La felicidad es un acto responsable

Cuentan que una vez le preguntaron a Buda qué es la felicidad. Él contestó: La felicidad es el cese del sufrimiento. Así que en términos prácticos, según el budismo, la felicidad se vive cuando dejamos de sufrir. Así de simple.

Para la psicología moderna la felicidad es un acto responsable. Verás, la felicidad de un adulto no depende de nadie más que de él mismo, y esta no es un estado emocional que pueda otorgarle una persona más o un objeto, pues eso que llamamos felicidad no depende de nada que se encuentre en el exterior de tu ser, todo lo contrario, siempre está en tu interior.

Nuestra felicidad depende de cada uno de nosotros, de las determinaciones que tomemos, de los actos que realicemos o dejemos de realizar, de nuestra capacidad de conocernos, de perdonarnos y de sabernos a salvo. Nadie es perfecto, todos los seres humanos, no importa la edad que tengan, son un proyecto en construcción que tienen infinitas posibilidades de mejorar cada día y por lo tanto de ser felices.

¿Y qué es ser feliz? Esa respuesta puede variar mucho de persona a persona, sin embargo, la psicóloga María Elena Guzmán, nos aclara que ser feliz no significa no tener problemas, sino saber lidiar con ellos.

Tu felicidad depende solo de ti

Aunque muchos adultos creen no lo creen, su felicidad solo depende de ellos mismos, de la construcción que como adultos puedan hacer a partir del amor, la seguridad y el amparo que han recibido en sus vidas y de la madurez emocional que han cultivado; esto marca una diferencia con los niños cuya felicidad sí depende de los cuidados que les brindan sus padres.

Por desgracia, tal y como señala la psicoterapeuta y experta en maternidad Laura Gutman, en la medida que hayamos recibido pocos cuidados en la primera infancia se hace más común que como adultos depositemos en los demás la supuesta responsabilidad de nuestro bienestar o de nuestra felicidad.

La experta señala que esta es una equivocación muy frecuente en el seno de nuestras relaciones, la cual suele evidenciarse cuando pretendemos que nuestra familia, nuestros amigos o nuestra pareja alimenten nuestras emociones o mejor dicho nos hagan felices, haciendo de ellos una mamá o un papá sustitutos; cuando la verdad es que alimentar de manera positiva nuestras emociones -o por lo menos mantener a raya a las personas tóxicas- es nuestra absoluta responsabilidad.

No obstante, esta confusión lleva a buena parte de los adultos a un franco estado de debilidad emocional, pues al estar convencidos de que su felicidad depende de los cuidados que reciben de los demás se estancan como personas y dejan de cultivarse como individuos y de mejorar nuestras capacidades y habilidades emocionales.

Y lo peor de estar inmersos en esa manera de pensar es que las relaciones que establecemos tienden a ser dependientes y estás caen en tensión cuando la otra persona, por lo general nuestra pareja, desvía su foco de atención hacia cualquier interés personal, caemos en pánico y muchas veces comenzamos a llamar la atención de esa persona  manipulándola, mintiéndole o tergiversando las realidades.

Es verdad que en muchas ocasiones lo hacemos sin mala intención e incluso sin darnos cuenta, pero es justamente ese tipo de actos los que dan cuenta de nuestra poca madurez emocional, pues arrastramos a otras personas a nuestro pequeño caos emocional.

Ese tipo de elecciones o de comportamientos son usuales en personas que pertenecen atrapadas por el miedo a ser abandonadas, quienes constantemente sienten que sus relaciones están en peligro; no obstante esta situación puede cambiar al hacernos conscientes de nuestras heridas, las cuales deben quedar en el pasado.

Hacernos responsables de nosotros mismos marca la diferencia

Es necesario hacernos conscientes de nuestros actos y de cada uno de nuestros pensamientos, esa es la única manera de liberarnos del pasado y de hacernos responsables de nuestro aquí y ahora. Hacerte consciente de que independientemente de lo que hayas sufrido en el pasado, es vital que comprendas que el placer, las elecciones conscientes, y lo que crees que es la felicidad la puedes alcanzar con tus elecciones, con tu fuerza de voluntad y con tu disposición de madurar emocionalmente.

Es muy, pero muy importante que como madre comprendas que tu felicidad no depende de nadie ni siquiera de la persona que se confiesa perdidamente enamorada de ti; y eso es tan cierto como que tú tampoco –por más que te esfuerces- puedes hacer feliz a nadie más que no seas tú.

Ahora bien, compartir los momentos de nuestra vida, ayudar a los demás a superar ciertas dificultades y acompañar la vida de los seres que amamos es otra historia y es parte de lo que le da color a nuestra existencia; y eso es algo muy distinto a hacerse cargo de las emociones de otro adulto o poner en otra persona la carga de hacernos felices, eso no le corresponde a nadie más que a nosotros mismos.

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