Soy mujer, soy mamá y aunque no soy perfecta sé cuáles son mis prioridades

Valeria · 19 julio, 2017

La sociedad se encarga siempre de poner diversos términos sobre nosotros casi desde que llegamos al mundo: somos hijas, hermanas, la pareja perfecta, amigas, somos trabajadoras, somos fuertes, somos hermosas, valientes y a veces hasta vulnerables.

Ser mujer implica tener que escuchar las más variadas etiquetas, los más variados términos, pero el que cuenta, el que más vale es aquel con el que una misma se define.

“Soy madre”. Este es sin duda la definición que más orgullo nos produce, sin embargo lo expresamos y lo sentimos también con una pincelada de adecuada humildad, por una razón muy sencilla: sabemos que no somos perfectas.

La maternidad es un proceso de crecimiento continuo donde nunca dejamos de aprender, donde una debe asumir ciertos errores para corregirlos, donde siempre somos receptivas a las necesidades de nuestros hijos.

Me gustaría ser la madre ideal, pero estoy demasiado ocupada criando a mis hijos

-Jane Sellman-

Somos, además, mujeres que han aprendido a amarse a sí mismas. Somos madres que tienen muy claras sus prioridades porque hemos pasado por una serie de situaciones, momentos y dificultades de las que obtener una reflexión y una enseñanza. Todo ello nos confiere una mochila excepcional, valor añadido que no se ve pero que se siente. Que una misma percibe.

Con todo esto queremos dejar claro algo muy sencillo: más allá de lo que la sociedad diga de las mujeres, de las etiquetas que gusten colocarnos en cada momento, solo hay una opinión que vale: la nuestra.

No eres perfecta, pero eres IMPORTANTE

mujer con flor en el pelo tras la luna

Decía Carl Gustav Jung en sus trabajos que todos los seres humanos nacemos con una capacidad innata para reconocer a nuestra madre. Lo que esperamos encontrar en ella no es solo alimento, es protección, afecto y cuidado.

Jung definía este instinto natural como parte de nuestro inconsciente colectivo, como un aprendizaje que todos compartimos como especie y que hace que nada más llegar al mundo busquemos esta figura tan significativa.

  • Ahora bien, a pesar de que hasta el momento no se ha podido demostrar científicamente la existencia de este tejido psíquico donde habitan los clásicos arquetipos del psiquiatra suizo y nuestro inconsciente colectivo, lo que sí nos dice la neurociencia es que el bebé tiene la capacidad natural de poder reconocer a su madre y de entender que su supervivencia, depende de ella.
  • Queda claro no obstante que la figura del padre es igual de importante, igual de esencial, pero el cerebro del niño está íntimamente vinculado a la madre, de modo que esas primeras experiencias, esa primera impronta basada en un apego seguro y significativo, garantizará sin duda su adecuado desarrollo, su estabilidad emocional…
mujer abrazando el sol

Así que, no debes dudar ni un momento en tu relevancia como madre. Puedes ser falible en muchos otros aspectos, imperfecta en algún ámbito de tu vida. Sin embargo, para esa pequeña criatura que acaba de nacer, tú lo eres todo. Tú eres su mundo, su sustento, su piel tibia donde sentirse seguro, tú su mejor refugio.

Madres imperfectas que viven en mundos reales

Existe un libro tan entretenido como cierto titulado “La mamá imperfecta: confesiones sinceras de madres que viven en el mundo real”. de Therese J. Borchard.

En él se nos explican anécdotas y situaciones tan complicadas, hilarantes y desesperadas con las que muchas mamás y también papás se verán identificados.

  • Una historia cualquiera que podemos encontrar es la del propio hijo de la autora. Con solo 4 años empujó a otro niño a la Bahía de Chesapeake, en Virginia, Estados Unidos. El otro niño, de 5 años solo quedó empapado, no hubo mayor gravedad. Sin embargo, a partir de ese día, Therese J. Borchard pasó de ser la madre ideal, a la mamá de un “pequeño psicópata”.
  • Así la definieron durante un buen tiempo, hasta que logró recuperar su estatus de buena madre entre la comunidad de preocupados padres, incapaces de comprender el comportamiento puntual e irreflexivo de un niño de cuatro años.

Jamás en la vida encontraréis ternura mejor y más desinteresada que la de vuestra madre

-Honoré de Balzac-

En el libro también se nos habla de la mala conciencia que a veces se tiene por no poder pasar más horas con nuestros hijos, o por qué en ocasiones cedemos a sus chantajes y les compramos aquello que nos piden o les cocinamos alguna noche algo poco saludable que nos piden con insistencia.

mamá tumbada en el sofá con su bebé que representando esos momentos en que más sonrío

Son realidades cotidianas por las que en ocasiones, llegamos a dudar de nosotras mismas, en que nos autopercibimos como malas madres. Cuando en realidad, cada acto, cada cesión, cada preocupación y en esencia, cada cosa que hacemos, responde exclusivamente al amor infinito e inconmensurable que les profesamos. 

Imágenes cortesía de Josephine Wall