Tú me hiciste más fuerte, pero siempre serás mi debilidad

Valeria · 10 mayo, 2017

Lo decimos muchas veces: la llegada de un hijo nos cambia la vida, nos hace fuertes, templa nuestras flaquezas e incertidumbres para nutrirla de esperanzas y valentías. Sin embargo, hay algo que debemos admitir, esa nueva vida que tenemos en nuestros brazos será siempre nuestra mayor debilidad.

Decía Gabriel García Márquez en uno de sus libros que cuando “un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre”. Es una realidad, es un hecho que toda persona que da el paso hacia la maternidad o a la paternidad, ya sea de forma natural o mediante una adopción, experimentan de forma permanente.

Esa impronta emocional que se inicia con una mirada y esa primera caricia, queda muy adentro en el corazón y sobre todo en el cerebro. Como ya hemos comentado en más de una ocasión en “Eres Mamá”, este órgano fascinante varía en su conectividad durante la crianza, el cerebro se vuelve más alerta y segrega mayor nivel de oxitocina, al hormona que regula la necesidad de atención, de cuidado y que a su vez, intensifica aún más los lazos de afecto.

Sin embargo, hay algo más profundo y delicado que varía cuando somos padres, algo que a instantes nos desconcierta y que nos desconcertará aún más a medida que ese niño se haga mayor y se convierta en adulto. No importa lo que ese niño haga, no importa donde esté el día de mañana, a qué se dedique, las distancia que nos separe o la vida que lleve: él o ella siempre será tu debilidad.

Siempre serás parte de mí y la mitad de mi corazón

Niño con corazón pintado

Tanto si lo llevaste 9 meses en tu interior como si no, ese niño creció día a día en tu corazón y algo así, marca, deja huella y un ADN emocional que siempre te acompañará. Nadie más que tú sabe cuántas noches estuviste en vela cuidándolo, atendiéndolo, solo tú sabes a lo que has renunciado y cada esfuerzo invertido en ese niño al que quieres más que a tu propia persona.

Cada día durante la crianza es un logro y un triunfo y aunque cada pequeño tenga sus ritmos y sus tiempos, tú guardarás para siempre en tu memoria esos hitos increíbles: la primera palabra, el primer paso, la primera carrera, el primer día de cole y el primer cuento leído por él en voz alta.

Todo ello es historia de vida, es un legado que va a conformar tu arquitectura más íntima como persona, algo que esculpirá momento a momento tu corazón para que te des cuenta de que ese o esos niños, van a ser siempre el auténtico amor de tu vida.

Eres y serás mi debilidad, sin importar el tiempo o la distancia

educar con corazón paciente

A menudo, suele decirse aquello de que una madre lo perdona todo. Si bien es cierto que en algunos casos los hijos pueden tomar caminos poco adecuados, lo que sí sienten los padres es que tienen en su interior la necesidad básica de ayudarlos, de ser siempre esa mano cercana, ese abrazo reconfortante y ese hogar siempre dispuesto, siempre cálido y acogedor.

Una madre sabe también que su hijos serán siempre su debilidad, porque tiene la capacidad de calzarse en sus zapatos, de sentir lo que el hijo siente, de sufrir más que nadie si su hijo sufre, y de tener como mayor deseo y necesidad, que su pequeño, tenga 7, 27 o 37 años, sea feliz.

Ese “cordón umbilical invisible e intangible” no tiene nada que ver con querer controlar al hijo, con tenerlo siempre cerca dando forma a esa toxicidad tan poco adecuada. La madre sabia, inteligente y respetuosa es la que hace todo lo posible para que el hijo se sienta libre, maduro y capaz de iniciar sus propios caminos para construir su propia felicidad.

Somos fuertes para criar niños fuertes, pero nuestro poder es la sensibilidad

Esta es sin duda una curiosa pero maravillosa contradicción: tener un hijo nos obliga a dejar a un lado las inseguridades, a cuidar nuestro carácter, a ser ese ejemplo de templanza, de valentía y fortaleza para inspirar cada día a nuestros niños, si embargo, es precisamente el saber ser sensibles lo que más nos permite acercarnos a ellos para ofrecerles una mejor crianza.

  • Ser sensibles es ser capaces de entender sus emociones y de ponernos en el lugar del niño.
  • Ser sensibles es hacer del cariño, el respeto y el afecto nuestra mejor herramienta educativa.
  • Ser sensibles es convertirnos en el mejor espejo donde el niño verá en nosotros a esas personas capaces de entenderles, de guiarles, de ser ese alguien que escucha sin juzgar, que guía sin imponer, que educa de forma democrática y sin caer nunca en la autoridad o el grito.

Para concluir, a la hora de educar y criar un hijo, la fortaleza es esencial para nosotros, para sentirnos más válidos y capaces. Sin embargo, no debemos olvidar que lo que más necesita un niño para crecer es sensibilidad de sus padres…