5 anécdotas de padres enamorados de sus hijos

Adrianazul · 27 mayo, 2016

Mi mejor amiga me contó que cuando empezó a trabajar, luego de haber dado a luz a su hija y verla crecer durante ocho meses sin separarse de ella, regresaba a casa, pocos minutos después de la 1:00 de la tarde para atenderla. A esa hora ambas se daban un baño, comían y se acostaban en la cama a mirarse profundamente a los ojos.

Por ahí dicen que la vida es eso que transcurre mientras tú trabajas, esa frase muchas veces resuena profundamente en mi mente. Muchos padres atesoran los momentos felices que comparten con sus hijos, por eso aquí te contamos 5 anécdotas de padres enamorados de sus hijos.

La anécdota del músico

Joshuan Blanco tiene solo un hijo a quien en una navidad le regalaron una pista de carrera y una cancha de fútbol. Usó los juguetes como pista y como cancha durante siete días. A la semana siguiente, Luis Fernando convirtió la pista de carrera en una guitarra eléctrica y la cancha de fútbol ahora es una pedalera –para la guitarra–. “Se parecen a los instrumentos que usa su tío”, dice Joshuan.

Desde enero sus instrumentos improvisados son sus juguetes diarios.  El niño le coloca cables a la guitarra y la conecta al amplificador imaginario. Todos los días ofrece una media hora de concierto para su selecto público: Papá y mamá. “Para mí es emocionante, porque sigue nuestros pasos y es un detalle que jamás olvidaré de él”, dice Joshuan quien integra desde su adolescencia una banda junto a sus dos hermanos.

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Yo no me voy nunca

La anécdota más tierna que Nathalie Sánchez recuerda de su primera hija, Camila, es una conversación en la que la niña, cuando cumplió 4 años de edad, le pregunta: ¿Mamá yo voy a ser tan grande como tú?

Nathalie le dice: Si hija, tú vas a crecer mucho y vas a ser grande. Te vas a convertir en adulta.

-Camila: Mamá, pero si yo voy a ser una adulta ¿ustedes qué serán?

-Nathalie: Bueno, nosotros nos vamos a poner más viejitos, pero tú vas a crecer, te vas a casar, vas a tener hijos y nos vas a venir a visitar todo el tiempo.

En ese momento a Camila se le aguaron los ojos.

-Camila: ¿Pero, por qué los voy a ir a visitar?

-Nathalie: Porque vas a tener una casa grande, vas a tener un carro…

-Camila: Pero será una casa que no es la tuya.

-Nathalie: ¡Claro! Una casa diferente, que no es la mía.

Camila se puso a llorar.

Su madre le pregunta, sin entender su reacción por qué lloraba, y Camila, con lágrimas corriendo en las mejillas, dice: Es que yo quiero vivir siempre contigo, no quiero que tú me abandones.

-Nathalie: Hija, yo no te voy a abandonar nunca, serás tú quien que cuando sea grande no va a querer a estar conmigo.

-Camila: Claro que no, eso no es cierto. Yo siempre, siempre voy a querer vivir contigo.

La niña que para el momento de la conversación tenía cuatro años de edad, de nuevo, rompió en llanto. Su mamá intentó varias estrategias para consolarla sin conseguirlo, entonces tuvo que decirle: Mentira, mentira siempre vamos a vivir juntas. Pero es una promesa, porque ya verás que serás tú quien ya no va a querer vivir conmigo. Es una promesa, ¿verdad?

¡Claro que sí!, respondió Camila entre lágrimas.

Camila se puso a llorar porque sintió que cuando creciera, su mamá la va a sacar de la casa. Es un tema que aún no comprende, pues en una segunda oportunidad cuando su madre mencionó la frase “cuando tú seas grande y te vayas”, empezó a llorar de nuevo.

A Nathalie esta vivencia le parece tierna. Y así es Camila, tierna.

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Hijo ven a comer

Flavia Paola tiene tres años de edad, los cumplió recientemente. Y hace unos meses empezó a llamar a su hermano: Hijo. A su mamá, Eneida, le causa mucha gracia esta anécdota, porque ella llama a su primogénito: Hijo.

En esa casa es cotidiano escuchar: Hijo ven acá, hijo ven a comer… hijo… hijo… Por eso Flavia Paola ahora repite, cuando ve a su hermano: Hijo. Y le dice ¡Hola, hijo! … Hijo, ven a comer… Ella lo llama hijo porque está imitando a su mamá, quien ahora es su modelo.

Qué es esto y cómo funciona

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Paúl Santiago siempre ha sido un loro parlanchín. Desde que tenía dos años de edad hablaba mucho y pronunciaba las palabras de manera correcta, por más difíciles que fueran. Decía: parancutirimicuaro, por ejemplo.

A esa edad, Paúl quería descubrir el mundo, y para entenderlo preguntaba. A diferencia de los otros niños que preguntan qué es eso, él iba más allá, decía: Qué es esto y cómo funciona. Su interés, sobre todo, se centraba en saber cómo funcionaban las máquinas.

Un día, cuando sonó la alarma del carro -que fue accionada desde el apartamento donde vive- preguntó: Qué es eso. Su prima, quien lo cuidada en ese momento, le contestó: La alarma del carro. Seguidamente el niño cuestionó de nuevo: Y cómo funciona.

La joven suspiró y trató de ser didáctica… Entonces buscó el control remoto del televisor y le explicó que el control envía una señal u orden a distancia al aparato. Así como el control del televisor cambia de canales o enciende y apaga el aparato, el del carro sube y baja los seguros del auto.

La curiosidad de Paúl Santiago aún no ha cesado, pero ya no pregunta cómo funcionan las cosas, experimenta. Sus papás aún no saben qué es peor…