No importa cuánto crezcas, siempre serás mi bebé

Macarena · 5 marzo, 2017
El tiempo pasa, tu aspecto físico y aptitudes indican que creces a pasos agigantados. Sin embargo, poco importa cuánto crezcas, pues siempre serás mi bebé.

Siempre serás mi bebé. Aunque el tiempo pase rápido y las circunstancias de la vida cambien de un momento a otro. A pesar de que todo se modifique, mute y se transforme. 

Si bien esto puede sonar exagerado es una realidad: mi amor de madre es incondicional y, por lo tanto, podrás contar con que mis ojos te vean siempre con infinito afecto y, sobre todo, orgullo.

Cuando digo que siempre serás mi bebé, no quiero que temas por la percepción que yo tenga de ti. Sé muy bien tu edad y lo mucho que has crecido, tus logros, tus virtudes, y lo que eres capaz de hacer.

El hecho de que seas mi bebé no te reduce, en lo absoluto. De hecho, solo te confirma lo mucho que te adoro y lo agradecida que estoy con la vida de que hayas sido mi hijo.

Cuando digo que eres mi bebé, quiero decir que te reconozco aunque pasen los años y que te quiero de todas las formas en las que soy capaz.

Las sonrisas que me regalaste de niño no dejan de estar presentes en tus sonrisas de hoy. Tus abrazos y tus apretones de mano siguen teniendo ese calor especial que tan bien conozco.

No importa cuánto crezcas, siempre serás mi bebé.

Aunque siempre serás mi bebé, nunca perderás tu independencia ni tu autonomía. Así que respira, hijo mío. Solo quiero expresarte lo grande y hermoso que se siente el hecho de ser tu madre.

Desde el día en que supe que vendrías al mundo, hiciste crecer en mí un hermoso sentimiento. Poco a poco. Sin prisa alguna. Y para el día de tu nacimiento, ya había me sentía radiante de júbilo y dicha.

Razones por las que siempre serás mi bebé

A continuación voy a darte algunas de las razones por las que siempre serás mi bebé. De esta forma podrás entenderme mejor y, cuando llegue el momento, identificarte con mis palabras:

  1. Por los lazos sanguíneos que nos unen.
  2. Por el vínculo sentimental único y especial que tenemos.
  3. Por todo lo que hemos vivido y compartido juntos.
  4. Por la alegría, satisfacción, orgullo que me das día a día.
  5. Por la forma en que respiras al dormir y lo dulce que se ve tu rostro cuando estás tranquilo.
  6. Por las risas y la diversión que hemos compartido hasta ahora y que seguiremos compartiendo.
  7. Por los abrazos que me das cuando te sientes triste, desanimado.
  8. Por todas las veces que me llamas ”mamá”.

Tu forma de acudir a mí

No importa cuánto crezcas, siempre serás mi bebé.

Recuerdo una vez en la que te enojaste conmigo. Me dijiste muy enérgicamente: ”¡Yo no soy tu bebé!” porque te sentías furioso y avergonzado. Esa tarde, habías invitado a algunos de tus amigos más cercanos a casa, para jugar en el jardín.

Para ese entonces, tendrías unos diez u once años de edad. Esperabas a tus amigos con gran emoción y el caso es que no querías que yo te ayudase a preparar la merienda.

Por supuesto, aunque ya sabías prepararla tú mismo, yo no quería que perdieses tiempo en ello. Quería regalarte todo el tiempo del mundo para que pudieses disfrutar y aprovechar al máximo aquella tarde de juegos.

Pero mis acciones (y intenciones) te resultaron incómodas y esto te llevó al enojo. Pensaste que quería hacerte quedar como un bebé al que le tienen que hacer todo y no como el niño capaz que eras. Yo lo entiendo perfectamente porque también lo he vivido y también he reclamado por lo mismo.

En ese momento, no quise discutir. Te di el espacio que me querías y te dije en voz queda: ”Siempre serás mi bebé, pero eso no significa que quiera inutilizarte ni avergonzarte”. Entonces tus mejillas pasaron del rojo al color más pálido.

Vivimos muchas más situaciones parecidas hasta que te diste cuenta de que mi ayuda no pretendía hacerte daño. Algunas veces peleamos más que otras pero, al final, conseguimos salir adelante. 

Hoy en día ya no me riñes cuando te digo que siempre serás mi bebé. Incluso, hay veces en las que no me hace falta decírtelo en voz alta para que lo sepas.

Entonces te veo sonreír y nos empezamos a reír. Eso es lo más bonito de la vida, esos pequeños gestos, aquello que compartimos que nos hace entender mejor que mil palabras.