Mamá, esto es lo que ví mientras creías que no te observaba

Mamita hermosa, es tanto lo que tengo que agradecerte. Sobre todo, esos detalles tan genuinos que hablan de tu ser. Porque en cada acto diario, natural y visceral, mostrabas tu noble y pura esencia. Es que fue mucho lo que pude ver mientras creías que no te observaba.

Sí, te estaba mirando obnubilado. Admirando profundamente, con un orgullo que invadía mi corazón. Porque cuando creíste que no reparaba en ello, a través de esas acciones pude ver tu alma, desnuda, despojada de todo artificio.

Esos pequeños grandes detalles de cada día que pensabas que no veía son los que hacen a las personas grandes. Única, inmensa. Mami, gracias por todas aquellas lecciones prácticas. Básicamente, por tu ejemplo, aquel que te ha llevado a convertirte en modelo de vida a imitar.

Lo que aprendí cuando creías que no te observaba

Un día, siendo muy pequeño, fuimos al hospital. Habías ido a visitar a ese amigo enfermo por el que estabas tan consternada. Allí entendí que las personas deben cuidarse mutuamente. Sin esperar nada a cambio, por aquel amor que los une y las vuelve incondicionales.

En otra ocasión, vi como le dabas billetes a una madre que pedía monedas junto a su bebé en el tren. Te vi colaborar con proyectos comunitarios varios. Te vi comprometida, cayendo por causas que parecían ajenas. Jamás negaste la ayuda a los más necesitados.

De ese modo, también pude comprender que si tienes algo de tiempo y/o dinero, es posible velar por el bienestar de los otros. Claro que bien sabías: “La solidaridad bien entendida comienza por casa”. Supiste traspasar esos límites. Me enseñaste el valor de la solidaridad y generosidad.

La empatía, la conciencia social y la bondad fueron enseñanzas que calaron hondo en mi alma. Un ser compasivo que siempre luchó por la felicidad del otro, por la igualdad de posibilidades y la inclusión. Todo eso lo veía atónito, mientras erróneamente creías que no te observaba.

En otra oportunidad recuerdo que alimentaste a un gatito sin hogar. Desprotegido, lloraba en la calle. No dudaste en llevar algo de comida para la próxima salida disipar su apetito y mitigar sus carencias. Entonces pude apreciar que los animales deben ser tratados con todo nuestro amor y respeto.

Supe verte días y noches feliz y alegre. Sin importar el cansancio, el estrés y los golpes de la vida. Pero también pude ver a través de tus ojos el dolor. Alguna que otra vez no pudiste contener las lágrimas. Ese día entendí que el condimento de la vida está en la tristeza y el dolor.

Dos sentimientos que falsamente se consideran negativos. Sin embargo son necesarios. Son aquellos quienes nos muestran la luz de la alegría que nos falta atravesar. Con esos quiebres emocionales, me mostraste madre, que llorar es normal. Sin importar la sexualidad de las personas, a veces resulta imperioso.

Lo que me diste mientras creía que no te observaba

Mientras erróneamente pensabas que no te estaba mirando, vi muchas cosas muy interesantes. Cosas que marcaron mi corazón y dejaron una huella imborrable. Me hicieron bien, me llenaron y, fundamentalmente, me reconfortaron. Porque en verdad es mucho lo que me diste.

Por ejemplo, pude observar cómo con una sonrisa enorme desplegada en tu rostro atesorabas una de mis pinturas. Ese día pegaste con un imán mi dibujo en el refrigerador. Por eso, no lo dudé ni un solo segundo y corrí emocionado a hacer otro. También aprecié el modo en que coleccionabas cada una de mis miles de cartitas.

Cada almuerzo y cada cena parecía a la carta. Es que te empeñabas en preparar mis platos favoritos en su versión más saludable. Siempre aportando a la salud y buscando que me sienta a gusto, mimado y consentido. Preparaste una y mil veces mi pastel favorito, especialmente para mi. ¡Vaya que los pequeños detalles tienen mucho sentido!

Jamás dejaste de cuidar de mí, así como también de la casa, nuestro dulce hogar forjado en base de tu esfuerzo y sacrificio. Dominas la paciencia, entregas dedicación. Estás en cada detalle de cada miembro de la casa. Y ahora comprendo perfectamente que debemos cuidar lo que tenemos y lo que queremos.

Y no importaba nunca cuán mal podías sentirte. Sin importar los factores que estropearan tu día. Siempre estabas allí, en todo, cumpliendo con lo que decías eran tus obligaciones. Ahí pude darme cuenta de lo que realmente significa una responsabilidad.

Gracias por todo lo que he llegado a ver mientras creías que no te observaba. Porque de ese modo yo aprendía de ti nada menos que la vida misma materializada en ejemplo. Eras verbo, no un simple sustantivo. Te convertiste en modelo, y desde entonces traté de ser como tu para que sientas orgullo de mí. ¡Te amo mamá!

Imagenes cortesía de Maud Tausey Fangel

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