No tienes que herir para enseñar, ni tu hijo ser herido para aprender

Ser herido para aprender es un concepto arcaico que empleaban, antiguamente, algunos maestros. Entonces se creía que los estudiantes debían poner empeño en aprender (dogma que por suerte llegó hasta nuestros días) pero que la enseñanza “entraba” mejor cuando era introducida con cocotazos, pellizcos, reglazos sobre la palma de las manos, ofensas, gritos y muchas otra reprensiones. Hace muchos años colegio y castigo podían muy bien ir de la mano.

Hoy todo cambió. Las normas educativas están totalmente en contra de cualquier vejación a la integridad física, emocional y psicológica de los alumnos. Las maestras ya no ponen a los niños de rodillas encima de chapillas de botella, piedrecitas o granos de maíz. A ninguna se le ocurriría tirar de las orejas o de las patillas a ningún adolescente por más rebelde que fuera. Sin embargo, la enseñanza en casa no siempre sigue los preceptos que hoy rigen en las aulas.

Tu hijo no necesita ser herido para aprender

Un niño necesita sentirse relajado, con poca presión, para hacer suyo un aprendizaje efectivo, es decir, un aprendizaje que se convierta en conocimiento y le dure la vida entera.

En su enseñanza debe contar con el apoyo no solo de sus maestros sino también del resto de la familia. En casa, en el momento de hacer sus deberes escolares, mamá y papá mucho que pueden ayudarlo.

Aquel menor que está en paz, y tiene un ambiente tranquilo para hacer sus tareas, libre de sermones, reprimendas y la frase tan manida: “¡Qué bruto me has salido!” puede encontrar tiempo, espacio y deseos para estudiar.

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A un niño hay que estimularlo, despertarle su lado curioso e investigativo; hay que hacerle ver que solo mediante la aprehensión de las materias va a aumentar su intelecto y lograr un desarrollo cognoscitivo que le servirá para alcanzar límites insospechados en la futura vida profesional que le espera.

Es fundamental levantar su autoestima y premiar sus méritos aunque estos siempre queden por debajo de lo que sus padres esperan de él.

Es primordial que el niño, desde pequeñito, aprenda lo que significa crecer: ser el responsable de tareas que le impliquen tiempo y esfuerzo, conocer y apreciar el valor de las riquezas materiales e inmateriales que disfruta, aprender a hacer diversas tareas acorde a su edad y comprometerse con él mismo, su familia y la sociedad en la que vive.

A un menor debe inculcársele lo bueno y lo malo de la inconformidad y el egoísmo. Hay que explicarle las desventajas de la procrastinación, cómo expresar cariño y ser empático con quienes convive, sus amigos y las restantes personas. Pero también debe enseñársele a defenderse de los insultos de los que quieren lastimarlo y herirle su amor propio aunque esta vejación venga de sus seres más queridos. Porque él no necesita ser herido para aprender y eso debe saberlo.

Demuestra amor por las cosas que ellos aman

No tienes que herir para enseñar

Educar con amor es brindar conocimientos de cualquier índole a través del cariño. Significa estar atenta a los sentimientos y emociones de la persona que más te importa, o debe importarte, en el mundo.

No hay que estar más atenta al tiempo que le dedicas y ella se toma para aprender. Qué más dá si son dos o tres horas. Lo que debe importar aquí es que la niña o el niño se sienta motivado, esté a gusto con tu sistema de enseñanza y aprenda lo que deseas enseñarle: matemáticas, a soltar el ordenador y mejorar la letra escribiendo a mano, corregir sus errores de ortografía, expresarse mejor, sentarse a la mesa…, en fin.

Entonces pon todo tu empeño en su enseñanza y respeta su aprendizaje como te respetas a ti misma. No lo ofrendas, le grites o lo golpees cuando te colme la paciencia, porque no tienes porqué ver tu paciencia colmada.

Mejor enséñalo a pensar: a querer saber el porqué de todas las cosas, llegar a conclusiones por su propia cuenta, apartarse de los estereotipos, aprender de sus errores como las mejores enseñanzas que puede tener, y tomar decisiones basándose en sus propias observaciones.

Mamá, educa a un niño emocionalmente sano y feliz, que no sienta temor de aventurarse y siempre tenga recelo en el “hacer” porque se mantiene preocupado en que si tú lo apruebas o no. Sé la mejor maestra para él. Enséñalo a no temerte.

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