Mi nombre es mamá y, si se meten con mis hijos, mi apellido es leona

Raquel Aldana · 25 junio, 2016

Mi nombre es mamá y, si se meten con mis hijos, mi apellido es leona. Con esta frase lo digo tan claro que parece cristalino. Por mis hijos vivo, por ellos peleo cada día y me enfrento a lo que haga falta.

Me da igual lo que llueva, no concibo la posibilidad de que nadie, absolutamente nadie, haga daño a mis niños. Sé que deben bandear la vida, sé que deberán enfrentarse a miles de dificultades y que no puedo (ni debo) impedir que se caigan, pues es la única manera de que vuelvan a levantarse.

Manifiesto mi cero tolerancia a que mis hijos sufran sin razón a través de las etiquetas que la sociedad coloca sin pudor, de las injusticias, de la mala educación ajena. No aguanto que revuelvan sus entrañas ni que rompan su inocencia. Por eso, me declaro leona.

Mamá dándole un beso a su hijo

Nunca sabes lo fuerte que eres hasta que tienes hijos

Los hijos vienen con superpoderes bajo el brazo que otorgan a sus madres. Unos superpoderes que hacen de las mamás mujeres llenas de habilidades, fortaleza, de sabiduría. “Por mis hijos, lo que sea” comienza a ser nuestro lema desde que nos sentimos mamás.

Realmente, una vez que eres madre, te das cuenta de que gracias al amor a tus criaturas no hay nada que pueda impedirte protegerles y quererles con todo tu alma. Echas la vista atrás y de verdad sientes que has vivido toda tu vida sin conocer la verdadera inmensidad del amor.

Nuestro cuerpo y nuestra mente se sintonizan para crear nuevas conexiones que promueven ese amor infinito y la aparición de la leona que todas llevamos dentro. Porque el amor de madre es eso, conocer lo que es la emoción, la valentía y la capacidad de amurallar la inocencia de nuestros hijos.

pareja-de-enamorados

El padecimiento de una mamá ante el dolor de sus hijos

Solo una madre sabe lo que es dormirse tarde, despertarse pronto y levantarse decenas de veces durante la noche para vigilar el sueño de un hijo enfermo. Porque los hijos son la razón de nuestra fortaleza pero también nuestra más grande debilidad.

El dolor de una madre ante el sufrimiento de sus hijos es desgarrador, entre otras cosas porque tiene unas cuantas pizcas de sentimiento de fracaso en la protección, de necesidad de infalibilidad, de exigencia, de responsabilidad.

Es inevitable que cuando se caen por primera vez, creamos que debíamos haberlo evitado. Daríamos la vida por aliviar el llanto desconsolado de su corazón roto por las burlas, por la traición o por el desamor.

Madre e hijo mirándose a la cara

Si de nosotras dependiera preferiríamos transmitir por telepatía todos los aprendizajes necesarios para criarse fuertes. Ocurre que, tal y como sabemos, sin cicatrices es muy difícil sobrevivir.

Porque esos rasguños son sus heridas de guerra, heridas que los formarán como grandes soldados de batalla. Así, preparados para la vida, seguirán caminando con sus miedos, tal y como lo hicimos nosotras.

Fieles a esa cabezonería inherente a su condición de humanos, tropezarán con la misma piedra todas las veces que les haga falta para aprender la lección. En ese mismo caminar estaremos nosotras, mamá por mamá, para ayudarles a sanarse, a recomponer sus partes rotas y a reparar sus daños.