La placenta: el órgano que satisface a tu bebé

Goizane · 6 noviembre, 2017
En algunas culturas, la placenta es venerada por su significado de vida. Su simbología trasciende lo meramente fisiológico.

La placenta es un órgano fundamental en el embarazo y sólo existe en esta etapa. Constituye la conexión vital del bebé con la madre, ya que su principal función es la de transmitir nutrientes al feto, propiciando que crezca y se desarrolle adecuadamente.

Su nombre proviene del latín y significa “torta plana”, haciendo referencia a la forma que tiene en los seres humanos. En el mismo momento en el que se implanta el embrión en la pared uterina (a la semana de producirse la fecundación) se comienza a formar la placenta.

¿Para qué sirve la placenta?

La placenta es un órgano de vital importancia para el crecimiento y protección del feto. En los primeros meses apenas está formada y es el endometrio el encargado de abastecer al embrión. Hasta la semana 18 de embarazo no adoptará su estructura definitiva, cuando empezará a cumplir sus funciones:

  • Facilita el intercambio de nutrientes y hormonas.
  • Funciona como pulmón fetal, administrando oxígeno al bebé.
  • Actúa como filtro, alejando las sustancias nocivas y desechos. Los hace pasar al torrente sanguíneo materno para luego eliminarlos a través de los riñones.
  • Fabrica hormonas, entre ellas la gonadotropina coriónica humana, que permite que la continuación del embarazo.

También sintetiza estrógenos, hormonas sexuales femeninas. Tienen un papel clave en la implantación del embrión, el desarrollo de las mamas y el lactógeno placentario. Todas estas hormonas colaboran a la hora de que el cuerpo de la mujer atraviese los cambios necesarios del embarazo.

Ubicación de la placenta dentro del cuerpo femenino.

¿Cómo funciona?

La placenta se comunica con el feto a través del cordón umbilicalEste está compuesto por dos arterias. Una se encarga de renovar la sangre que fluye hacia el bebé, y la otra de transportar sus desechos hacia la madre.

Todos los intercambios se producen a través de la barrera placentaria. Se trata de una membrana que bloquea selectivamente gran parte de las sustancias potencialmente dañinas para el feto.

El buen funcionamiento de la placenta es fundamental para la salud y el correcto desarrollo del bebé.

Muchos micoorganismos, como bacterias, gérmenes o tóxicos, no pueden atravesar la placenta. Así, el bebé está protegido en una etapa en la que su sistema inmune no está maduro. Sin embargo, la mayoría de los virus sí son capaces de atravesar o romper esta barrera, por lo que es importante prevenir infecciones.

Composición y ubicación

Está formada por varias capas, que proceden  de un componente materno – una transformación de la membrana o mucosa uterina – y una parte de origen fetal, el trofoblasto. Dicho lado fetal está compuesto por cientos de vasos sanguíneos entrecruzados.

La parte de origen materno es la más externa de la placenta. Está en contacto con la pared uterina, motivo por el que se la conoce como placa basal. Consiste también en una combinación de tejido embriónico y tejido materno.

En cuanto a su ubicación, la placenta se implanta y se sujeta en la pared uterina. Normalmente, está en la cara anterior o posterior del útero, sin obstruir el cuello uterino, por donde ha de nacer el bebé. Cuando se sitúa en la parte baja del útero, se le llama placenta previa.

La placenta protege al bebé durante todo el embarazo. Vida de la placenta

Como cualquier otro órgano, la placenta tiene un proceso biológico: nace, crece y muere. Sin embargo, este órgano difiere del resto en que dura lo mismo que el embarazo: unas 40 semanas, aproximadamente.

Crece durante toda la gestación, excepto en las últimas semanas, en las que su desarrollo se estanca.

A partir de la semana 41 aumenta el riesgo de que deje de funcionar correctamente. Es lo que se denomina placenta vieja, envejecida o hipermadura. En ella se forman unas calcificaciones, que pueden ocasionar que la placenta ya no nutra adecuadamente al feto.

Al acabar la gestación suele medir entre 1,5 y 3 centímetros de grosor, y 15–20 centímetros de diámetro, pesando alrededor de 450–550 gramos. El parto no finaliza hasta que se expulsa la placenta, en la última fase del mismo: el alumbramiento. En esta etapa, sigue habiendo contracciones.

Una vez sea expulsada, se deberá controlar que la placenta esté completa. Esto se debe a que si han quedado restos en el interior del útero podrían presentarse complicaciones. Además, controlando el estado de este órgano se pueden obtener pistas sobre el estado de salud y desarrollo del bebé.