Cómo fomentar una competitividad sana en los niños

13 Octubre, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Elena Sanz Martín
Una sana competitividad motiva a los niños a ponerse a prueba, a superarse y a mejorar cada día. Te contamos cómo inculcar este valor a tus hijos.

Desde que los niños nacen, viven en un mundo competitivo. Las calificaciones escolares, los deportes, los juegos y toda la vida adulta incluyen un componente de comparación con los demás donde unos ganan y otros pierden.

Por ello, fomentar una competitividad sana entre los más pequeños los ayudará a desarrollar una personalidad sana, fuerte y noble, algo que les hará propensos a ser más felices a nivel individual y a gozar de unas relaciones sociales más satisfactorias.

Y es que todos hemos conocido a algún niño excesivamente competitivo y hemos sido testigos de sus conductas y actitudes. Niños que cuando ganan humillan al perdedor y que cuando pierden son presas de la ira. Pequeños con una gran intolerancia a la frustración y una falta de valores básicos tales como el respeto, la humildad y el compañerismo.

Ninguna madre desea eso para su hijo, sin embargo, el extremo opuesto tampoco es alentador. Los niños excesivamente pasivos, carentes de motivación y afán de superación tienen menos posibilidades de alcanzar el éxito en las tareas que emprendan.

Pero, ante todo, es menos probable que desarrollen una confianza en sí mismos y en sus capacidades, algo, sin duda alguna, imprescindible. Así, un término medio será lo más apropiado a la hora de educar.

¿Cómo fomentar una competitividad sana en los niños?

Niño jugando al ajedrez aprendiendo qué es la competitividad sana.

Ponerse a prueba

La parte positiva de la competitividad es que anima a los niños a asumir retos, a intentarlo y a dar lo mejor de sí mismos. Así, con cada triunfo y avance, se va fortaleciendo la autoestima y la confianza en sí mismos, siempre y cuando se les inculque desde casa la idea de que el error forma parte del aprendizaje y que es algo natural.

Aquellos niños a quienes se les exige demasiado terminan viendo cualquier fallo como un fracaso personal. Esto daña enormemente la imagen que tienen de sí mismos y puede llevarles a sufrir sobremanera cuando no logran la perfección. También es posible que comiencen a temer los desafíos, pues fallar no es una opción para ellos y, por ende, es preferible no intentarlo.

Centrarse en el proceso

Por otro lado, es muy importante que les transmitamos a los niños que lo importante es el proceso y no el resultado. No es tan relevante la calificación obtenida como cuánto se haya esforzado estudiando. Del mismo modo que no es tan relevante ganar un partido como haber disfrutado con sus compañeros y haber dado lo mejor de sí.

La clave está en hacerlo siempre lo mejor posible, independientemente de si finalmente se gana o se pierde. De este modo, los niños aprenden a valorar el esfuerzo, la perseverancia y la disciplina. Se inculcan también habilidades como la tolerancia a la frustración y la resiliencia. Aprenden, así ,que su valor no depende de lo que logran, sino de lo que son como personas.

Competir con uno mismo

La mejor enseñanza que podemos poner en práctica si queremos fomentar una competitividad sana es la de que no hay nadie a quien superar más que a uno mismo.

No se trata de ser el mejor de la clase, del equipo o de la familia. No es cuestión de superar en calificaciones a un amigo o dibujar mejor que un hermano. La única persona con la que un niño debe competir finalmente es consigo mismo.

Es decir, el objetivo es ser cada día un poco mejor que el anterior. Esforzarse por superar sus propios límites sin fijarse en qué logran los demás, sin compararse.

Niño ayudando a otro en la pista de atletismo gracias a la competitividad sana.

Fomentar una competitividad sana los prepara para el mundo

En definitiva, el objetivo principal es transmitir una actitud equilibrada. De este modo, los niños serán capaces de celebrar sus propias victorias y alegrarse también por los éxitos ajenos. Esta sana humildad les permitirá no sentirse inferiores ante una derrota pues tendrán claro su valor incondicional.

Serán también capaces de aprender de sus errores, de mejorar cada día y de superar la adversidad con disciplina y perseverancia. Y, por supuesto, podrán cooperar y colaborar sabiendo que finalmente esta siempre es la mejor estrategia.

Fomentar la competitividad sana desde la infancia los ayuda a confiar en sí mismos y a trabajar por sus metas. Pero también les enseña que todos tenemos cualidades y podemos aprender unos de otros.