,  quien diferenció tres tipos de vínculos. Son los siguientes:

El vínculo seguro

En el vínculo seguro los progenitores saben atender las necesidades del niño, de forma que este percibe desde bien temprano que ellos siempre estarán disponibles y que sabrán actuar ante cada dificultad, ante cada miedo, ante cada duda.

Aquí, predomina por encima de todo la confianza y esa interacción respetuosa donde el niño se siente seguro para madurar, para hacer cosas por sí solo, para ser cada vez más autónomo al sentirse siempre respaldado.

El vínculo inseguro

En este caso, los progenitores practican ese desapego donde el pequeño no se siente conectado a sus padres, donde surge el miedo, la duda, donde no se sacian necesidades, donde poco a poco entienden que no van a ser ayudados porque no hay una cercanía real.

El vínculo ansioso

Hablábamos de que en ocasiones, “querer mucho no es querer bien” y aquí tenemos por ejemplo las bases de esa crianza tóxica donde se cercena la autonomía del niño, donde esa sobreprotección lima oportunidades de aprendizaje, de crecimiento…

  • Hay dependencia mutua entre los padres y los hijos, un apego insano donde no reina la confianza, donde todo es confuso y el pequeño puede experimentar miedo a ser sancionado si inicia algo por sí solo, y donde los padres no ofrecen herramientas para la autonomía.
  • Es un vínculo inseguro que sin duda, debemos evitar para centrarnos solo en esa relación y crianza que permitirá que el niño construya una buena autoestima, ese que nos unirá de forma intensa pero respetando espacios de crecimiento y de oportunidad.

Cultivemos pues ese amor que nace del alma y que sabe dejar libres a los hijos cuando llegue el momento.

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