Gracias por llegar a mi vida

Macarena · 24 febrero, 2017

Gracias por llegar a mi vida. No hay regalo más purificador y gratificante que tu simple presencia. Me enseñaste las verdades ocultas del amor y los misterios de la vida. Me ayudaste a redefinir la felicidad y a ponerle cara a la paz y la armonía.

Te agradezco tantas horas de amor, y el hecho de hacerme sentir importante. Más importante que nadie para ese pequeño ser. Más que eso, su mundo. Eres la alegría por la que mi mundo gira, la sonrisa en mi rostro y esa sustancia hecha persona que acelera mi corazón.

Gracias por llegar a mi vida y demostrarme mi fortaleza. Por poner un aroma único a cada uno de mis días y los más bonitos colores a los más oscuros días. Eres la música que elijo escuchar desde el momento en que me despierto y ese pedazo de sol que prefiero mirar antes de cerrar mis ojos cada noche.

Gracias por llegar

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Nada pudo darme tanta alegría como tu inminente llegada. Sí, la espera pudo desesperar, pero valió la pena, y la vida. Cada minuto a tu lado entiendo que la maternidad es el sacrificio más lindo y placentero. Comprendo que mi corazón salió de mi cuerpo, y hoy me llama “mamá”.

Nutriste mi alma con valentía por doquier, y paciencia infinita. Tallaste mi capacidad de amar, dotándome de un amor eterno, profundo, real. Me demostraste que podía convertirme en la persona más incondicional y darlo todo sin pedir nada a cambio.

Fuiste el motor por el que aprendí a luchar. Levantarme de cada caída para ayudarte con el ejemplo. Fue así como pude aprender, sobre el camino, a dar mis primeros pasos para ser mamá. Sí, me enseñaste nada menos que a ser madre.

Gracias por llegar y cambiar mis días. Por enseñarme lo esencial de la vida. Valorar aquello que verdaderamente vale más que todo el oro del mundo. Hallar la riqueza de tu alma, el tesoro que guardaba ese pequeño cuerpito. Redescubrir un océano de sensaciones en una cómplice mirada capaz de derretir glaciares.

Llegaste para cambiar mi vida

Desde que supe de tu existencia, supe que mi vida no sería la misma. El transcurrir de mis días comenzó a avanzar a otros ritmos. La tónica de mis problemas empezaron paulatinamente a mutar. Mis preocupaciones no eran ya personales, sino ajenas y propias a la vez.

Cada progreso, avance o triunfo se convirtió en una guerra más ganada. Tus tropezones, se tornaron en mis caídas. Tus lágrimas alimentaban un dolor inexplicable mientras que tus alegrías colmaban mi alma de felicidad. Tu amor fue desde el minuto cero mi mejor alimento espiritual.

Desde entonces, entendí que no había mejor bandera para portar que tu sonrisa. El destino había puesto en mi camino un ángel. Un pequeño y dulce angelito que me enseñaba a vivir, brindándome la posibilidad de ver la vida de otra manera.

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Gracias por llegar y darme tantas oportunidades

Reviviendo mi infancia entendí que nunca es tarde para sentir a lo grande, es decir, como niño. Me entusiasmé con tu inocencia y frescura infinitas. Me empapé con tu mágica y asombrosa imaginación. Entendí la importancia de soñar a lo grande.

Cuando sentí vida agitándose en mi interior, te convertiste en mi ilusión y motor. Incluso, me permitiste repensar el accionar de mi madre desde otra perspectiva. Lograste ponerme en su lugar y comenzar a comprenderla. Básicamente a valorar todo lo que ella fue capaz de hacer por mí.

En definitiva, hijo, no tengo más que hacer que agradecer profundamente tu existencia. Dios me eligió para cuidar y amar a su más bonito tesoro. Prometí entonces dar mi vida por él. Hijo, gracias por llegar a mi vida y enseñarme tanto. Ciertamente eres el pequeño más inmenso en alma y corazón.