Amor incondicional y eterno. Amor de madre

Leticia · 8 agosto, 2017

De todos los tipos de amor, quizás sea el de madre el que más potencia tiene. El amor entre madre e hijo surge de forma instantánea como una conexión que une dos cuerpos y dos almas. El amor de una madre es incondicional, es eterno.

Cuando dicen que la naturaleza es sabia se refieren, entre otras cosas, a la unión que se produce entre las madres y los hijos. El instinto de protección de una madre nace en el momento de saberse embarazada, y perdura a lo largo de 9 meses en los que, sin poder ver a su bebé, siente que es el tesoro más preciado del mundo.

Es cierto que los bebés buscan sobrevivir, y es por esto que nacemos dotados de ciertas estrategias o “trucos” que nos ayudan a que los adultos que nos rodean nos quieran proteger y cuidar, como es el caso de la sonrisa social , pero no es del todo así con la relación con la madre. Va más allá del instinto de supervivencia del bebé.

Una sana relación, basada en amor incondicional, en cariño y respeto, ayuda a tener niños felices.

Un niño feliz será un adulto feliz

Hijo y madre forman el vínculo del apego, creando una unión que les marcará a ambos de por vida, superando en impacto a casi cualquier otra experiencia. Es de vital importancia la relación con la figura materna, ya que influye en la forma de relacionarnos con otras personas a lo largo de la vida.

Las madres ofrecen un amor incondicional, que no depende de las circunstancias o de las características del hijo, y es que, como hijos, partimos del amor eterno de nuestras madres, sin que se necesite un período de conquista.

Incondicional 2

No tenemos que ganarnos el amor de una madre, y eso nos aporta una dosis extra de seguridad en nosotros mismos, ya que nos regala esa sensación de que merecemos ser queridos por cómo somos, no por lo que hacemos.

“¿Cómo se puede querer tanto a alguien a quien todavía no conoces, a alguien tan pequeño?” Porque forma parte de una misma, porque llena un espacio antes desconocido y lo inunda de ternura, de fragilidad. Porque cuando se adquiere el rol de madre, se ve una parte de sí misma que está llena de fuerza y que está dispuesta a dejar de lado el resto para ofrecerle todo a su bebé.

Como mecanismo biológico es vital. El bebé no puede valerse por sí mismo, por lo que requiere de un ser adulto que le alimente, le de protección y cuidado hasta que pueda enfrentarse con autonomía a la vida. Pero, ¿esta conexión va más allá? Hay investigaciones que apuestan por cambios reales en los cerebros de las madres a raíz de la maternidad.

Incondicional 3

La mitología y la religión tienen múltiples referencias al amor incondicional de las madres hacia sus hijos, al poder de la maternidad, como el caso de Deméter, diosa de la agricultura en la mitología griega, que debido al secuestro de su hija, Perséfone, dio lugar al mito de los cambios de estación; o el ejemplo de la Virgen María, en la religión católica, que quedó embarazada siendo virgen y vio morir a su hijo en la cruz, y cuya figura vencía al demonio, que no podía mirarle directamente.

Este estrecho vínculo ha sido venerado y reconocido por su incapacidad para ser destruido y por la fortaleza que ofrece a aquellos que lo comparten.

Las madres olvidan voluntariamente que el cordón umbilical se corta en el momento del parto
-Vera Caspar-

 

La protección que nos otorga el amor incondicional ayuda a que crezcamos con una “red de seguridad” emocional, un andamio que sostiene lo que somos, sin cambiarlo, propulsándonos hacia el futuro y dándonos seguridad.