Con mi hermano gané un compañero para toda la vida

Recuerdo mi infancia y contemplo mi presente. Observo que, a lo largo de mi historia, hubo siempre a mi lado un factor común. Quizás el mejor regalo en vida que pudo dejarme mi madre. Es que desde muy chico mi hermano ha estado para mí, así como yo prometí estar para él.

Definitivamente, sostengo que con mi hermano gané un compañero para toda la vida. Sin duda el más fiel y leal. El verdadero incondicional. Aquel que en las buenas jamás faltó, pero en las malas -donde casualmente la ausencia abunda- nunca se borró.

Compañero de aventuras, contrincante en mis batallas. Hacedor de mi personalidad, mi consejero predilecto, mi abogado tras alguna trastada. El confidente de los más profundos secretos. Ese mismo que, cuando niños, me enseñó a caminar y a sonreír.

 En ocasiones, ser un hermano es incluso mejor que ser un superhéroe

-Marc Brown-

Con ese ser lleno de luz y amor para dar obtuve el premio de la vida más preciado. Por eso, conforme pasan los años, me apego más a él y pido tenerlo siempre a mi lado para aprovecharlo y disfrutarlo. Por mil razones, me siento feliz y estoy agradecida. ¡Te amo hermano de mi corazón!

Mi hermano es un cofre lleno de recuerdos

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Mi hermano, además de ser mi eterno compañero, fue, es y será por siempre un cofre lleno de recuerdos. Protagonista y réplica exacta de mi propio anecdotario. Con él forjé los momentos más gratos y hermosos de mi infancia, de mi vida.

Junto a ese pequeño sujeto de un amor infinito y una generosidad envidiable crecí, reí y también lloré. Pasamos mañanas y tardes enteras jugando en el parque, intercambié juguetes y golosinas. En suma, aprendí a compartir con el solo hecho de transitar a su lado.

De esa personita que no contemplaba la envidia en su diccionario personal también me tocaron las primeras inocentes travesuras. Las primeras palabras, los primeros pasos estuvieron a su cargo. 

Mi hermano fue quien con una sola sonrisa podía explicarme el mundo. A cambio, con una sola mirada podía poner el mío en sus manos. Confianza y respeto fueron los valores que me trasmitió. Amistad es al día de hoy su legado. Miles de fotos me demuestran todo lo que fuimos, y en qué nos convertimos.

Mi defensor en cada una de las causas que me veían como víctima. El abrazo protector que oficiaba de escudo cuando invadía el miedo. La razón de aquellas interminables horas vacías de la infancia. Mi hermano es el dueño de la mayoría de los más dulces recuerdos de mi niñez, un verdadero cofre de remembranzas.

Mi hermano, tras el paso del tiempo

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El tiempo pasó y, sin embargo algo no pudo corroer a lo largo de su transcurso. Eso que permaneció inmutable, inquebrantable, era justamente la más hermosa de mis relaciones. El vínculo con ese ser querido especial y único: mi hermano.

Mi hermano continúa siendo aquella persona en quien pienso cuando debo compartir mis logros y triunfos. Quien genuina y naturalmente se alegra por mi felicidad. Es también el primero que se me viene a la mente cuando necesito una palabra de aliento o consejo.

Fue el primero en saberme enamorado, el que me ha visto llorar, quien me invitó a reflexionar. Mi hermano creció pero sigue siendo ese pequeño con el que podemos reír de las cosas más absurdas. Sin culpas ni vergüenzas, poseedores de un majestuoso código único que nos une.

Pañuelo de lágrimas, oreja, hombro. Un almuerzo o cena compartidos en la vorágine de nuestros agitados días en la vida de adultos. Compartir experiencias y conocimientos. Recordar el pasado con una bella mueca en el rostro. Traer siempre a cuento a los hacedores de este bello milagro llamado hermandad: mamá y papá.

Mi hermano es la persona en quien todavía puedo confiar. Ese chico que aún siendo mayores continúa consintiendo mis caprichos. Y es que puede que todo a nuestro alrededor se haya transformado. No obstante, sé que él seguirá por siempre siendo mi compañero predilecto hasta nuestros últimos días de vida.

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