El parto, un dolor que no vale la pena, ¡vale la alegría!

Agetna · 21 octubre, 2016

El parto no vale la pena, vale toda la alegría que puede producir una sorprendente noticia que aguardas durante mucho tiempo y para la cual te preparaste, quizás, hasta la vida entera. Y no es que con el regocijo del alumbramiento se olviden completamente los intensos dolores que se sienten. Solo que, la satisfacción colosal que produce el recibir por primera vez a un ser amado se queda muy por encima de cualquier dolencia.

El parto: emociones encontradas

La felicidad que produce el parto tiene pocas comparaciones, o mejor dicho, ninguna.

No existe en el mundo emoción más grande que esa. Ni el recibir un gran premio, graduarte de la carrera que siempre soñaste, o casarte con el hombre o la mujer ideal.

No obstante, así como se vive intensamente ese momento mágico de parir a otro ser humano, sangre de tu sangre, también es intenso el sufrimiento que provocan las largas horas de contracciones, cuando el reloj se detiene y el alivio queda lejos, muy lejos, hasta parecer inalcanzable.

El parto es un baluarte de emociones encontradas porque, dolor y dicha, se viven intensamente a la par.

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El parto, un dolor que no vale la pena

Si la mujer no pariera con dolor, ni sintiera en su pecho agitación tan intensa, quizás el alumbramiento no sería grande, ni se recordara tanto.

Hay que ver que las memorias más vívidas son aquellas que ponen al ser humano en situaciones límites, tanto en la alegría, en la tristeza, como en el dolor.

Los momentos sosos nadie los rememora porque sencillamente el cerebro se ocupa de “atesorar” los que realmente son significativos, los que por su intensidad dejaron huella.

Si ese fuera el caso, puede que el parto no valiera la pena y las crías de homosapiens nacieran tal y como brotan los frutos de un árbol: por doquier, y sin provocar conmociones.

El parto, un dolor que ¡vale la alegría!

El parto, el momento exacto en el que el embarazo de una mujer llega a su fin y comienza la vida de otra persona, produce alegrías inimaginables.

Es un tiempo asistido por doctores, enfermeros, medicamentos (si es preciso), para el cual la gestante se prepara durante 40 semanas como promedio.

Es un momento cumbre de nerviosismo, desesperación y éxtasis, que comparten tanto ella como la familia que aguarda fuera de la sala de parto.

Porque aun cuando es mamá quien primero recibe la sorpresa del nacimiento de su hijo, o sus hijos, la familia permanece alerta y ansiosa aguardando la noticia en boca del obstetra:

“¡Es un precioso varón de 8 libras! Todo salió bien.”

Estas cortas pero precisas palabras provocan todo un mar de emociones y felicidades.

El padre es homenajeado, los abuelos celebran, tíos, primos, la comitiva completa festeja la hora en la que un nuevo miembro se sumó a la familia para engrandecer su dicha.

El parto, un dolor que no vale la pena, ¡vale la alegría!

El momento del parto suele despertar miedo en las mujeres.

La que dará a luz por primera vez le teme por la incertidumbre que le provoca ese instante desconocido. El temor se hace más grande gracias a las opiniones y las disímiles vivencias de otras féminas:

“Ese dolor no se compara con ningún otro”.

“Estuve con contracciones durante 10 horas antes de que mi hijo naciera”.

“Lo peor de todo es que después de estar casi 24 horas con dolor no dilaté y tuvieron que hacerme una cesárea”.

fotografía bebé molde embarazo

Las que ya pasaron por eso saben a qué van a someterse y dado que su parto anterior haya sido más o menos doloroso así será la magnitud de su miedo.

Sin embargo, todas las mujeres, tanto las que tuvieron un buen parto, las primerizas, y las que padecieron muchas horas de dolor, coinciden en algo:

“En el momento exacto, cuando ves a ese ser especial que respira oxígeno y llora por primera vez, tus pupilas solo se centran en él”.

El temor, el nerviosismo y las sudoraciones desaparecen por completo.

Cuando nace tu bebé sientes un alivio enorme, es algo fantástico. De pronto te relajas como nunca en la vida y te invade una mezcla de sorpresa, enajenación y alegría que no hay palabras para describirla.”