Conocerse a sí mismo ayuda a conocer a los demás

Francisco María García · 29 octubre, 2018
Los primeros años de la infancia irán marcando la personalidad de nuestros hijos. Se trata de ayudarlos a conocerse a sí mismos y, por consecuencia, a conocer a los demás. Para ello, hay algunas pautas que los padres debemos considerar.

Los seres humanos forjan su personalidad en los primeros ocho años de vida. Lo que sigue son adaptaciones en cada etapa, pero lo central se trabaja en la niñez. Conocer a los demás es más sencillo si los pequeños se autoreconocen; ¿en qué consiste este proceso?

Se trata de un tema muy psicológico, interno, pero a la vez importante. La tarea de los padres no es solo modelar los valores, sino entender lo que mueve a sus hijos. Más importante aún es ayudarlos a ejercer la introspectiva.

La buena noticia es que no necesitamos ser psicólogos para aportar nuestro granito de arena. El esfuerzo será fundamental en el comportamiento social futuro de los niños. ¿Cómo ayudarlos?

Conocerse a sí mismo: el diálogo como base de la exploración

La comunicación padres-hijo es vital para que los niños identifiquen valores y sepan lo que hacen. No se trata solo de corregirlos: debemos identificar aquello que los lleva a actuar.

Solo manteniendo una conversación rica en contenido, razonamiento y valores podremos hacer que nuestros pequeños se reconozcan. La meta será hacerles entender el contenido de sus acciones para que ellos formen su propio criterio.

Esto debe darse constantemente, como parte de la cotidianidad. Por ejemplo, podemos realizar actividades didácticas para reforzar el autoreconocimiento; en el proceso, debemos dotar de conceptos a los niños.

Reconociendo lo bueno y lo malo

Este es un ejercicio que se realiza mucho en las aulas. Para llevarlo a cabo, necesitaremos una cartulina, marcadores y revistas para recortar. Lo primero es decirles a los niños que expresen con imágenes y palabras sus aspectos positivos.

El análisis de su autoconcepto y su realidad permite a los niños conocer a los demás también.

Podemos dividir la pancarta en dos y abrir un espacio para los aspectos negativos. Esto les ayudará a visualizar desde afuera hacia adentro, sus virtudes y defectos.El niño solo dirá lo que cree, y luego lo verá en la cartulina.

Lo ideal es aprovechar este momento para explicar conceptos que el niño desconozca. Tendremos que prestar atención a las reflexiones que puedan desprenderse de lo que el niño diga.

Explorando las emociones propias

La forma en la que manejamos nuestras emociones dice mucho de lo que somos. En el caso de los niños, lo correcto es darles herramientas para que ellos las gestionen. Lo principal para el autocontrol es saber cómo nos sentimos.

Para ello, podemos utilizar una actividad didáctica llamada por muchos “Semáforo de las emociones. Consiste en hacer un semáforo de cartulina o fieltro y colocarlo en la puerta de la nevera.

Se supone que el color rojo simboliza cuando el pequeño ha perdido la razón. El amarillo, como ocurre en los semáforos reales, indica que el niño está cerca de pasar a rojo. Si el pequeño se enoja, llora o tiene un ataque de rabieta lo correcto es el castigo; en cambio, si estando en el amarillo logra calmarse, podemos negociar.

Por supuesto que el verde sería el color de avance. En ese estado, el niño podría hacer peticiones y llegar a un acuerdo. De esta forma, podríamos resolver controversias como el tiempo que pasa en el parque o la cantidad de postre que comerá.

“La meta de la comunicación padres-hijo será hacerles entender el contenido de sus acciones para que ellos formen su propio criterio”

La personalidad del niño en dos partes

Los pequeños no pueden conocer a los demás si no se exploran. En principio, el autoreconocimiento se forma por dos componentes: la autoimagen y la realidad de la personalidad.

La autoimagen se trata de lo que el niño cree que es. Aquí entra la subjetividad de su percepción y las imágenes que tiene sobre lo que quiere ser. Con respecto a la realidad, la misma se forma a partir de la vivencia del niño con relación a su exterior.

Esto último tiene que ver con sus relaciones sociales: quienes lo cuidan, sus amigos, su colegio, etc. En este sentido, los niños comienzan a ser lo que perciben de su entorno, pero ellos también deben entender que son actores de esa realidad.

Enseñar a los niños a no juzgar los puede ayudar a olvidarse de los prejuicios.

Conocer a los demás a partir de ellos mismos

La premisa es simple: no podemos hacer lo que no nos gusta que nos hagan. Debemos enseñarles a nuestros hijos que en ellos está la clave de lo correcto y lo incorrecto.

Conociéndose a ellos mismos, pueden encontrar el trato que los demás requieren. Cada persona tiene su propia personalidad, pero existen prácticas sociales y costumbres en común.

En conclusión, conocerse a sí mismos y a los demás les permitirá a los niños tener una integración social pertinente. El objetivo es que ellos entiendan que el resto de las personas actuarán en función al trato que ofrezcan.