No soy perfecta, soy auténtica y por eso amo a mi hijo tal y como es

No eres una mujer perfecta, de hecho, hace mucho tiempo que dejaste atrás ese ingenuo objetivo. Tú eres auténtica, te gusta tu identidad, te gusta tu cuerpo, tienes una historia propia de la que te enorgulleces y por ello, amas también a tu hijo por como es, con sus caprichos, sus defectos y con esa risa aún desdentada que no cambiarías por nada.

Hablemos de “un mal” muy común en nuestra actualidad: la necesidad de tener hijos perfectos. Nos dicen los expertos en educación y psicología infantil que esa necesidad es ahora más imperante que nunca por un hecho muy concreto: la complejidad del mercado laboral y la actual crisis social.

Las familias ansían tener niños más preparados, más hábiles y más competentes. Tanto es así, que en muchos centros educativos del Reino Unido se han iniciado ya unos filtros de selección en ciertas escuelas de élite infantiles, mediante los cuales, aceptar solo los niños que hayan alcanzado ya las competencias de lectoescritura a la edad de 4-5 años.

Algo así aboca a muchos padres a llevar a cabo una serie de acciones que carecen de pedagogía alguna: restar horas de la infancia de un niño para introducirlo a destiempo en las responsabilidades y la presiones de un adulto. Todo ello no es lógico, no es saludable ni recomendable para nuestros pequeños.

Al igual que nosotros debemos permitirnos ser auténticos, falibles, imperfectos pero felices con nuestras capacidades y nuestra identidad, también nuestros hijos necesitan lo mismo. En “Eres Mamá” te invitamos a reflexionar sobre ello.

Aspirar a ser personas perfectas genera frustración: seamos auténticos, seamos FELICES

En nuestro espacio te hablamos muy a menudo de la necesidad de cuidarte como persona para dar siempre lo mejor de ti mismo/a tus hijos. Ellos necesitan tu mejor versión, tu lado más fuerte, más hermoso y más digno. Porque a los niños los educamos no solo con la palabra, también lo hacemos con el ejemplo.

  • Los niños que tienen padres muy autoexigentes suelen desarrollar un estrés temprano que lejos de beneficiarlos, les impone un listón muy alto que siempre van a intentar alcanzar.
  • Si un pequeño es consciente de que no puede alcanzar esas metas que les ponen los papás o que él no puede imitar esa autoexigencia que le inculca la mamá, es posible que desarrolle frustración, una baja autoestima e inseguridad.
  • Otra realidad que podemos ver a día de hoy, es la idea de que la mujer, debe convertirse en esa persona capaz de triunfar en cada ámbito de su vida siendo siempre la mejor: una mujer de éxito atractiva y perfecta, buena pareja, buena hija, buena amiga y por supuesto, una gran mamá, una “supermamá” que no se agota y que tiene una solución para cada problema.

Seamos lógicos. Aspirar a la perfección en cada escenario de nuestra vida es una fuente inagotable de sufrimientos. Debemos aspirar a algo mucho más básico, mucho más íntegro y trascendente: SER FELICES.

Acepta a tu hijo por como es pero ayúdalo cada día a dar lo mejor de sí con respeto e intuición

El desarrollo de un niño depende de muchos factores, y por mucho que algunos digan, no siempre depende de nuestra insistencia en su estimulación o en los refuerzos.

Es necesario entender en primer lugar que el cerebro de un niño madura poco a poco y siguiendo unas pautas, unos hitos. Si aún no existe un tejido neuronal concreto y una adecuada conectividad en una estructura cerebral determinada, difícilmente van a iniciar el proceso lector, ni comprenderán el concepto de una suma o una resta.

  • En la educación de un niño hay que servir de estímulo, no de presión.
  • Debemos ser capaces de aceptar al niño por como es en cada una de sus etapas. Si llegados los tres años aún no se comunica de forma clara, no lo sanciones, no lo critiques ni lo corrijas con severidad. Todo ello no hará más que entorpecer su propio desarrollo al generar en él miedos y frustraciones.

Por otro lado, un aspecto esencial que es necesario tener muy en cuenta, es que nuestro hijo tendrá desde bien temprano su propia personalidad. No podemos obligarle a cambiar, no es adecuado imponer a un niño a que comparta nuestras propias inquietudes o nuestros mismos gustos.

Nuestra obligación está en comprenderlos, en ser figuras cercanas capaces de sacar lo mejor de esos niños para que sean siempre auténticos, personas dignas, felices y valientes y con adecuado amor propio para construirse una buena vida. La que ellos deseen.

 

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