Malas influencias: ¿es posible controlarlas?

Marcela · 4 agosto, 2015

Las malas influencias en la vida de los hijos es una preocupación de los padres que no es de ahora, principalmente cuando estos llegan a la adolescencia. 

Es una edad, como la propia palabra aclara (palabra del latín que deriva del verbo adolescere: crecer, desarrollarse), en que el niño pasa por muchos cambios y cuestiona muchos ámbitos de la vida y que, por tanto, esta mas susceptible a otras influencias que no la de sus padres.

La primera cosa que nos puede ser útil plantear es por qué las consideramos como malas influencias. En ocasiones puede tratarse de un simple prejuicio. Guiados comúnmente por los estereotipos, solemos, por ejemplo, generalizar y encuadrar una persona por su aspecto, sin ni siquiera haber tenido una conversacion previa.

¿Pero por qué nos asustan tanto las malas Influencias? ¿No deberíamos fiarnos de nuestros hijos? (H2)

Aquí las razones suelen derivar de dos situaciones.

Por un lado hay la adolescencia (asumo que las malas compañías nos pasan a preocupar a partir de esta edad, ya que es cuando nuestros hijos van adquiriendo independencia para elegir sus amigos y empiezan a salir sólo con ellos). La adolescencia es una edad de muchísimos cambios. Es cuando nuestros hijos ganan mas autonomía, lo que, a su vez, los llena de un sentimiento de que ya son grandes y capaces de tomar decisiones.

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La infancia siempre nos ha sido retratada como la edad de la pureza y de la alegría, pero sabemos que no es así. Este tiempo en nuestras vidas puede tener un lado muy duro: puede que nunca más volvamos a escuchar tantos nos.

Además, en la era de las “vidas encerradas en pisos”, el no va sólo: no ensuciar, no jugar con agua, no correr, no hacer ruido porque hay vecinos. Tiene que ser duro para un niño.

Por lo tanto, la adolescencia puede ser vivida como la primera sensación de liberación del niño: ya puede salir sólo, sus padres no controlan sus amistades, sus cuerpos pasan por cambios muy extremos y la sexualidad aflora.

Experimentan una especie de aperitivo de la vida adulta. Aperitivo porque todo eso pasa cuando aún viven con los padres y, por lo tanto, aún tienen que someterse a sus orientaciones sobre la vida. Es aquí cuando empiezan los conflictos.

Por otro lado hay la falta de confianza en los hijos. ¿Por qué será que la experimentamos? Claro que eso es algo muy personal y que cada uno debe preguntarse el porqué.

Es verdad que los hijos siempre nos traerán sorpresas. No tenemos cómo controlar todo lo que les pasa, obviamente, y ni tenemos esta intención.

Hay quien lo intenta y ya sabemos que, además de ser un fracaso, lo que conseguimos es alejar aún más nuestros hijos de la convivencia familiar.

La medida entre controlar y dar libertad es algo que cada uno tendrá que encontrar y que aprendemos sobre la marcha.

Cuanto al sentimiento de desconfianza, puede que creamos que nuestros hijos nos engañarán o no sabrán defenderse al depararse con una situación que les pongan en riesgo, simplemente porque les dedicamos poco tiempo, porque tenemos pocas conversaciones con ellos o porque les conocemos poco.

Si así es, es claro que tendremos miedo a las malas influencias. Este miedo puede que venga justo por el hecho de que nosotros les estamos influenciando muy poco. 

A los niños hay que dedicarles horas. El problema es que cada vez más la estructura social esta montada para que nos separemos de ellos, y lo antes posible.

Casi que está mal visto cuando decimos que somos solo madres, parece que esta elección se haya vuelto una cuestión de “a qué clase pertenecemos”, ya que el comentario siempre es: “si te lo puedes permitir”.

Nadie piensa que los que llo hacen, están viviendo con mucho menos y que han dejado aquella hipoteca para más adelante, etc.

La conversación en familia es algo cultivado. Disfrutar de una comida, comentar cosas, interpretar el mundo, dándoles puntos de referencia de donde partir, emitir juicios, finalmente, criar versiones de la vida.

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Obviamente que, para que nuestros hijos quieran escuchar lo que decimos, tenemos que ser un ejemplo para ellos como personas interesantes.

Una cosa que es muy probable que pase, es que en la adolescencia nuestros hijos no nos querrán por que somos sus padres como pasa cuando son pequeños. Tenemos que ofrecerles algo más.

Y para tanto, una cosa es cierta, la provocación funciona bastante más que la “pedagogía”. Traer un libro nuevo a casa y dejarlo un poco fuera de su sitio, mirar una película sin invitarles.

Todo eso les puede provocar a que vengan hacia nosotros y se interesen mas por sus padres, y no se dejen levar por malas influencias.

Un cosa es cierta, nuestros hijos son extremadamente curiosos y esto nos da muchas posibilidades.

Así que, cuando desconfiemos de sus amigos, o pensemos que nuestros hijos están acompañados de malas influencias, intentemos ofrecerles otras posibilidades mas interesantes, haciendo que nuestras propias vidas también sean mas interesantes.