¿Cuánto debemos exigir a nuestros hijos?

Francisco María García · 24 noviembre, 2018
La paciencia es una virtud que debe acompañar siempre en la educación de los hijos. Saber esperar a que un hijo vaya superando etapas es importante, ya que les permitirá detectar el momento oportuno para inculcarles hábitos y comportamientos ajustados a su edad.

El equilibro en las peticiones y enseñanzas a los pequeños de la casa garantizará hombres y mujeres sensatos, coherentes y bien formados. ¿Cuánto debemos exigir a nuestros hijos? Este es un debate importante y muy actual.

Los extremos siempre serán malos. Ser demasiado tolerante puede desencadenar en niños malcriados, flojos y poco comprometidos con el éxito. La exigencia desproporcionada, por el contrario, los puede hacer inseguros, sumisos y temerosos.

La tarea no es sencilla. Mantener una buena organización y disciplina, ajustadas a la edad y capacidades de los hijos es una de las primeras recomendaciones.

Un hijo perfecto, ¿es posible?

Los padres perfeccionistas no tendrán necesariamente hijos perfectos. Muchas veces pretenden hacer del niño alguien a su imagen y semejanza, un error frecuente. Fomentar la personalidad del pequeño, independiente y seguro, lo acercará más a ese ideal.

La severidad en las rutinas infantiles, acompañada de castigos físicos y verbales, suele tener efectos adversos. Si la reprimenda ocurre en lugares públicos, el daño es aún mayor; el niño no aprende, se lesiona psicológicamente y el rendimiento es muy bajo.

Los padres deben estar de acuerdo en las maneras de educar a los niños. Si uno es demasiado exigente, pero el otro es tolerante y permisivo, el mensaje será confuso. A papá le temerá y buscará comportarse a la altura, pero con mamá hará lo que a él le apetezca; esta dualidad afecta su personalidad.

Por otro lado, es importante no ceder ante las presiones del dinámico mundo actual. Un padre estresado y ocupado puede fácilmente caer en la tentación de imponer cosas, porque la negociación lleva tiempo.

Los límites muy estrictos no siempre son aconsejables, ya que pueden tener efectos adversos.

Cuánto debemos exigir a nuestros hijos: evitar los excesos

Para cada edad, hay un nivel de exigencia que los padres deben conocer. Entre los dos y tres años, el niño puede hacer tareas con supervisión, ordenar sus juguetes y poner algunas cosas en la mesa.

Entre los tres y cuatro años, el infante tiene en la imitación un modelo de aprendizaje. Guarda y recoge juguetes, se quita la ropa solo y se viste con ayuda, puede esperar su turno, compartir y jugar con los amigos.

En la etapa de los cuatro a cinco años, se mantiene la observación e imitación. Comienza a ser más responsable, a recoger sus juguetes, vestirse, asistir a eventos y portarse bien. Es capaz de tener una mascota, come solo y puede ir al baño sin la compañía de un adulto.

La capacidad para elegir comienza a manifestarse entre los cinco y los seis años. A esa edad, desarrolla más autonomía y realiza tareas sencillas, como recoger la mesa o preparar su ropa. Se mantiene la imitación como forma de aprendizaje, pero también asimila normas y puede rebelarse ante las presiones.

En tanto, de los seis a los siete años, el niño incrementa su autonomía. Está en disposición de cumplir órdenes al pie de la letra. Se relaciona con grupos de niños, saluda, se despide y agradece. Es más responsable, comprende normas y tiene nociones de justicia.

“Ser demasiado tolerante puede desencadenar en niños malcriados, flojos y poco comprometidos con el éxito. La exigencia desproporcionada, por el contrario, los puede hacer inseguros, sumisos y temerosos”

Acompañamiento ideal

Lo recomendable es acompañar al niño en su proceso formativo. Esto implica, por ejemplo, felicitarlo por los logros alcanzados antes que recalcar lo que falta por hacer.

Se trata de incrementar su autoestima, responsabilidad y la confianza en sí mismo, al tiempo que se le aportan las herramientas para alcanzar metas. Un abrazo de papá como recompensa suele tener excelentes resultados.

Cuando las demandas son elevadas, el niño puede esforzarse para obtener el rendimiento exigido, pero quizá desarrolle una personalidad perfeccionista. También puede frustrarse, revelarse, bloquearse o convertirse en alguien inseguro, sin autoestima, ansioso, dependiente. A veces, el resultado es la deserción escolar.

En el lado opuesto, están los padres que no establecen límites, son indiferentes o descuidados con la educación de sus hijos. El resultado suele ser inseguridad, problemas de integración, incapacidad para seguir reglas, plantearse metas y alcanzarlas. Por lo general, estos pequeños son perezosos y se rinden ante las adversidades.

Los hijos no respetan a sus madres

Cómo ser un padre democrático

Un padre democrático puede exigir, pero también estará dispuesto a llegar a acuerdos. Habrá recompensas ante el esfuerzo y consideraciones frente a los impedimentos.

Los niños de padres democráticos entenderán que se exponen a reprimendas, pero que no perderán el amor de sus padres si tienen malas notas. Buscarán esforzarse por lograr ese reconocimiento amoroso y reconfortante.

A la hora de determinar cuánto debemos exigir a nuestros hijos, es conveniente incluir espacios para compartir en familia. Planificar actividades juntos, disfrutar de un buen juego o una caminata es ideal para estrechar los vínculos de amor. Así, los niños se sentirán apoyados y valorados y tendrán más disposición a esforzarse.