El hambre emocional en los niños

16 Noviembre, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Ana Couñago
¿Sabías que las emociones negativas pueden provocar hambre? A continuación, te contamos todo lo que debes saber sobre este interesante tema.

Hoy en día se sabe que existen dos tipos de sensaciones de hambre: el apetito físico y el hambre emocional. El primero hace referencia al hambre común, el que se siente en el estómago tras haber pasado un determinado periodo de tiempo sin comer. Pero ¿qué es el hambre emocional y cómo identificarlo en los niños? A lo largo de las próximas líneas te lo explicamos.

Antes de abordar este tema debes saber que la alimentación y las emociones están estrechamente relacionadas, pues está demostrado que los sentimientos que uno tiene en un momento concreto influyen en las elecciones que se hacen a la hora de comer, así como en la cantidad y en la forma de ingerir dicha comida.

De manera que, teniendo esto en cuenta, se podría reformular la típica frase “dime qué comes y te diré quién eres” y cambiarla por “dime qué comes y te diré qué te ocurre”.

Niña con un bol gigante de ganchitos porque sufre hambre emocional.

El hambre emocional en los niños

El hambre emocional no se produce en el estómago, sino en la cabeza. Cuando los niños sienten este tipo de hambre es porque pretenden utilizar los alimentos como mecanismo de defensa para afrontar las emociones negativas que sienten y que no saben de qué otra forma gestionar.

Así, los pequeños se refugian en la comida para calmar sus emociones, por lo que aumentan la ingesta de alimentos que consideran reconfortantes, entre los que normalmente se encuentran aquellos con un alto nivel de azúcares y grasas. Pero realmente estos atracones no sirven para nada, pues el hambre emocional es imposible de saciar.

Según la nutricionista Ana María Palomino Pérez algunas de las emociones negativas que con mayor frecuencia provocan la aparición del hambre emocional son la ira, la apatía, la frustración, el estrés, el miedo, la pena, la ansiedad, la inquietud, la soledad y el aburrimiento.

Sin embargo, fisiológicamente esto no debería ser así, ya que los sentimientos negativos suelen ser percibidos como una amenaza, lo que hace que se libere glucosa en sangre y, por tanto, se reduzca o suprima la sensación de apetito.

Por tanto, teniendo este dato en cuenta, se puede decir que el impulso de comer cuando uno se siente mal no es algo innato, sino que se trata de un comportamiento inadecuado socialmente aprendido.

Señales para detectar este tipo de hambre en los niños

Algunas de las señales que indican que los niños no tienen apetito real, sino hambre emocional, son las siguientes:

  • La sensación de hambre se da en cualquier momento, de forma repentina y urgente.
  • Aparece el deseo de comer algo en concreto, no sirve cualquier alimento.
  • Se comen cantidades más grandes de las habituales.
  • Los alimentos se ingieren de forma descontrolada y a gran velocidad.
  • Aparecen sentimientos de culpa, vergüenza o insatisfacción tras comer de un modo excesivo.
  • Se observa un aumento rápido de peso, por lo que incluso se puede llegar a padecer obesidad.
    Niño comiéndose un donut.

“No somos responsables de las emociones, pero sí de lo que hacemos con las emociones”.

-Jorge Bucay-

¿Cómo evitar la aparición del hambre emocional en la infancia?

Una de las pautas que hay que seguir para evitar que los niños lleguen a sentir hambre emocional es no premiarlos o castigarlos con la comida, pues con ello aprenden a atribuir ciertos estados emocionales a determinados alimentos, lo cual les puede llevar a desarrollar una relación poco sana con la comida.

Asimismo, es fundamental cuidar los hábitos alimenticios de los menores, pero sin ser excesivamente estrictos, ya que esto puede resultar contraproducente. Se trata de lograr que los niños tengan una dieta equilibrada, con un control de la ingesta de comida, pero sin privarles de ningún tipo de alimento, puesto que esto puede producir que, con el tiempo, sientan la necesidad de compensar dichas carencias.

Por último, y además más importante, para prevenir el hambre emocional en la infancia es necesario que las familias, desde los primeros años de vida, se encarguen de enseñar educación emocional a los niños, de manera que estos crezcan con los recursos cognitivos suficientes para identificar y gestionar adecuadamente sus sentimientos, tanto positivos como negativos, sin llegar a sentir el impulso de comer alimentos de una forma desproporcionada.

  • Fernández Lucas, L. M. (2018). Influencia de las emociones en la conducta alimentaria (Trabajo de Fin de Grado). Universidad Autónoma de Madrid, Madrid.
  • Palomino-Pérez, A. M. (2020). Rol de la emoción en la conducta alimentaria. Revista chilena de nutrición47(2), 286-291.