Cría niños sin orgullo pero llenos de amor propio

21 mayo, 2020
Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Elena Sanz Martín
El orgullo lleva a los niños a mostrarse a la defensiva y a reaccionar con violencia. Por su lado, el amor propio les permite respetar a los demás al tiempo que se respetan a sí mismos.

Educar emocionalmente a un pequeño es una gran responsabilidad. Es más complicado que enseñarle a usar el tenedor o a ponerse los zapatos pues implica ayudarle a comprender y gestionar las emociones. La línea que separa el orgullo del amor propio es delgada y, en ocasiones, difusa, pero es importante tener clara la diferencia entre ambos conceptos.

Cuando tratamos de inculcar valores a nuestros hijos, por lo general, nos centramos en recordarles que han de ser educados, amables y considerados con los demás. Les enseñamos a desarrollar la empatía, a pedir perdón y a hacer favores. Pero, muchas veces, olvidamos ayudarlos a desarrollar ese amor y esos hábitos primero con ellos mismos.

Más adelante, cuando algún compañero intenta aprovecharse de ellos o sentimos que se dejan llevar demasiado por la opinión de los demás, les instamos a «defenderse», pidiéndoles que tengan más orgullo. Pero con esto les transmitimos una actitud errónea.

Diferencias entre orgullo y amor propio

Acción o reacción

El orgullo nos lleva a reaccionar de forma automática e impulsiva ante lo que el otro hace o dice. Así, un niño con orgullo es posible que sea respondón, desafiante y poco reflexivo.

Habrá aprendido a saltar como un resorte cuando no le guste la conducta de la otra persona. Y, aunque nuestra intención fuese que aprenda a defenderse en el colegio, es probable que actúe de igual modo en casa.Niño con el pulgar arriba, ejemplo de positividad gracias a su amor propio.

Por su lado, el amor propio nos permite actuar con más calma y mayor conciencia de lo que estamos haciendo. Nos permite reflexionar y elegir la respuesta más apropiada. Ante una ofensa, un niño con amor propio no reaccionará agrediendo o insultando. Por el contrario, será capaz de razonar que lo más conveniente es ponerle límites al otro o simplemente alejarse.

Relaciones de poder

Desde el orgullo, las relaciones sociales se perciben como luchas de poder. Alguien queda por encima y otro por debajo. Por ello, la máxima prioridad es sentirse y mostrarse superior. Un niño orgulloso, probablemente, será soberbio, querrá tener siempre la razón y no escuchará los puntos de vista ajenos.

Contemplará las relaciones con sus familiares y amigos como una especie de batalla en la que siempre estará listo para defenderse. El orgullo será, a la vez, su escudo y su espada, por lo que no dudará en proferir palabras hirientes para salir vencedor. Además, es probable que se muestre más susceptible y tienda a sentirse atacado con mayor frecuencia.

Por el contrario, un niño con amor propio ha aprendido a quererse a sí mismo y, por ende, a querer a los demás. Verá las relaciones como un intercambio positivo y agradable, y será capaz de percibir el lado más amable de las personas. No sentirá la necesidad de quedar por encima, pero tampoco se sentirá inferior a los demás.

Habrá comprendido que todos somos valiosos, tanto él como los otros. Por ello, será amable y empático con quienes le rodean, pero también será capaz de expresar su opinión con respeto, pero sin miedo. Escuchará las opiniones de los demás sin perder de vista que la suya es igual de importante.Niño con un girasol.

Autoestima

Por último, aunque pueda parecer que las personas orgullosas gozan de una mayor autoestima, es justamente lo contrario. El orgullo es una armadura, un muro que levantamos cuando nos sentimos inseguros. Si necesitamos levantar una barrera es porque sentimos que los demás pueden atacarnos y porque nos percibimos como frágiles. Mostrarse orgulloso es una máscara que esconde el temor interno.

Un niño que ha desarrollado un sano amor propio se siente tranquilo, pues se sabe valioso, suficiente y capaz. No necesita hacer de menos a los demás para sentirse importante, pues sabe que ya lo es por sí mismo. Igualmente, no necesita entrar en batallas ni discusiones; no es tan vulnerable a la opinión de los otros, pues su base de autoestima es firme.

El amor propio es la clave

El amor propio es lo que verdaderamente nos permite poner límites sanos para que los demás no nos dañen, sin la necesidad de herirlos nosotros. Por ello, ayuda a tu pequeño a cultivar un amor fuerte y sincero por sí mismo. Recuerda que es una tarea que requiere constancia, que ha de trabajarse cada día. Pero que, sin duda, le ayudará a gozar de una vida más feliz y unas relaciones más saludables.