La importancia de las emociones en el aprendizaje

21 noviembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Elena Sanz Martín
El aprendizaje basado únicamente en la memorización ha quedado obsoleto. Si queremos que los más pequeños adquieran nueva información, hemos de implicar sus emociones.

Afortunadamente, en los últimos años, los modelos educativos están cambiando. Van emergiendo nuevas propuestas con un enfoque diferente del proceso de enseñanza. No obstante, durante mucho tiempo se ha mantenido en las escuelas un estilo educativo obsoleto que pasaba por alto la importancia que tienen las emociones en el aprendizaje.

Hasta ahora, la organización escolar se basaba principalmente en la memorización. Los alumnos, incluso los más pequeños, debían ‘engullir’ cantidades ingentes de información para luego plasmarla por escrito en un examen. El problema reside en que este proceso no genera un aprendizaje significativo o, en otras palabras, se nos olvida en cuanto ha terminado la evaluación. ¿Por qué? Porque carece del imprescindible componente emocional.

Emociones en el aprendizaje

A lo largo de nuestra vida recopilamos infinidad de informaciones, pero solo algunas de ellas perduran en nuestra memoria. Todos habremos experimentado en alguna ocasión la facilidad con que algunos datos quedan grabados en nuestra mente cuando el aprendizaje está motivado por nuestro propio interés.

Profesora con sus alumnos inculcándole a sus alumnos la importancia de las emociones en el aprendizaje.
Un niño puede tener dificultades a la hora de memorizar la lección del colegio y, en cambio, puede pasarse horas hablando acerca de los dinosaurios o los planetas. Esto es debido a que son temas que le fascinan, que naturalmente despiertan su curiosidad.

Seguramente, el niño se siente libre de investigar a su ritmo acerca de estos asuntos y de hacerlo de diversas formas: libros, películas, juguetes. La emoción suscitada y la implicación del niño en el aprendizaje hacen que este se consolide de una forma mucho más firme. 

Lo mismo ocurre cuando llevamos a los más pequeños a un museo o cualquier otro espacio en el que puedan informarse de manera distendida y en un ambiente emocional positivo. Probablemente, recordarán esa información durante un largo tiempo porque las circunstancias que rodearon al aprendizaje incluyeron emociones de alegría, entusiasmo y diversión. 

¿Qué ocurre en el aula?

Estas premisas no solo son válidas para la vida cotidiana; al contrario, en el aula toman mucha más relevancia. Cuando el profesor se preocupa por despertar la motivación de los alumnos, la enseñanza se produce de una forma mucho más fluida que cuando únicamente se solicita al niño que escuche en silencio.

Igualmente, si la relación con los compañeros es buena y el ambiente de la clase es emocionalmente positivo, los pequeños acudirán con una mejor predisposición a aprender. Pero no solo eso, pues las emociones positivas que se generan en la interacción con los compañeros ayudará a consolidar los datos en su memoria.

Por el contrario, cuando el niño percibe el espacio educativo como agresivo o estresante, su aprendizaje se verá enormemente dificultado. La actitud que se generará ante el colegio será totalmente negativa, pero, además, hemos de saber que el estrés afecta negativamente a la comunicación entre neuronas. Por tanto, lo que se aprenda en un ambiente generador de estrés será fácilmente olvidado.Profesora con sus alumnos llevando a cabo una educación en la que las emociones en el aprendizaje son muy importantes.

¿Cómo aprovechar las emociones en el aprendizaje?

Conocer esta información puede resultarnos muy útil para promover aprendizajes significativos tanto en el aula como en la vida cotidiana. Algunas de las pautas que podemos seguir son:

  • Despertar la motivación y la curiosidad natural del niño por aprender. Presentar los temas de manera interesante y sugerente.
  • Procurar que el ambiente de aprendizaje se asocie con emociones positivas. Para ello, hemos de fomentar la solidaridad y la cooperación entre compañeros y reforzar positivamente cada avance del niño en la materia (no únicamente con una nota, sino con reconocimiento y refuerzo social).
  • Planificar tareas en las que los pequeños puedan aprender implicándose. Toda la información que elaboramos, de alguna manera, se recuerda más fácilmente que aquella que nos hacen llegar de manera pasiva. Una buena manera de fomentar eso puede ser asignar un tema a cada niño para que lo estudie y se lo cuente a sus compañeros.
  • Utilizar actividades diversas y variadas que generen entusiasmo, sorpresa o diversión. Huyamos de las rutinas y la pasividad. La novedad de ambientes, estímulos y tareas fomenta una enseñanza eficaz.

En definitiva, coloquemos a los niños en el centro de su proceso de aprendizaje. Dejemos de verlos como seres pasivos e impliquémoslos en tareas de exploración del medio que despierten su interés. Fomentemos las relaciones sociales y la colaboración entre compañeros y, sobre todo, procuremos que el aula y el hogar sean espacios generadores de emociones positivas.