¡Tú eres mi maestro, hijo!

Nadie ha puesto mi mundo tan de cabeza como tú, hijo. Desde que naciste he aprendido a replantearme todo. Tu padre y yo no hemos dejado de ser nosotros mismos, aunque a veces nos digan lo contrario.

Aunque razonando un poco, sí, hemos cambiado, somos una versión mejorada de nosotros mismos, porque tú has llegado al mundo para transformarnos, para hacernos mejores. Hasta hace poco pensaba que era yo quien te explicaba y te enseñaba, pero al final del día descubro que tú eres mi maestro hijo. Tú me enseñas más a mí que yo a ti.

Alguna vez algún profesor osado me dio un secreto para disfrutar de la vida: Nunca pierdas la capacidad de asombro, dijo. Los estudiantes que escuchamos esa frase nunca olvidamos e incluso nos la decíamos en los pasillos de la universidad o del trabajo si teníamos la suerte de trabajar juntos. Pero la verdad es que no perder la capacidad de asombro en el mundo profesional de los adultos es bastante difícil.

Por más apasionados que seamos, las estructuras sociales nos terminan aburriendo y muchas veces muchas mujeres y hombres decidimos, llegado el momento, convertirnos en padres, dar un paso más en el camino de la realización personal aunque cueste sacrificar un poco la vida profesional.

Sin embargo, son nuestros hijos quienes nos recuerdan cada día que la vida vale la pena cuando no perdemos la capacidad de asombro, cuando nos parecemos cada vez más a los niños.

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Mi maestro de vida eres tú, hijo

Sí, es verdad, nosotros les enseñamos a hablar, a caminar, a vestirse y en general a conducirse correctamente según las normas de la sociedad, pero ellos, por decirlo de algún modo, nos reinsertan a la vida real. Porque los niños, sin duda, ven la vida de una manera que los adultos ya olvidamos y son unos maestros en enseñarnos que lo más sencillo es lo más valioso.

Los niños nos enseñan con maestría que para ser felices es necesario que conservemos algo de ingenuidad, que seamos sencillos, valientes y que pase lo que pase siempre es mejor sonreír, incluso hasta después de llorar. Todos los días y sin saberlo nuestros hijos nos dan una lección, la mayoría ciertamente son simples, pero guardan dentro de sí lo esencial para disfrutar de la vida. Aquí están algunas de las enseñanzas que esos maestros llamados niños nos enseñan:

  • Sonríe, siempre hay algo que valga la pena

Una de las primeras cosas que enseñan esos maestros llamados hijos es que siempre hay un motivo para sonreír. Seguramente a estas alturas no importa si al final del día acabas riéndote de ti misma, incluso a veces es hasta la mejor de las experiencias que puedas tener.

  • Ensuciarse es sano

Poco a poco te vas dando cuenta de que gastas demasiada energía en cuestiones triviales. Los niños te enseñan, por ejemplo, que es más importante ensuciarte, aprender y disfrutar que tener tu ropa intacta.

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  • Pasarlo bien es lo más importante

Para los niños lo más importante de un día es pasarlo bien. Tu hijo te enseñará que los días valen la pena si te reíste al menos una vez, si te divertiste, si te sentiste feliz al menos por un instante.

  • Ser amistoso no cuesta nada

Los niños son expertos en hacer amistades. Basta con mirar cómo se desenvuelven en un parque o en donde sea que estén para darse cuenta de que en unos cinco minutos hacen algún amigo o amiga con quien puede jugar un rato. Hay muchas personas valiosas por ahí. ¿Por qué no conocerlas?

  • Crear te hace más feliz

Estar siempre en algo, creando, motivados, inventando… es otra de las grandes lecciones que enseña ese maestro llamado hijo. Es placentero ver como un niño se pierde en su propio mundo cuando hace un dibujo, construye un castillo de arena o se hace un fuerte que lo protegerá de todo un ejército con los cojines del mueble de la sala. Todas esas son expresiones de creatividad que deberíamos imitar de manera más frecuente. Imaginar y crear saca lo mejor de ti como persona, intenta hacerlo más seguido.

  • Intentar hacer cosas nuevas siempre es bueno

Pocas veces un niño tendrá miedo de intentar algo nuevo. Todos los días puede aprender algo diferente y con tratar no pierde nada. Los niños no le temen a montarse en una bicicleta aunque se caigan mil veces. ¡Esa es una buena actitud ante la vida!

Tu hijo es maestro de los pequeños detalles

  • En los detalles está la chispa de la vida

Cuando crecemos olvidamos que lo más hermoso de la vida está en los detalles. En el saludo y la sonrisa que nos ofrece un buen vecino o un desconocido en la calle, en la persona que nos ayudó y nos abrió la puerta del taxi, en las flores que adornan los callejones cuando llega la primavera, en el pajarito que canta frente a nuestra ventana cada mañana. Los niños sí le prestan atención a los detalles y por eso se gozan cada día. Aprendamos de ello, no es tan difícil.

  • Cada día es una nueva oportunidad

Los niños parecen estar hechos de componentes mágicos. Para ellos es sencillo olvidar. Cada mañana viven la vida como si el sueño les hubiese resetado el alma. Ese reseteo les sirve sobre todo para olvidar los rencores y darle una nueva oportunidad a la vida y a las personas. Para disfrutar de las aventuras de un día no se puede estar molesto. Estar enojado desgasta, es mejor invertir esa energía en ser felices.

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