Como padres, superamos cualquier circunstancia por nuestros hijos

Superamos cualquier circunstancia por nuestros hijos porque somos padres, buenos padres.


Si la vida viene bien, mala, regular, peor… da lo mismo. Nosotros nos mantenemos firmes al transcurso del tiempo y sus inclemencias.

Para los padres no existe nada que no pueda hacerse o alcanzarse por los hijos.

Como sabemos que te cuentas entre los mejores padres del mundo, en Eres Mamá queremos dedicarte este artículo.

¿Cómo somos los buenos padres?

Los buenos padres somos incondicionales, totalmente fieles a esa diminuta personita que nos llama mamá y papá todas las mañanas.

Poco importan el momento, la situación o la magnitud del sacrificio; si nuestro niño lo necesita nosotros no tenemos miramientos y ofrecemos hasta la propia vida con tal de salvar la suya.

Como padres sabemos aceptarlo, ayudarlo a conquistar sus metas, enjugarle las lágrimas, guiarlo, educarlo, acogerlo en nuestro pecho y perdonarlo.

Abrimos bien los oídos para escuchar sus opiniones y hacemos todo lo que esté en nuestras manos y un poquito más allá, por entenderlo.

Como amamos sin límites, aprendemos a vivir en su tiempo con las convicciones y las reglas que implementó y sigue de su generación.

Los buenos padres superamos el dolor, sacrificamos nuestras necesidades, deseos, descanso, sueño…

Se hará un tiempo para la familia

No importa el precio ni la hora, nosotros siempre estamos dispuestos para nuestro hijo.

Apenas dejamos de ser uno solo y nos multiplicarnos, más que nuestro propio bien, nos importa el de ese nuevo ser que arropamos, cargamos, alimentamos, cuidamos, acariciamos…

Por eso, por propio instinto natural aprendemos a entregarnos, a amar, a ayudar y socorrer, a consolar y a mimar sin límites.

Como padres, superamos cualquier circunstancia por nuestros hijos

Los buenos padres superamos cualquier circunstancia, la eventualidad que se presente. Lo primero para nosotros es el bienestar del pequeño que duerme a nuestro costado.

Como padres postergamos nuestro tiempo

Como padres postergamos nuestro tan necesario descanso para cubrir las necesidades y hasta los caprichos del niño.

Y así, con los ojos llorosos de tanto bostezar, nos quedamos un rato más jugando en el suelo, leyendo un cuento, cantando, o haciendo cualquier pirueta si es lo que nos pide antes de dormir.

Jugamos con él como si en la cocina no nos esperara la losa sucia, la lavadora no estuviera repleta de ropa, o las telarañas no colgaran desde el techo.

El dedicarle tiempo, toda vez que lo traemos al mundo, se convierte en nuestra prioridad.

Como padres posponemos el momento que hoy necesitamos para cubrir nuestras propias necesidades y lo dejamos para mañana, pasado mañana, el mes que viene, el año próximo, cuando el niño cumpla tres años… en fin, la lista se hace cada vez más larga hasta ser infinita.

Cuando llega el primer hijo inmediatamente él consume la mayor parte del tiempo que tenemos, tanto del día como de la noche, hasta dejarnos apenas un rato libre.

Pero ese rato nunca es suficiente y no pocas veces deseamos que en vez de 24 el día tenga 50, 70, 100 horas para cumplimentar las tareas domésticas, rendir en nuestro trabajo, dedicarle más tiempo a él mismo, descansar, relajarnos, asearnos, alimentarnos, romancear con nuestra pareja, o embellecernos.

Como padres nos apretamos el cinturón

Como padres, cada vez que se hace necesario, nos apretamos el cinturón aunque la zona más ajustada siempre vaya a suprimir nuestras necesidades y gustos.

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Mantenemos uno, dos y hasta tres trabajos para que la economía familiar no decaiga y nuestro hijo no tenga que pasar escaseces.

Como padres nos animamos y sonreímos para no opacar su felicidad

Si estamos sumamente tristes porque perdimos a un ser querido o acabamos de divorciarnos…

Si nos sentimos estresados por el peso de las responsabilidades y la misma vida en nuestras espaldas…

Si estamos agotados, enfermos o tenemos problemas laborales siempre sabemos cómo reponernos y dibujar una sonrisa en nuestros labios para que nuestro hijo no lo note y también lo sufra.

Los problemas sean del tipo familiares, con nuestra pareja o sociedad se discuten y resuelven de manera discreta.

El niño, como inocente al fin, no tiene por qué cargar con nuestras discrepancias, responsabilidades, deficiencias e incapacidades.

Por eso, si estamos agotados, estresados, o deprimidos nos levantamos.

El saber que somos los únicos, o los más responsables de la crianza de un niño y su felicidad, nos hace mantener nuestra estoica postura hasta sentirnos orgullosos de ratificarnos que, como padres, superamos cualquier circunstancia por nuestros hijos.

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