La separación de las figuras de apego

Francisco María García 8 enero, 2018
La separación de las figuras de apego es un proceso complicado para algunos niños y, sorpresivamente, también para los adultos. Puede generar consecuencias en el desarrollo y, si se extiende en el tiempo, requerirá de ayuda profesional para ser superado.

El futuro de los hijos dependerá, en gran medida, de los padres. Es una frase común pero acertada. En el momento de la separación de las figuras de apego, lo que se haya hecho en el inicio de la relación afectiva marcará la diferencia.

Si desde que nace la vinculación con sus padres es pródiga en cuidados y afecto, el desarrollo apropiado está garantizado. El niño se convertirá en una persona segura de sí misma, de sus relaciones con los demás y con posibilidades de éxito.

El apego es un vínculo con un cuidador principal, normalmente la madre, que supera cualquier necesidad biológica. Se manifiesta en sonrisas, llanto, contactos y comunicación, entre otras acciones.

Vinculación afectiva y estabilidad

Una relación de apego segura garantiza la estabilidad emocional del niño en su desarrollo. De lo contrario habrá inseguridad, depresión y trastornos de ansiedad que de seguro cobrarán con creces los errores cometidos.

La personalidad de la madre y sus experiencias de vida influirán en cómo ella trate a su hijo. A su vez, el temperamento del niño, fácil o difícil, condicionará la conducta de la progenitora. Las madres independientes y seguras construirán buenos apegos, pero las indecisas, que viven del recuerdo de sus experiencias, lo tendrán más difícil.

Unos vínculos afectivos positivos favorecen el aprendizaje. De los 10 a los 18 meses los niños exploran el mundo. En esa tarea saber que cuentan con alguien que los protege les aporta seguridad.

Aunque se comienza a afianzar a los 2 meses de edad, es a los dos años cuando el vínculo es más fuerte. En ese momento, la separación de las figuras de apego originará protestas.

Esta separación, por ejemplo para ir al trabajo o a la guardería, genera dolor y ansiedad. Si el niño entiende que los padres volverán, comenzará su aprendizaje.

Así, empieza a vincularse con figuras de apego secundarias, como los maestros, y a ser más autónomo. Quiere, entonces, descubrir el nuevo ambiente que lo rodea.

La pérdida de la figura de apego puede generar ansiedad y depresión.

Fases del apego

Las fases del apego son cuatro y se delimitan del siguiente modo:

  • Del nacimiento a los dos meses, cuando el niño acepta a todo aquel que le ofrezca comodidad.
  • De los 2 a los siete meses, no protesta si los padres se van.
  • A partir de los siete y hasta los 30 meses, siente dolor y angustia frente a personas extrañas.
  • En la fase cuatro, a partir de los 30 meses, no se entristece con la partida del cuidador.

Una vez construido, el apego puede ser seguro. Se basa en el afecto de los padres, que responden a las necesidades del niño, quien crece confiado en sí mismo.

“El apego es un vínculo con un cuidador principal, normalmente la madre, que supera cualquier necesidad biológica”

Miedo e inseguridad

En el apego inseguro hay carencias en el cuidado. Por un lado, está el apego evitativo, cuando el niño confía en sí mismo pero no en los demás. En el apego ambivalente, en cambio, el pequeño tiene una idea negativa de él y positiva de los demás.

En el desorganizado, la idea negativa es de todos los que le rodean y de sí mismo. Cuando la separación de las figuras de apego se produce antes de los 6 meses, las consecuencias no son tan graves. El niño puede acostumbrarse a distanciamientos breves y frecuentes.

A partir de los seis meses y hasta los dos años la separación de las figuras de apego de manera prolongada desencadenará problemas.

Una pérdida de la figura de apego puede afectar severamente a la personalidad del niño. Las adopciones o largas hospitalizaciones pueden causar efectos a largo plazo.

La separación de las figuras de apego puede requerir de ayuda psicológica.

Efectos de la separación de las figuras de apego

A corto plazo, la pérdida genera estrés, agitación y depresión. A largo plazo, si el niño no establece nuevas figuras de apego, puede haber retraso intelectual, problemas en las relaciones sociales e incluso mortalidad.

El trastorno de ansiedad por separación de las figuras de apego afecta más a los adultos que a los niños, en una proporción de 7% contra 4%. Es el miedo a alejarse de sus figuras de protección y afecto. Es muy frecuente entre los 1 y 6 años y se expresa en llantos y rabietas.

Cuando ese miedo o ansiedad se mantienen en el tiempo o cuando afectan al adulto, ya hay un problema. Se manifiesta en miedos continuos a estar solos o a salir de la casa, les angustia la muerte de las figuras de apego y sufren pesadillas.

También experimentan dolor de cabeza, de estómago, náuseas y vómitos. Si los síntomas superan las cuatro semanas en niños y adolescentes, o seis en adultos, es recomendable pedir ayuda psicológica.

Las relaciones con los hijos no se construyen en base a lo material. Escucharlos, hablar sobre sus preocupaciones y brindarles tiempo de calidad es vital para construir una sólida relación. Así se evitará que la separación de las figuras de apego sea un trauma insuperable.

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