¿Qué riesgos entraña una educación permisiva?

Óscar Dorado · 21 julio, 2018
Los extremos en la educación son perjudiciales. Ni el exceso de permisividad y ni el autoritarismo promueven un ambiente familiar sano así como tampoco favorecen el desarrollo de los niños.

En la actualidad, uno de los grandes dilemas de los padres es la educación de los niños en el hogar. Muchas veces, la incertidumbre acerca de qué es necesario y qué es prescindible, confunde. En este sentido, los padres se preguntan, sobre todo si la educación permisiva es saludable.

Lo que sí está claro es que siempre se busca optar por la alternativa más beneficiosa para los hijos. De allí que los padres intenten mantener un buen balance entre rigidez y flexibilidad. Ahora bien, aunque no lo parezca, no es necesario caer en la permisividad para conseguir ser los cómplices de nuestros hijos y mantener un ambiente familiar cercano y positivo.

¿Dónde está el límite?

Para ser buenos padres hay que evitar, a toda costa, caer en los extremos. Mientras más moderados seamos, más fácil se nos hará tomar las decisiones día a día. Recordemos que hay maneras sanas de ser firmes desde el amor, para enseñar un valor o promover un buen hábito de vida. Lo que viene a ser perjudicial es aplicar la rigidez sin justificación, por todo y para todo.

La clave está en aprender a poner límites sanos para que así, el día de mañana, los niños crezcan con parámetros realistas y puedan comunicarse con confianza con sus padres.

Además de la moderación, hay que procurar aprender de los errores y cultivar los aspectos positivos, siempre que sea posible. Asimismo, una vez que los niños tengan edad suficiente para ello, es conveniente promover el diálogo y crear un ambiente de trabajo en equipo que inspire a todas las partes. Es conveniente aprovechar el lenguaje para guiar con afecto.

La educación permisiva

Una educación permisiva se basa en la idea de que hay que intervenir lo menos posible en la vida de los hijos. La premisa de esta idea radica es que el niño quien tiene autoridad para decidir lo que debe hacer, cómo y cuándo, sin ser guiado ni corregido. En este sentido, se confía en el criterio propio.

Este modelo, si bien parece amigable a simple vista, no promueve una verdadera autonomía ni crea un ambiente familiar verdaderamente sano.

Algunos padres tienden a pensar que la permisividad es el método ideal para educar a los niños, ya que el hecho de no imponer límites ni reglas al niño hace que este no tengan motivos para hacer rabietas, o ser rebeldes. Asimismo, se confía en que este método brinda una mayor cercanía entre padres e hijos.

Sin embargo, la práctica demuestra que los niños que crecen, sin límites ni imposiciones, no son precisamente los más equilibrados. De hecho, son los que más carencias suelen tener tanto en el ámbito educativo, como en el ámbito emocional.

Desgraciadamente, la permisibilidad da pie a cierto tipo de abandono, falta de atención y orientación que perjudica a los niños en gran medida.

Riesgos de una educación permisiva

En general, los niños que crecen con una educación excesivamente permisible, tienden a ser inmaduros, intransigentes, desconsiderados, irresponsables, desafiantes, transgresores y con una marcada tendencia hacia el egoísmo. Este tipo de personalidad conlleva los siguientes riesgos:

  • Desdén por la norma, el esfuerzo y los valores.
  • Desprendimiento del núcleo familiar.
  • Incapacidad para establecer vínculos sanos dentro y fuera del núcleo familiar.
  • Percepción pobre de la realidad. 
Los niños tiranos padecen el síndrome del emperador.

La mejor opción

Tal y como se mencionó anteriormente, no se trata de que todo sea blanco o negro, rígido o flexible, sino de saber encontrar un punto medio. Habrá momentos en los que sea necesario ser un poco más autoritario y habrá momentos en los que se puede ser más permisivo.

Una educación con límites sanos son esenciales para que crezcan sanos y puedan prepararse adecuadamente para la vida adulta. Los límites permiten lidiar con la frustración, gestionar emociones y realizar un esfuerzo por lograr los objetivos. La falta de límites condiciona el desarrollo de la autonomía y la independencia del niño.

Ser comprensivos y justos nos ayudará no solo a educar sino a acercarnos a nuestros hijos. Nadie nace con un manual para educar, pero es necesario tratar de aprender en el camino y tener en cuenta que no todos los niños son iguales ni todas las situaciones son fáciles.

En conclusión, una educación permisiva no tiene por qué ser mala si se ponen límites sanos. De hecho, podemos aprovechar la flexibilidad de pensamiento y acción para conseguir que los niños asimilen algo en concreto, de una forma más amena y práctica.