Mi hijo: Mi mayor obra de arte

Macarena · 18 octubre, 2016

“Mi hijo es mi mayor obra de arte”, puede leerse entre líneas en reuniones de madres, salas de espera de hospitales y clubes de barrio. En cualquier frase que una mamá diga, resultará más que evidente este trasfondo.

Y no es para menos. Pues teniendo destrezas artísticas o no, no puede haber obra de arte o creación que supere a aquella que supone nada menos que el milagro de la vida. Nueve meses de creación, varios años de formación y, ¡voilá, la obra maestra de cada pareja!

Mi hijo, toda una obra de arte

Resulta completamente válido este pensamiento si consideramos que, durante la gestación, la madre comienza a conectar con el bebé. Ese pequeño, que forma parte de su propio cuerpo, esa vida escindida o desdoblada, entiende más que nadie nuestro ser en tanto que formó parte de él.

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Conoce nuestro dolor, ya que escuchó desde adentro el latido de nuestro propio corazón. Fundamentalmente conoce como nadie nuestra fuerza, ya que escuchó cada suspiro de cansancio seguido por la inspiración que nos impulsa a alcanzar cada meta. Nos sintió luchar por lo que creíamos imposible.

Y así, con todo este conocimiento -que no es poco-, llegan armados y protegidos a esta vida. Por más indefenso que lo veas, ya conserva dentro de su pequeña y enternecedora coraza los secretos de la vida. “Mi hijo es mi mayor obra de arte” dado que es capaz de transportarme.

Allí se hace presente su fuerza, poder o don sobrenatural de llevarnos al pasado viviendo el presente pero considerando el futuro. Un pequeño sol, tres tiempos presentes materializándose en un mismo acto de amor: la maternidad.

La ternura y la inocencia, dos estados que nos transmite su infancia. La paz que ofrece a nuestra ruidosa y atrajeada rutina cotidiana supera la perfección ostentada por cualquier obra de arte. Sus ocurrencias y su sonrisa, un misterio capaz de superar la sonrisa de la Mona Lisa.

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Mi hijo supera cualquier obra de arte

El olor a vida de su piel, la frescura de sus travesuras y todo lo que puede transmitir su mirada supera cualquier obra de arte. Ver crecer al niño puede atrapar aún más que los sugestivos y coloridos cuadros de Frida Kahlo.

Verlo atravesar conflictos, desilusionado o frustrado tiene mayor capacidad de angustia que cualquier fresco de Van Gogh o Munch. Ver sus diferentes facetas y comportamientos, en público y en casa, es como observar una obra cubista de Picasso.

Con la llegada de un hijo, la concepción de lo sublime y lo supremo varía considerablemente. Ya no hay museo capaz de albergar tanta magia junta. No hay obra de arte que se compare con aquella que sea una verdad en sí misma. Que exprese tanto y haga sentir aún más.

Es imposible no sucumbir ante todo lo que la infancia de un pequeño tiene para ofrecer. “Mi hijo es mi mejor obra de arte”, se aprecia -latente- en el ámbito de lo no dicho. Típico de toda madre embelesada con ese ser que se convirtió, a su vez, en maestro de la vida.

Se trata de dejarse llevar por la obra de arte. Y qué mejor que un beso, caricia o un simple “Mami te amo” para morir lentamente con ese ser. El fruto del amor capaz de robar tantos suspiros y de encarnar tantos sueños e ilusiones compartidos.

Detente a apreciar su belleza. Observa sus detalles: todo lo bello que tiene para ofrecer. Siéntete bendecida por cada virtud y acepta sus pequeños defectos. Deja deleitarte por su belleza y cautivarte por su gracia natural. Descubre en ese pequeño ser el verdadero sentido de la inmensidad de un amor sin límites.