¿Cómo alguien tan pequeño puede hacernos sentir algo tan grande?

Aún no lo podías ver ni tocar y ya lo querías, lo adorabas e incluso soñabas con él. Aún no ha dicho su primera palabra, solo duerme y se alimenta, pero aun así, es ya para vosotros es el ser más hermoso y perfecto del mundo. ¿Cómo alguien tan pequeño y tan frágil es capaz de haceros sentir algo tan inmenso?

Esa, es sin duda una de las grandes cuestiones para las cuales no sirven las explicaciones, ni los libros ni las más avezadas teorías sobre crianza. A los hijos se les ama, y no importa que no hayan crecido en tu vientre, no importa que no lleven tu código genético, a los niños se les quiere porque son parte de nosotros, son hijos del corazón y eso, es algo que una madre y un padre entienden bien.

Por otro lado, no falta quien nos recuerda que todo ese festival de sensaciones, de ilusiones y también de preocupaciones constantes alrededor de esa pequeña criatura perfecta, es el claro resultado de una serie de procesos biológicos regulados por la oxitocina, la llamada hormona de la maternidad, el afecto y la necesidad de cuidado hacia los más pequeños.

Sin embargo, cuando hablamos de ese amor eterno para el cual no existen excusas, rendiciones o defectos, las explicaciones biológicas carecen de sentido. A los hijos se les quiere de la misma forma que respiramos. Son parte de nosotros, son la mitad de nuestro corazón y el cordón umbilical que siempre nos unirá a ese niño o niña perfecta que para nosotros, es nuestro universo y ese planeta sobre el cual orbitar de por vida de forma respetuosa.

Sentir en nuestros brazos a esa nueva vida

En la mayoría de espacios sobre maternidad suele dejarse muchas veces de lado ese lazo mágico, férreo y esencial del recién nacido con el padre. Aún más, en ocasiones se nos olvida que eso de tener hijos es también cosa de dos, y que lo que unos padres pueden llegar a sentir en conjunto al sentir esa nueva vida es algo inolvidable a la vez que trascendente.

Lo que sentimos es también resultado de una historia

Tener un hijo es el resultado de un proceso que nos identifica y nos define. Cuando una mujer está en una sala de parto, vive sin duda el momento más especial de su vida, sin embargo, lo que hay detrás de ella conforma a su vez un legado único que define al padre, a la madre y más tarde, al propio niño.

  • Es muy posible, por ejemplo, que esa pareja haya tenido dificultades a la hora de ser padres. El modo en que sienten la llegada de ese bebé, es algo muy intenso, desbordante y significativo.
  • Por otro lado, tampoco podemos olvidar que cada día nacen muchos bebés “arcoiris. En la historia personal de esos padres se halla un niño estrella que recordarán siempre, pero que a su vez, les hace sentir ese nacimiento de un modo distinto. Más intenso.
  • A su vez, otra de las historias que define muchas veces a unos padres es la llegada de un bebé prematuro. Las emociones, los miedos, el sufrimiento en ocasiones inscrito en esa pequeñísima criatura que lucha por su vida, hace que estén casi obligados a sentir sensaciones muy complejas, ahí donde el temor y la esperanza bailan por igual en sus corazones.

Tan pequeño y ya sentía tu luz en mi interior

El movimiento fetal se percibe entre la séptima y octava semana de embarazo. No obstante, las mamás más experimentadas son capaces de identificar los movimiento del embrión mucho antes. En cuanto eso sucede, algo en la mamá se enciende, se ilumina, se despierta…

Es el momento en que se es plenamente consciente de que esa vida ya está ahí, casi sin saber cómo, un amor intenso, infinito e inconmensurable se apodera de nosotros sin que podamos ni queramos controlarlo.

Simplemente, nos dejamos llevar. Mes a mes esperamos sentirlo mucho más, soñamos con su rostro, con su voz e imaginamos con papá cómo será el sonido de su sonrisa o a quién se parecerá.

Por otro lado, también los papás que han elegido la adopción como respuesta a su deseo, sueñan con ese niño que dentro de nada será parte de ellos. También de esa forma se siente el proceso, se sueña, se imagina y se proyecta con la misma intensidad y la misma trascendencia.

Una vez tenemos con nosotros a esa persona especial, no podemos más que abrazarlo con delicada fuerza y hacerlo nuestro. Sentir su esencia, la fuerza de su corazón, la calidez de su piel y esa necesidad que tiene por nosotros. Porque esa mamá y ese papá tienen ahora por delante la labor más importante de su vida.

Sentir es vivir. Sentir es experimentar la felicidad y hacer que crezca mientras compartimos, mientras acariciamos, soñamos y hacemos que esa pequeña vida camine día a día en armonía junto a nosotros.

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