Por qué el castigo no es la solución

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Elena Sanz Martín
15 marzo, 2019
El castigo conduce a la obediencia ciega y al temor y no enseña valores

El arte de educar a nuestros pequeños no es algo que deba tomarse a la ligera. Arte, sí, pues, a fin de cuentas, estamos colaborando en el proceso de creación de un ser humano. Estamos sentando las bases de su futura personalidad. Y por eso hoy vengo a contarte por qué el castigo no es la solución en este proceso.

¿Qué es el castigo?

En primer lugar, definamos de qué estamos hablando. El castigo se enmarca en la orientación conductista de la psicología, en concreto, dentro del condicionamiento operante postulado por Skinner.

Según este enfoque, las conductas que emitimos están manejadas por las consecuencias que las siguen. De este modo, una conducta se repetirá si tras ella viene un refuerzo y, por otro lado, verá reducida su frecuencia si tras ella viene un castigo.

Hay que contemplar, igualmente, los dos tipos principales de castigo. El castigo positivo es el que más comúnmente asociamos con el término castigar. Este consiste en «dar» o presentar algo desagradable tras una conducta que queremos eliminar , ya sea dar una reprimenda, un cachete o cualquier otro estímulo aversivo.

Por otra parte, el castigo negativo consiste en retirar algo agradable tras una conducta indeseada. Puede ser algo material, como quitar una videoconsola, o algo emocional, como retirar tu atención al niño.Por qué el castigo no es la solución.

¿Por qué usamos el castigo?

Este método educativo lleva utilizándose durante mucho tiempo y son numerosas las personas que defienden sus virtudes como forma de relacionarnos con nuestros hijos. ¿Qué hace del castigo un método de educación atractivo?

  • Es efectivo a corto plazo. El castigo se muestra eficaz a la hora de reducir la frecuencia de aparición de ciertas conductas inapropiadas, al menos en el momento.
  • Es lo que hemos vivido. Muchos de los padres que actualmente utilizan el castigo con sus hijos lo han aprendido y experimentado en sus carnes con sus propios padres. Es el modo de interacción que han visto toda la vida y lo tienen interiorizado.
  • Otorga una sensación de autoridad o poder sobre el niño que en ese momento se está portando de forma indebida.
  • Es rápido y fácil de poner en práctica. No requiere mucha inversión de tiempo o explicación, pues basta con dar o retirar aquello que hayamos elegido como castigo.

Por qué el castigo no es la solución

Sin embargo, a pesar de las facilidades que parece ofrecer este método, no es la mejor herramienta que podemos emplear. El castigo está basado en la obediencia ciega. Con el castigo el niño hace o deja de hacer algo «para que mamá no me grite« o «para que papá no me impida ver la tele».

Sin embargo, esto no produce un aprendizaje positivo, no se interioriza ningún valor ni se entiende por qué uno debe ser responsable de sus actos.

Aunque cueste creerlo el castigo transmite la idea de que «aquí soy yo el que manda» y genera un sentimiento de humillación en el niño que puede traer consecuencias nefastas:

  • Conduce a la pérdida de confianza del niño en los progenitores, puesto que no se siente tratado con respeto. Puede generar rabia, necesidad de venganza o alejamiento de los padres.
  • Daña su autoestima, inhibe su espontaneidad y, en muchos casos, genera una dependencia de la persona «al mando» en la que el niño pierde iniciativa y evita tomar decisiones (para que no sean las incorrectas).
  • Puede provocar tensión, agresividad o mentira. A consecuencia de que el aprendizaje profundo no se ha producido, el niño no modificará su conducta por convencimiento propio y tratará, únicamente, de no ser descubierto.Por qué el castigo no es la solución.

Disciplina positiva: la alternativa al castigo

Entonces, si el castigo no es la solución, ¿cómo educamos, guiamos y enseñamos valores a nuestros niños? Un enfoque alternativo muy valioso lo constituye la disciplina positiva. Basada en los estudios de Adler y Dreikurs y en el valioso libro de Jane Nelsen, este enfoque resalta la importancia de mantener el respeto y la dignidad de los pequeños al educarlos.

Desde esta perspectiva ayudaremos a criar niños que actúen desde su propia responsabilidad y sus propios valores, que sean capaces de regular sus emociones y de reflexionar sobre las consecuencias naturales de sus actos.

Eduquemos desde el respeto, el amor y el ejemplo y tomémonos el tiempo para entender y validar los sentimientos que hay tras la conducta (aparentemente inapropiada) de los niños.