¿Saturamos a los niños con actividades?

Adrianazul 28 diciembre, 2015

Hay padres que planifican la rutina de su hijo de manera estricta, ponen todo su empeño para que sea el mejor en toda actividad que emprenda, lo cual no está mal. El detalle es que este estilo de vida puede significar que estamos saturando al niño con múltiples actividades, tanto así que no los dejamos ser niños, no los dejamos jugar.

Quizás esta es una época complicada, los niños son tan inteligentes que nos sorprenden con sus razonamientos y habilidades. A veces son tan precoces que olvidamos que son niños, y les pedimos –o exigimos– que tengan una rutina tanto o más estresante que la nuestra, no los dejamos jugar, no les dejamos ratos de ocio ni asimilar las actividades.

Sí, es verdad todos los padres queremos que nuestros hijos tengan una mejor vida que la nuestra. Queremos que aprovechen el tiempo y las oportunidades y que estén preparados ante cualquier eventualidad o circunstancia; eso no está mal es solo que no les dejamos tiempo para ser niños.

Y ser niños es lo más importante de esa etapa, es bueno que tengan oportunidad de experimentar, de descubrir y de jugar a sus anchas porque a través del juego con sus pares aprenden habilidades necesarias para el resto de su vida.

Recuerda que no solo es fundamental que aprenda a hablar varios idiomas a ejecutar un instrumento musical, a practicar un deporte, también es vital que madure emocionalmente.

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Déjalo jugar

Hay estudios que analizan la capacidad que tiene el juego creativo para disminuir el estrés del niño. En un artículo publicado en el Journal of Child Psychology en 1984, se evaluó a niños de 3 a 4 años de edad en su primer día de guardería.

A la llegada se les medía el nivel de estrés mediante la observación y con algunas pruebas objetivas. Se les dividió en varios grupos y se probaron distintas estrategias para afrontar los primeros minutos en la guardería separados de sus madres; de esta manera, a uno de los grupos se le sentó en clase con la maestra y se le contó un cuento, y al otro grupo se le permitió el mismo tiempo de juego creativo, en solitario o en parejas.

Transcurridos quince minutos, se volvió a valorar la cantidad de estrés que presentaban. En la gran mayoría de niños disminuyó la ansiedad y el estrés, si bien los que habían estado en el grupo del juego libre lo habían hecho en más del doble que los del otro grupo.

“Estos datos apuntan a que el juego permite fantasear e incluso integrar situaciones extrañas o difíciles, lo que nos ayuda a afrontarlas con más garantías. Ya sabemos cómo el estrés en los niños, y en los adultos, favorece la aparición de problemas de convivencia. Si quiere menos problemas, déjeles jugar”, concluye la investigación.

La psicóloga Rosa Jove también recomienda que dejes jugar a tu hijo con las cosas de casa. Explica que una de las características del juego creativo e imaginativo es que es muy eficaz si se realiza con objetos de uso cotidiano.

El juego creativo es altamente valioso, tanto por lo que contribuye a que el niño adquiera habilidades sociales, pensamiento creativo, capacidad de resolución de problemas, imaginación, intuición y tantas otras cosas beneficiosas, como por lo que tiene de antiestresante y de válvula para descargar energía.

Me and my Kids

Sin saturar

La idea no es censurar las actividades extra cátedra, sino controlarlas. Para los padres es fascinante saber que su hijo es el mejor, el campeón, quien aprende a hablar más rápido y con una clara dicción, el que aprende más idiomas.

“Mi hija es la mejor bailarina en el recital, la voz más dulce al cantar, disfrutamos que escriba poesía, haga deporte, gane medallas”, ejemplifica Claudia Cuyún, psicóloga familiar, quien explica que las motivaciones de las actividades no deben estar dirigidas a enaltecer el ego de los padres sino a desarrollar destrezas en los niños.

Para ello la especialista recomienda que estés atenta, pues los niños tienen períodos sensitivos de desarrollo que nos muestran la edad específica en la cual están predispuestos para aprender cierta destreza.

Por ejemplo, un niño de entre 1 y 4 años puede aprender idiomas con más facilidad que uno de 10 años. El de 10 años lo puede hacer, pero tiene que poner mucho más esfuerzo y voluntad para que el proceso se desarrolle.

Un niño de 4 años, en cambio, está apto en ese momento para fluir en los idiomas.

Seguramente te preguntas, cuál es la fórmula para medir cuánto tiempo dejas jugar a tu hijo y cuánto tiempo debe dedicar a tareas extra cátedra. Esta respuesta la encontrarás en tu hijo, en lo que él te diga, lo mejor es preguntarle y de acuerdo a ello ir midiendo.

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