El síndrome de la cabaña: ¿cómo puede afectar a tus hijos?

14 Mayo, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Elena Sanz Martín
Tras más de 50 días de confinamiento, los niños se han adaptado a las circunstancias. Por ello, es posible que ahora salir a la calle genere en ellos cierta ansiedad.

La aparición y expansión del COVID-19, y las medidas tomadas para prevenir nuevos contagios dieron un drástico vuelco a nuestras vidas y a las de nuestros hijos. Las aulas se cerraron, las actividades extraescolares se suspendieron y, en definitiva, salir a la calle dejó de ser una opción.

Ahora, tras más de 50 días de confinamiento, las limitaciones comienzan a relajarse, y es en este momento cuando el síndrome de la cabaña puede comenzar a afectar a algunos pequeños.

Al inicio de esta extraordinaria situación de encierro, todos, mayores y niños, deseábamos que terminase lo antes posible. Extrañábamos a familiares y amigos, anhelábamos recuperar nuestras actividades y rutinas cotidianas, y sentíamos que las cuatro paredes de nuestro hogar resultaban asfixiantes.

No obstante, nuestro organismo tiene una gran capacidad de adaptación. Y, por lo mismo, cuando el tiempo de aislamiento es prolongado, nos adecuamos a la nueva situación vital. Ahora nuestro hogar es percibido como una zona de confort, segura y tranquila, y el mundo exterior puede despertar sensaciones de temor e incertidumbre.

¿Qué es el síndrome de la cabaña?

El síndrome de la cabaña no ha surgido a raíz de esta extraordinaria situación sanitaria. Ya durante el siglo XX se observaron estas manifestaciones en cazadores y buscadores de oro que tenían que pasar largos periodos aislados en sus cabañas. Realmente, puede presentarse en cualquier persona que permanezca un tiempo prolongado sin salir de un lugar.

Niño abrazado a su madre con miedo porque sufre el síndrome de la cabaña.

Hemos de tener en cuenta que los niños han sido el grupo de población que ha experimentado un confinamiento más estricto. Ellos no han podido salir a trabajar, al supermercado, a la farmacia o a sacar la basura a la esquina; su encierro ha sido absoluto. Y esto es algo que aumenta las posibilidades de que ahora salir a la calle resulte una situación ansiógena para ellos.

¿Cómo se manifiesta?

El síndrome de la cabaña se manifiesta por un temor a salir a la calle, a contactar con otras personas y a realizar actividades que se encuentran fuera de nuestra actual zona de confort, es decir, fuera nuestro hogar. Para comprobar si tu hijo está sufriendo de esta condición puedes fijarte en varios parámetros:

  • Observa si manifiesta pensamientos de inquietud e incertidumbre respecto a salir a la calle. Por ejemplo, puede pensar: “no sé qué me voy a encontrar al salir, ni cómo me voy a sentir”. Tengamos presente, además, que durante meses hemos dicho que hay un virus peligroso fuera y pueden temer por su salud y seguridad.
  • Mantente alerta por si presenta reacciones fisiológicas como desasosiego, ansiedad, palpitaciones…, o síntomas cognitivos, como déficits de concentración y de memoria.
  • Ante todo, observa su actitud a la hora de salir a la calle. Si se niega o se resiste a hacerlo, si llega hasta el portal pero no sale, si se siente incómodo mientras está fuera y desea regresar cuanto antes

Además, es más probable que se presente en aquellos niños que ya por su propia naturaleza tienden a ser solitarios o a tener problemas de socialización. También puede ser común en adolescentes, acostumbrados a socializar a través del mundo virtual.

Pueden no encontrar atractiva una salida a pasear con sus padres cuando cuentan con la alternativa de permanecer en casa comunicándose con sus amigos o jugando a algún videojuego con ellos.

Miedos más frecuentes en los niños.

¿Cómo podemos ayudar a los niños a superar el síndrome de la cabaña?

En primer lugar, es necesario comprender que no se trata de ninguna patología, sino que simplemente es una reacción natural ante las circunstancias que han venido experimentando.

A partir de aquí es necesario ponernos en su piel, comprender y validar sus emociones. No es recomendable minimizar lo que sienten ni forzarlos a realizar salidas o actividades para las que no se sienten preparados.

Lo primordial es ayudarlos a perder el temor y realizar salidas graduales. Hemos de explicarles que, aunque salgamos, mantendremos unas medidas de seguridad. Lo positivo es que, para los niños, sus padres son sus principales figuras de referencia y, por ende, al salir con ellos, se sentirán más tranquilos y protegidos.

Anima a tu pequeño a asomarse a la ventana y a comprobar que hay otros niños en la calle, y proponle salidas cortas que se vayan alargando a medida que se vaya sintiendo más cómodo y seguro. Si cedemos ante la inquietud y permanecemos en casa, solo estaremos alimentando el temor.