Mi amor por ti nació antes de que nacieras

Mi amor por ti nació mucho antes de concebirte. No sabía que ese mes, ese día y a esa hora iba a gestarte y ya te amaba, te pensaba. No fueron pocos los años que tuve que aguardar para que por fin a la prueba de embarazo le salieran aquellas dos benditas líneas que tanto deseaba ver.

Eran tiempos de decepciones, desvelos, tristezas… toda vez que pasaban 28 tortuosos días y nuevamente me bajaba la menstruación, un cúmulo de angustias caía sobre mi cabeza.

—¿Quién tendrá la culpa? ¿Será él o seré yo? Puede que seamos los dos. Quizás deba dejar el cálculo de mis días fértiles y centrarme más en los remedios que me darán mi madre, mis tías o mi abuela y todas esas que antes pasaron por lo mismo, pero ahora están cargadas de nietos. —Así me decía.

Recuerdo que en la consulta de infertilidad el gineco-obstetra me mandaba pruebas especiales y sumamente dolorosas; pero en casa tu bisabuela, me aconsejaba que no fuera más a ver “a ese médico que nunca ha parido ni sabe nada de nada; pero cómo va a saber si es hombre” (sus palabras textuales), y me hiciera estar todo un mes tomando sus remedios caseros.

Hasta la fecha no puedo asegurar que fueron los métodos de uno u otro los que hicieron posible que, aquella bendita tarde, tuviera el sexo más grandioso de mi vida; y como momento mágico al fin, la enorme y divina célula que esperaba hacía pocas horas, fuera fecundada por el espermatozoide 377 (así quiso llamarlo tu papá) y tú comenzaras a formarte en mi vientre.

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El embarazo del chico que más amo

El primer trimestre de mi embarazo fue la cosa más encantadora del mundo.

Jamás tuve náuseas, vómitos, cansancio, sueño… Si no fuera porque el ginecólogo aseguraba que tú estabas dentro de mí cualquiera y, hasta yo misma, diría que no estaba embarazada.

Esos fueron tiempos de imaginar tu sexo y hacer la prueba del cuchillo y la tijera, el tenedor y la cuchara y cualquier otro cubierto o utensilio que a mi madre se le ocurría poner debajo de los asientos para que yo me sentara.

Los resultados dieron hembra, varón, varón, hembra… y así sucesivamente, hasta que por fin un buen día el ultrasonido reveló que eras varoncito.

Entonces llegaron los graciosos desacuerdos:

—Ropa azul porque es varoncito.

—Eso no tiene nada que ver, lo podemos vestir de rosado.

—Mejor compramos todo de amarillo no sea que el ultrasonido se equivoque.

—Le pondremos Mario Alberto como su abuelo paterno.

—¡Qué feo! Mejor unimos el final del nombre de su papá con el de su mamá y así hacemos uno nuevo.

El embarazo del chico que más amo en el mundo me trajo satisfacciones como pocas. Fueron 40 semanas de alegría y emoción, tanto que, si me concedieran un deseo, pediría volverlas a vivir.

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El parto del hombre de mis sueños

Así como tu papi y yo te concebimos una tarde, otra bonita tarde abriste tus ojos al mundo.

No tuve dolor, al menos no como el que narran algunas madres.

Acomodaba tu ropita dentro del escaparate cuando de pronto se me rompió la fuente y nos llevaron, a ti y a mí, corriendo para el centro de maternidad.

Creo haber escuchado las anécdotas de algunas madres que si no se apuran un poco paren en el pasillo del materno. Pues bien, uno de esos fue mi caso. Ya cuando me subí a la camilla tú ibas saliendo, como diría tu bisabuela, “por la puerta pa´ fuera”.

Y así te tuve. Minutos después de haber llegado a aquel lugar sentí la dicha de abrazarte, besarte y conocerte bien.

A partir de ahí todo siguió siendo lindo, más que antes. Te cargué en mis brazos, te di el pecho por primera vez, te puse cerca de mi cara y te sostuve un rato para que durmieras encima de mí.

Claro, mi amor por ti nació antes que nacieras. Durante 35 años me preparé para eso, y hoy, cuando ya han pasado otros 35, puedo decir con certeza que mi sentimiento sigue firme. Estable como el lazo que nos une y la certeza de que eres mío como tuya fui, soy y siempre seré.

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