Entiendo que la vida es bella

Maite Córdova · 14 noviembre, 2016
Te presentamos una reflexión acerca de la importancia de saborear los momentos de dicha, aún en la adversidad.

Siempre me he preguntado qué significaba realmente aquella frase que tanto me decía mi mamá: la vida es bella.

Una vez se la escuché decir a los once años, mientras jugaba con mi hermana menor en un jardín lleno de trinitarias.

También se la escuché decir cuando tenía 24 años, una tarde de primeros de diciembre, en la que reíamos todos en casa, sin haber ocasión especial alguna.

Muchas veces más he escuchado decir a mi madre que la vida es bella y, a pesar de que siempre me alegra oírla, aún me pregunto cómo es que mi mamá es capaz de articular esa frase con tanta dicha. 

Érase una vez en Venezuela

Mi mamá siempre se ha caracterizado por ser una persona llena de vitalidad. A veces, parecía tener incluso más energía, más fuerza y hasta más impulso que la vida misma.

A diferencia de mí, mi mamá nunca ha tenido miedo en expresar en voz alta su vivacidad. Esto siempre me ha parecido extraordinario.

Cada vez que se acerca el mes de diciembre, en el hemisferio del sur el cielo se vuelve aún más azul, sin nubes que dejen mácula en él. A mi madre, este es el cielo que la cautiva; con su sol radiante, esplendoroso.

El sol que la renueva, levanta, y hace que sus pies bailen ligeros, incluso al caminar.

Cuando llega diciembre, me he dado cuenta de que también suelen haber muchas dificultades, momentos difíciles y procesos dolorosos. Con el paso de los años, el júbilo de mi madre se resentía a veces, y por lo tanto, mermaron las veces en las que la escuché decir: la vida es bella.

¿Qué me hizo entender que la vida es bella?

A los 24, me hice un esguince en el pie izquierdo y terminé con una escayola en la pierna.

El médico me dijo que tendría que pasar un mes con la pierna inmovilizada y me recomendó que me hiciese con un par de muletas o una silla de ruedas. Al final prescindí de ambas cosas y acabé utilizando la típica silla de escritorio con ruedas para desplazarme por la casa.

Médico colocando una escayola en la pierna de una mujer.

En ese entonces, el país, mi familia y yo atravesábamos tiempos muy difíciles. Tiempos en los que sucedieron cosas que sabemos muy bien que nadie sería capaz de creer del todo, ni aún viéndolas con sus propios ojos.

En los momentos en los que creíamos que la situación no podía ser más difícil, mirábamos a nuestro alrededor y nos dábamos cuenta de lo fuerte que era nuestro lazo. No solo entre mi madre y yo, sino entre todos en mi familia.

El poder sanador de la risa

Lo más bonito de todo, es que, de una forma u otra, terminábamos riendo.

Reírnos en medio de la adversidad nos daba fuerzas y nos permitía volver a sentir el calor del sol del cielo de diciembre sobre nosotros.

Entonces no lo decíamos, pero sí sentíamos que la vida era bella. Aún cuando las circunstancias fuesen duras y surgiesen sube-y-bajas emocionales cada dos por tres; a pesar de que creíamos que ya no teníamos fuerzas para continuar.

Un buen día, a la hora del café de aquel diciembre, escuché voces en la cocina. No sé muy bien por qué, pero quise averiguar qué sucedía.

En ese momento, procuré alcanzar la silla de ruedas del escritorio y cuando lo conseguí, me senté en ella y rodé muy despacio por el pasillo hacia la cocina. Recuerdo que levantaba un poco más la escayola para balancear el peso y procurar avanzar con mayor sigilo.

Mientras atravesaba el pasillo, escuché risas que provenían de la cocina. Yo conocía muy bien aquel tipo de risa: la que se escapa de las manos, a pesar de la impotencia, la tristeza y la incertidumbre.

La misma risa que también sabía revelarse contra todo eso, ascendiendo por la garganta desde muy dentro, como una sustancia efervescente, para devolvernos la luz.

El cielo decembrino de Caracas, en el hemisferio sur.

Me acuerdo muy bien de todo y al mismo tiempo solo recuerdo cómo, poco a poco, cayó la noche y esta nos encontró riéndonos juntos.

La magia de aquel instante

El sol descendió con el paso de las horas, el cielo se coloreó con pasteles y, en un momento, mi hermana empezó a llorar de la risa y dijo: ¡la vida es bella!

De pronto, mi madre soltó una carcajada y dijo: sí, lo es. Mi abuela y yo también reíamos y, por alguna razón, aquello quedó grabado en mi memoria para siempre.

Cada vez que surge una dificultad, recuerdo aquel momento en el que mis seres queridos fueron capaces de reír tanto que les dolieron las mejillas. Entonces, vuelvo a reír, esté donde esté y me levanto más ligera.

Aquel día, en el umbral del pasillo, con una escayola en la pierna izquierda no supe sino que palpé lo bella que era la vida y entendí, que esto solamente se puede hacer cuando el panorama es tal, que no queda más reír.

Reír para soltar lo malo, crecer, abrazarnos y fortalecernos.