Enséñale a obedecer la ley del amor

Amanda 7 junio, 2016

Podemos quejarnos de que nuestros niños son traviesos o de que ya no soportan nuestras caricias, pero mientras sean niños están sometidos a una ley inquebrantable, la del amor. Cuando un niño se cría en un ambiente lleno de amor, todas las normas se comprenden mejor y suenan siempre más justas.

Enseñarlos a ser obedientes no es tan solo una cuestión de autoridad sin sentido o imposiciones que a veces ni siquiera podemos explicar. Cuando queremos que los resultados mejoren, es conveniente poner en práctica métodos que sean positivos, que suenen a besos y caricias.

Sabemos que a algunos niños les cuesta adaptarse a ciertas cosas, quizá tengamos que ser fuertes en más de una ocasión, pero esto no implica que haya necesidad de quebrantar nuestra propia ley. Tomemos la decisión de ser amorosos con nuestros hijos en la mayoría de las circunstancias, enseñémosles que el amor todo lo puede y a este estamos sometidos.

Niños comprensivos y bondadosos

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Todo el amor que les damos a los niños los ayuda a ser más fuertes, con menos temores y con más amor para dar.  Lo que queremos lograr en ellos, es que puedan llegar a ser personas más sensibles, que sean capaces de compartir con los demás aquellas bondades que reciben a diario.

Este afecto puede ser transmitido a otras personas, a la naturaleza o los animales. Cuando existe un sentimiento positivo en nosotros, somos capaces de ver con amor todo lo que nos rodea, por eso nos volvemos más comprensivos y también más solidarios.

Cuando enseñamos a obedecer al amor, al mismo tiempo aprendemos de él, por eso, con esta acción podemos conseguir que las siguientes generaciones se armonicen con la misma enseñanza. Recordemos formar a los niños para mirar el futuro con entusiasmo, ganas de ayudar al prójimo y disposición para enfrentar cada reto con energías positivas.

Un mundo lleno de amor

Los recuerdos de la infancia se crean cada día, cada minuto, mientras nos lees, tus hijos están creando lo que serán sus memorias. Recordarán a una madre con virtudes y defectos, una familia singular; pero son los recuerdos positivos los que perduran y los que queremos que sean imborrables.

Poder traer a nuestra memoria un recuerdo amoroso de la infancia es poder ver el mundo con mejores ojos, nos permite procurar que nuestros hijos sean criados tal como fuimos criados nosotros. Llenemos de sonrisas y afecto cada espacio de sus vidas, para que conozcan un mundo diferente.

Es normal que en ocasiones nos despreocupemos de manifestar abiertamente nuestros sentimientos, quizá damos por hecho que ellos saben que son queridos. Es recomendable decirles cuánto amor sentimos por ellos y cuanto más estamos dispuestos a recibir.

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Amor de todos los tipos

El afecto con que infundimos respeto y conseguimos obediencia, abarca muchos elementos de la formación. Así como es oportuno para la unión familiar, también es extensivo a otros factores de la vida; le brinda al niño más oportunidades de hacer buenos amigos, le abre muchas puertas a nivel personal y fortalece su autoestima.

Sentirnos queridos permite reforzar el amor propio, brinda seguridad y nos forma para integrarnos a la sociedad. En consecuencia, un niño seguro del amor de sus padres puede tener mejores resultados personales, es capaz de consolidar mejores relaciones y está en ventaja emocional en relación a aquellos a quienes les ha faltado.

Por su lado, la falta de afecto se distingue claramente y en gran medida se convierte en el origen de comportamientos negativos y antivalores como el irrespeto, la desconsideración, envidia y otros sentimientos nocivos. Evitemos en lo posible que nuestros hijos sean víctimas o testigos de la injusticia, la incomprensión y las carencias afectivas.

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