¿Por qué un bebé no puede ser hiperactivo?

Si crees que tu bebé es hiperactivo, no te apresures a diagnosticarlo. Te explicamos cómo su momento evolutivo puede explicar esos comportamientos que te preocupan.
¿Por qué un bebé no puede ser hiperactivo?
Elena Sanz Martín

Escrito y verificado por la psicóloga Elena Sanz Martín.

Última actualización: 01 febrero, 2022

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) ha cobrado un gran auge en los últimos tiempos. Hoy en día todos conocemos, al menos a grandes rasgos, cuáles son sus síntomas. Incluso, los diagnósticos clínicos en los niños están en alza. Todo esto lleva a los padres a preocuparse ante el más mínimo signo que perciben en sus hijos, aunque se trate de bebés pequeños. Sin embargo, es necesario saber que un bebé no puede ser diagnosticado como hiperactivo.

Es cierto que cualquier progenitor de un niño con TDAH puede confirmar que los primeros signos ya estaban presentes durante la etapa preescolar. No obstante, los expertos y los principales manuales de psiquiatría sitúan la edad mínima para el diagnóstico en los 7 años. Antes de este momento, se considera que el infante todavía está en pleno proceso de adquisición de sus habilidades sociales y de autocontrol.

¿Por qué un bebé puede parecer hiperactivo?

Existen diversos signos y comportamientos que pueden llevar a los padres a pensar que su bebé es hiperactivo. Entre los más frecuentes, destacamos a los siguientes:

  • El bebé llora frecuentemente o experimenta muchas rabietas.
  • Se muestra inquieto y movedizo. No permanece sentado en la sillita durante mucho tiempo.
  • No juega solo, reclama constantemente la atención y la estimulación de los adultos.
  • Se muestra desobediente y desafiante la mayor parte del día.
  • Necesita cambiar de actividad con frecuencia y pierde el interés con facilidad.
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La energía de los bebés se debe a múltiples razones

Como hemos comentado, no es posible diagnosticar a un niño tan pequeño con un trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Generalmente, las causas de esa inquietud y aparente impulsividad son propias de su etapa de desarrollo o de su rasgo de la personalidad.

A continuación, te contaremos estos puntos en detalle. ¡No dejes de leer!

Desarrollo cognitivo infantil

En primer lugar, es importante remarcar que las habilidades cognitivas de los niños aún están en desarrollo. Por ejemplo, la atención de un bebé es muy limitada y todavía no sabe dirigirla a voluntad ni sostenerla por largos períodos. Así, es normal que desee cambiar de juego o de actividad con relativa rapidez y que se distraiga ante cualquier estímulo externo llamativo.

Por otro lado, el control de impulsos está todavía muy inmaduro. Por lo mismo, tu bebé puede actuar de forma temeraria e irreflexiva o no acatar tus directrices a la primera. Esto es natural y no debes exigirle más de lo que corresponde a su etapa del desarrollo.

Temperamento explorador

Pese a tener la misma edad, no todos los infantes se comportan de la misma manera. Hay bebés tranquilos y cautos y otros llenos de energía, que no parecen conocer la prudencia. Esto es normal y ninguno de los dos casos es preferible al otro, pues no constituyen un problema ni un trastorno en sí mismos.

Estas diferencias se deben al temperamento infantil. Algunos niños nacen con lo que se conoce como temperamento explorador y son tendentes a explorar el entorno por naturaleza. Se los ve activos, dinámicos e intrépidos. En contraparte, los bebés con temperamento inhibido son más temerosos, más pasivos y apegados a sus figuras de cuidado. Pero ambos pueden ser perfectamente sanos.

Bebés de alta demanda

Otra situación muy frecuente que confunde a los padres con la hiperactividad es el niño de alta demanda.

Estos pequeños presentan unas características difíciles de pasar por alto: lloran mucho, tienen dificultades para dormir y se despiertan con frecuencia. También, suelen ser malos comedores y exigen mucha atención de parte de los adultos.

Los padres sienten que apenas pueden despegarse de su hijo y que pocos de sus intentos por calmarlo o entretenerlo son suficientes. En general, los progenitores están agotados y confundidos, pero la realidad es que no hay nada malo con su bebé.

Falta de recursos y herramientas personales

Cuando el niño se acerca a los dos años las rabietas son frecuentes y pueden manifestarse a través de arrebatos de ira, llanto, negación y desobediencia. Aunque aparecen en la mayoría de los infantes, en algunos pequeños son más llamativas y continuas que en otros. Y en general, esto se debe a la falta de recursos del niño para lidiar con sus emociones.

Tolerar la frustración no es sencillo y al recibir una negativa se puede desencadenar la rabia o la tristeza. Aprender a canalizar las emociones lleva su tiempo, así que si aún no has trabajado la inteligencia emocional con tu pequeño y no le has aportando los recursos necesarios, hazlo cuanto antes.

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Signos tempranos de hiperactividad

Las anteriores suelen ser las circunstancias más comunes que explican este tipo de actitudes y de comportamientos de los niños. Sin embargo, y aunque un bebé no pueda recibir el diagnóstico de hiperactivo, puede empezar a manifestar algunos signos de este trastorno desde edades tempranas.

No es apropiado etiquetarlo de forma prematura, pero hemos de estar alerta ante la aparición de algunos de los siguientes indicios y de su evolución:

  • El niño es muy distraído, suele perder sus cosas con facilidad y le cuesta poner atención a las indicaciones.
  • Se muestra inquieto y agitado, le cuesta mantenerse quieto y esperar su turno.
  • Es caprichoso y no tolera la frustración.
  • Actúa de forma impulsiva y puede cometer múltiples errores por su falta de planificación y cuidado en lo que hace.
  • No acepta órdenes, puede adoptar una actitud rebelde y tener explosiones de ira.
  • Actúa de forma egoísta, entrometida y acaparadora.
  • Estas tendencias le causan malestar o dificultan el funcionamiento diario en la familia, en la escuela o con los iguales.

Si se detectan estas señales, es conveniente buscar una opinión profesional y hacer un seguimiento del pequeño. Pues si este trastorno no se identifica a tiempo, las consecuencias emocionales y sociales para el niño pueden ser severas. Por ejemplo, fracasos en la esfera académica, en las relaciones familiares y en la interacción con los compañeros.

No obstante, si tu hijo aún es un bebé ¡no te apresures ni te precipites! Permite que siga su ritmo, respeta sus tiempos y su evolución. Aún está en pleno proceso madurativo y tiene mucho por aprender. Lo más probable es que lo que hoy te preocupa, termine convirtiéndose en una simple anécdota.

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