Desde que llegaste, mi corazón dejó de pertenecerme

Desde que llegaste, nada continuó igual en mi vida. Irrumpiste en mis días para cambiar su color y aroma. Te convertiste sin más en la música de mis mañanas y en mi mejor sonrisa cada tarde. Definitivamente, todo ha cambiado con tu presencia.

Desde el momento en que llegaste, supe que ya nada sería igual. Sin embargo, muy poco me importaba todo. Pues lo único que deseaba con todo mi corazón es tener la posibilidad de amarte con locura cada noche. Como lo hago hoy, y como lo haré siempre.

Y si algo estoy segura, es que en el preciso instante en que te vi por primera vez, comprendí que mi corazón dejaría de pertenecerme. Sí, pequeñito, aunque no lo creas, en cuanto te sentí de cerca entendí que, aún sin quererlo, te adueñarías de esa parte de mi cuerpo.

Incluso, para ser más exacta, debo admitir que cuando me enteré de tu existencia en ese test, te apoderaste de mis pensamientos. El día que comencé a sentir vida agitándose en mi interior, aprecié el modo en que alterabas mis sentimientos.

El día que llegaste, robaste mi corazón

El día que llegaste y conocí tu dulce rostro angelical me enamoré perdidamente. Al sentir el aroma a vida que tu piel emanaba e impregnaba mi vida, caí rendida ante tus pequeños piecitos. Te acaricié, y al sentir la suavidad de tu piel comprendí que eras y serías todo lo que estuviera bien en mi vida.

Tomaste mi mano con esos pequeños dedos estirados y arrugados. Por acto reflejo, inesperadamente, esbozaste tu primera sonrisa. Así es como asumí, al instante, que alguien había finalmente robado mi corazón. Por ello mismo, había dejado de ser su dueña, y -para peor- ese órgano solo latía por y para vos.

Con los primeros cólicos, llantos y vacunas experimenté algo nunca sentido antes. Sí, tu llanto me causaba un dolor nunca antes sentido, ni imaginado. Tu sufrimiento, malestar, incomodidad o dolor hacían que mi corazón se estrujara.

Dormirte en mi pecho equivalía a sentir la paz. Tenerte en brazos era abrazar y aferrarme al amor infinito que tenías y aún tienes para dar. Conocer de cerca el ángel que me ha enviado Dios para iluminar cada día y regar de felicidad mi hogar.

Creciste y aprendí a tener mi corazón fuera del cuerpo

El tiempo fue pasando. Y puede que el amor se haya mantenido en iguales dimensiones, o incluso multiplicado por mil. Sin embargo, algo necesariamente cambió. Con tu independencia y autonomía, llegaron tus primeras actividades a solas, sin mami.

Los miedos e incertidumbre comenzaron a gobernarme. No obstante, mi deseo de que algún día puedas estirar tus alas y volar lo más alto que puedas, me generaba tranquilidad. Así fue como te dejé crecer. Sabiendo que en cada salida de casa tuya algo en mi interior se modificaba.

Todo mi organismo debía adaptarse para ese momento. Salir a jugar, ir a la escuela, a la casa de un amiguito o al club a practicar deportes. Todo daba igual, mi cuerpo se preparaba para expulsar uno de mis órganos. Pues allí tuve que aprender a dejar ir a mi corazón.

Sí hijo, él te sigue a cada paso, va donde quiera que estés. Con tu llegada me acostumbré a que mi corazón dejara de pertenecerme. Pues ya no respondía a mí, sino a todo lo que te sucediera a ti. Pero conforme pasaron los años todo cambió. El amor dio un paso más hacia adelante.

Tuve que acostumbrarme a que mi corazón se mantenga fuera de mi cuerpo. Y por si te lo preguntas, no, no duele en absoluto. Al contrario, es lo más satisfactorio y gratificante que le puede pasar a una madre. Es que solo de esa manera sabrá lo que realmente implica la maternidad.

Solo de tal modo sentirá el alivio de estar haciendo más que bien su trabajo. Aunque se sienta y admita imperfecta para el rol, pero se sepa la mejor madre para su hijo. Porque la maternidad va más allá de una mera función biológica. Ser madre, mi sol, es simplemente amarte como te amo, con toda la fuerza de mi corazón.

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