Carta de un niño a sus padres adoptivos

Agetna · 20 mayo, 2017

Padres adorados:

Si les escribo esta carta es porque, por mi corta edad, no tengo otra manera de retribuirles todo el amor que, hacia mi persona, manifiestan. La dedicación, el buen trato, la paciencia.

Es a través de estas escuetas, pero intensas palabras, quiero agradecerles por el cariño que desde el primer día supieron ofrecerme; los brazos abiertos y las sonrisas que me encontré apenas atravesé esa puerta.

Les estoy debiendo su bondad, el altruismo de querer el bien de un niño que, a pesar de no haber sido gestado por ustedes, ocupa la primacía en su mente, su tiempo y su corazón.

Les estaré eternamente agradecido por aceptar a este adolescente casi jovencito como su hijo y, preferirlo ante muchos otros bebés que se encontraban en espera.

No voy a asegurarles que soy el hijo que soñaron, el más educado, amoroso, pacífico…; los muchos hogares por los que pasé, el diverso carácter de las personas que me acogieron, las arbitrarias reglas, la indiferencia, el rechazo en el colegio y los comentarios que genero por donde quiera que voy, han hecho de mí un chico difícil.

Pero yo sé reconocer cuándo estoy frente a personas amables, que merecen ser respetadas y queridas. Gente buena de verdad, que no les importa si mi madre se dedicaba a las drogas y me dejó abandonado en una gasolinera, o si mi padre nadie sabe quién pueda ser.

Ustedes me quieren y me aceptan a pesar de los problemas de salud que el alcohol de mi madre produjo en mi endeble cuerpecito; y me cuidan, atienden mis dolencias y se preocupan por llevarme con los mejores especialistas.

Por eso me esfuerzo por estar a la altura del hijo que merecen y tanto necesitan.

Lo mejor de vivir con ustedes

Lo mejor de vivir con ustedes es el buen tiempo que pasamos juntos. Los momentos cuando estamos solos los tres, en casa, sin que nadie venga a hacer visitas o llame por teléfono.

Cada vez que me esperan en la salida del colegio, me cargan la mochila, me dan un beso, un abrazo y me abren la puerta del coche.

Otro momento que adoro es cuando cocinamos juntos, hacemos las tareas domésticas o comemos del bol de papas fritas viendo la tele. ¡Cómo me gustan las papas fritas! Ustedes lo saben, por eso siempre dejan que coma todo lo que quiera.

Me encantan las noches. Es maravilloso dejar que cada uno se siente a un lado de mi cama a leerme o a contarme alguna historia de familia. En ese momento me tratan como un bebé, y yo se lo permito, porque es el modo que tengo de pensar en cómo hubiera sido si, de pequeñito, hubiera sido adoptado por ustedes.

Otro instante mágico es la mañana. Cuando juntos, entran a mi habitación para despertarme suavemente: con besos y caricias; abren las cortinas de a poco para evitar que el sol me moleste y me dan los buenos días, deseando de verdad que mi día sea bueno.

Mi felicidad, se la debo a ustedes

Hasta hoy nunca había sido feliz. Aunque en la casa de amparo había profesoras para atender y jugar con todos los niños, no recuerdo un solo día que estuviera alegre y me sintiera en casa.

Soy un niño dichoso, enteramente feliz desde que me conocieron y me ofrecieron esta vida mágica que ni en mis sueños más dulces había imaginado. Uno no puede soñar lo que no conoce.

Mi felicidad se la debo a ustedes, amor propio, confianza, valentía, deseos de aventurarme, estudiar, aprender, ser un niño mejor.

Les debo también los juguetes, la bici, los materiales escolares, las vacunas, las medicinas, los alimentos, las golosinas, el techo y la amabilidad.

Gracias papi, gracias mami, por haberme acogido, por haber formado conmigo este lazo de amor irrompible que el tiempo no podrá desgastar.

Ni un solo día de mi vida dejaré de agradecerles por lo protegido que me siento y esta seguridad inmensa que me acompaña desde el primer día. Solo quien, como yo, nunca antes supo lo que significa la familia, el amparo y la calidez de un hogar, sabe apreciar tales riquezas espirituales.

Gracias, mil gracias le debo a los mejores padres del mundo: ustedes.