Fui feliz cuando sentí vida agitándose en mi interior

No hay situación en la vida de una mujer que comporte mayor felicidad, alegría y plenitud que el conocimiento de la llegada de una nueva vida. Es allí donde realmente nace una madre, dentro de la cual surgen sueños y esperanzas que luego impregnan a todo el seno familiar.

“Fui feliz cuando sentí vida agitándose en mi interior”, afirman quienes ya han vivido esta experiencia única e irrepetible. Pues la alegría de toda madre comienza cuando se escucha por primera vez el latido del corazón del bebé o cuando su más suave movimiento se traduce en la más dulce caricia al alma.

Es totalmente erróneo creer que el amor de una mamá se activa cuando tiene a su hijo en brazos, luego de un arduo trabajo de parto en que fue capaz de convertir esas altas cuotas de dolor nada menos que en el más incondicional amor.

La maternidad, un amor a primer sentir

El amor y la felicidad de una madre, ciertamente, se despiertan con toda virulencia desde el momento en que empieza a comprender que su cuerpo se convirtió en fuente de vida; su vientre, en cuna y sus pechos -ahora calientes y más prominentes- en el mejor alimento y vía de contacto con su pequeño.

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Una mujer se sabe madre cuando, en su primera ecografía, no puede contener sus lágrimas de emoción al escuchar el corazón de su niño palpitar aceleradamente, al igual que el de ella misma cuando desborda de alegría por este primer contacto.

Esa mamá es feliz cuando comienza a sentir esas pequeñas y sutiles primeras pataditas en su vientre, las cuales le recuerdan a toda fuerza que ya no estará nunca más sola. Y es ahí donde encuentra su verdad: el milagro de la vida se está produciendo dentro de ella en ese preciso momento.

La maternidad se inicia cuando una mujer descubre que en el plan de esta vida no consiste en ser perfecta, sino en alcanzar la felicidad, ese bien que solo es real y absoluto cuando es compartido con los que amamos. Con tu pareja, con ese pequeño ser que habita dentro de ti.

Conectar con esa vida

Seguramente muchas mujeres no logren comprender cómo se produce una conexión tan fuerte capaz de magnificar cada uno de estos signos, al punto de convertirlos en hitos de la vida de una persona, más precisamente, de una madre.

Sin embargo, quien atravesó esta experiencia entiende que, desde el momento en que descubrimos que seremos madres, se produce un vínculo único y especial entre el bebé y esa ansiosa madre que sueña con el día en que pueda tener en sus brazos a su pequeño solcito.

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No obstante, esa mamá bien sabe que por el momento y durante al menos nueve meses, deberá conformarse con las imágenes que arrojen las radiografías para poder ponerle una carita a su hijo, con sentir esos sutiles movimientos del bebé, los cuales se irán tornando más activos.

De ahí probablemente surja la imperiosa necesidad materna de conectar con esa vida que late dentro de su cuerpo. Por ello, en los momentos de relajación mantendrá contacto mediante suaves caricias a su vientre, un diálogo con un tono sereno y amable con su hijo y hasta incluso alguna canción de cuna.

Sin lugar a dudas, todas estas estrategias no representan ninguna locura ni son en vano. Varias investigaciones científicas comprobaron los efectos positivos de este contacto prenatal de las mujeres con los fetos. Incluso los cuentos y la música tienen efectos realmente sorprendentes.

 Y llega el día en que la vida se escinde…

Y llega el momento en que esa vida decide manifestarse más que nunca. Rompes fuentes y comenzar a sentir los más dulces dolores que anuncian la inminente llegada del niño a este mundo. Es hora de ser fuerte, por vos y, sobre todo, por él. Por la espera y por el más profundo amor.

Atrás quedarán esos días en que sentías y vivías por dos. Atrás quedará incluso aquel sufrimiento que de algún modo representa al parto. El futuro se hace vida ante tus ojos y empiezas a creer en ese amor a primera vista que tanto supiste cuestionar. El mundo cambió con ese primer llanto, tu vida cambió con su primera mirada.

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