¿Importa la manera en la que hablas a tu hijo?

¿Importa la manera en la que hablamos a nuestros hijos? La respuesta es un sí rotundo. Del mismo modo, la forma en la que les escuchamos también es esencial. Tanto hablarles y escucharles de la manera adecuada es totalmente indispensable para que ellos hagan lo mismo y la comunicación sea fluida y enriquecedora.

No obstante, para lograr hacerlo debemos de alcanzar ciertas habilidades, lo que requiere de disposición y de un compromiso por hacer las cosas bien. Así teniendo en cuenta este punto, vamos a repasar algunos aspectos en los que habitualmente los padres fallamos cuando intentamos comunicarnos con nuestros hijos.

Madre e hija conversando

1.Cómo hablar para facilitar la expresión de los sentimientos

Hay una relación directa entre cómo se siente un niño y cómo se comporta. Así que la regla es sencilla, si un niño se siente bien, se comporta bien. Y nosotros podemos ayudarle a conseguirlo. ¿Cómo? Aceptando sus sentimientos y evitando decirles cosas como:

-No estás cansado, solo tienes un poco de sueño.

-No tienes razones para estar tan alterado.

-No tienes calor, no te quites el jersey.

Visto así suena duro, ¿verdad? Imaginémonos lo que puede suponer para nosotros que constantemente nos nieguen nuestros sentimientos; probablemente dejaríamos de confiar en nuestra capacidad de sentir y de expresar.

Por eso es importante que sintonicemos con nuestros niños y nos demos cuenta de que lo correcto es que les digamos “así que estás cansado a pesar de que te has echado una buena siesta”, “vaya, veo que hoy has tenido un día agitado”, “yo tengo frío pero ya veo que para ti hace calor”.

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Es decir, debemos desarrollar la capacidad empática con nuestros niños, permitirles expresarle y validar sus sentimientos y emociones ante un oído atento. Esto les ayudará a sentirse comprendidos y mucho menos confundidos.

2-Las alabanzas, otra asignatura pendiente

Generalmente nos deshacemos en alabanzas hacia nuestros niños sin darnos cuenta de que estamos fomentando un diálogo interno poco saludables. Es decir, ¿cómo pretendemos que los niños no se llamen tontos cuando hacen algo mal si cuando lo hacen bien les decimos que son los más listos del mundo?

Así, en vez de exagerar y decir cosas como “lo has hecho genial, eres el mejor”, debemos describir lo que nos inspira a través de frases como: “Se nota que te has esforzado muchísimo para hacer esto, me siento muy orgullosa”.

Besos de cariño y una mamá a su hija

3.Cuando queremos obtener cooperación

No consiste en que nuestros niños piensen que somos sus enemigos porque les obligamos constantemente a hacer cosas que no quieren hacer o les prohibimos hacer lo que quieren. O sea, si atendemos a nuestro discurso es habitual que este sea del tipo:

-No tires eso.

-No comas con los dedos.

-No juegues con el agua.

-Haz la tarea.

-Lávate las manos ahora mismo.

-Deja de jugar y vamos a la cama.

La actitud de los niños acaba convirtiéndose en un desafío constante de “haré lo que quiera” a “harás lo que yo te diga”. Para cambiar esto debemos atender a nuestro discurso, dejar de culpar y acusar al niño porque ha dejado las marcas de sus dedos en el cristal o evitar el uso de calificativos con expresiones del tipo “eres malo”, “eres bueno” y demás.

El niño debe entender que a veces nos comportamos mejor o peor, pero que eso no nos define. Un niño no se siente bien al oír amenazas, órdenes, juicios o advertencias. De hecho, para los adultos resulta muy hostil recibir verbalizaciones de ese tipo.

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En cambio, si queremos obtener cooperación y hacerle entender al niño que lo puede hacer mejor y las razones de esto, podemos hacer lo siguiente:

Describir lo que se ve o el problema que hay. (En vez de “Cuántas veces tengo que decirte que apagues la luz del baño” es mejor que digamos “La luz del baño está encendida”).

Darle información específica sobre lo que acontece. (En vez de “¿Quién tomó leche y dejó la botella afuera?” es mejor que digamos “La leche fuera de la nevera se pone mala”).

Pedírselo con pocas palabras; o sea, de manera simple, concisa y positiva. (En vez de “Deja de jugar y vete a dormir”, sería algo así como “María, el pijama”).

Hablar de los sentimientos y, si es necesario, escribir una nota. (En vez “Eres de lo más molesto que hay”, es mejor decirles “No me gusta que me griten para pedirme las cosas”).

Si hablamos a los niños desde el afecto y nos esforzamos por mantener una comunicación más comprensiva con ellos y menos hostil, probablemente obtendremos un crecimiento positivo con un diálogo enriquecedor que nos permitirá hablarnos y escucharnos correctamente.

Lectura recomendada: “Cómo hablar para que los niños escuchen y cómo escuchar para que los niños hablen” de Elaine MazlishAdele Faber.

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