Hablar al bebé vs hablar al niño: diferencias

Marcela · 19 octubre, 2015
Ser responsables de lo que decimos a nuestros hijos es una tarea obligatoria para aquellos que desean que sus criaturas experimenten algún tipo de libertad a la hora de saber definir a ellos mismos y de tomar las decisiones importantes en sus vidas.

Hablar a nuestros hijos y ser responsable de ello es una tarea obligatoria para aquellos que desean que sus criaturas experimenten algún tipo de libertad a la hora de saber definir a ellos mismos y de tomar las decisiones importantes en sus vidas.

Es cierto que todas las personas llevamos encima “el hablar” de nuestros padres hacia nosotros: seguro que mucho nos ha servido para nuestras vidas y otro tanto se nos ha metido por el medio. Por lo tanto, todos deberíamos ser capaces de evaluar el peso de las palabras en nuestras vidas.

Hablar por él

Cuando tenemos nuestro bebé, tan pequeñito y desvalido en brazos, desde el primer día, empezamos a hablarle a él y por él. Es una cosa que las mamás son capaces de hacer.

“Es que tiene frío”; “lo que él quiere es mamar“; “yo quiero estar con papá (dices por él)”. En fin, vamos presuponiendo una cantidad de sensaciones y deseos por parte de nuestro pequeñito, haciendo, de esta forma, que le conozcamos y tengamos la seguridad de que tenemos los recursos para cuidarlo. Literalmente “ponemos palabras en su boca”.

Es un concepto que en psicoanálisis se llama Transitivismo. Es una operación a través de la cual el bebé es convocado/considerado como un pequeño sujeto deseoso de algo que su madre es capaz de saber sin que este le hable.

Veamos. Cuando yo digo que mi hijo llora porque tiene frío y le cubro y le acuno y le canto una canción, le hablo y consigo calmarlo, el motivo de su llanto es realmente el frío. Lo que quiero decir es que lo que pasa a nuestros hijos en el principio de sus vidas es lo que les atribuimos nosotros.

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No hay una verdad de lo que les pasa la cual tenemos que adivinar y como no sabemos, buscamos la respuesta en un libro que nos dice lo que pasa con nuestro bebé en determinada fase y lo que debemos saber.

Como bien dice Carlos González, nunca fue necesario leer libros sobre la infancia para saber lo que hacer con un hijo, y añade: “Si hay duda, mejor consultar a otras mujeres y que cada una hable de su experiencia, que consultar libros.”

Cuando yo aplico algo que está escrito en un libro para cuidar a mi hijo, lo estoy excluyendo como sujeto deseoso. Aplicar una técnica o un consejo es algo que desconoce mi contexto, mi vida, mi papel de madre o de padre.

Por eso, deberíamos buscar la manera en que cuidamos de nuestros hijos dentro de mi contexto personal, mis vivencias, mi historia, mis antepasados.

Aplicar técnicas o recetas leídas en libros a la hora de cuidar de nuestros hijos puede traer serias consecuencias para ellos. Pero esto es tema para otro artículo.

En la medida que va dejando de ser bebé, él va adquiriendo cada vez mas autonomía y va enseñando su manera de hacer las cosas. Algunas cosas ganarán nuestra admiración y otras nuestro rechazo.

Las cosas que rechazamos suelen ser exactamente lo que ellos repiten de nosotros que no nos gusta o sencillamente comportamientos que son característicos de la infancia. Seguramente que si les ponemos atención, sabremos hasta dónde tenemos responsabilidad en la manera de actuar de nuestro hijo.

Cuando les salen estos trazos que a nosotros nos toca la fibra, entonces es ahí donde solemos cometer el error de nombrar sus actitudes: “eres un bruto”; “eres muy impaciente”; “qué rebelde”. Aquí el problema es que utilizamos en demasía el verbo ser en una edad en que las cosas están todas en abierto.

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Tu hijo no es impaciente, es que a los niños les cuesta mucho esperar. Así que una buena cosa es decirles: “pero hijo, tu eres un niño tan paciente, espera que mamá ya vendrá”. Es una manera muy sutil a la hora de evitar las etiquetas, principalmente aquellas que son negativas para el niño.

Educar es una especie de partido de ajedrez, y yo acostumbro a decir que el limite de la educación es la disposición de los padres, sea anímica o física. Puede suceder que un día estemos cansados y digamos la gran tontería a nuestros hijos de la cual nos arrepentiremos.

No se trata de no equivocarse como padres, sino de tener una predisposición generosa (además del amor y el cariño es claro) con la lógica infantil. Tenemos también que bajar a su nivel, de lo contrario podemos cometer demasiadas injusticias.