La vida de pareja después de tener un hijo

Hay un antes y un después al maravilloso acontecimiento de ser padres. Es que, después de traer un hijo al mundo, la vida de pareja ya no es la misma. La rutina, las prioridades y las salidas se modifican drásticamente. La vida de los dos es, en definitiva, lo que cambia de manera impresionante y muchas veces de manera inesperada.

Dejamos atrás lo que solían ser nuestros pasatiempos y hobbies. Le dimos la bienvenida, sin más, a actividades y entretenimientos impensados e inimaginados. Redefinimos el concepto de diversión. Dejamos de pensar solo en nosotros, para enfocarnos en ese nuevo ser que forma parte de nuestra familia.

En este artículo te contamos cómo continúa la vida de pareja después de tener un bebé. Seguramente te sientas 100% identificada. Nadie dice que al ser madres ganamos o perdimos, ni que la cotidianeidad se vuelve mejor o peor. Tan solo una realidad: sencillamente todo cambia y se tiñe del color de la vida misma.

La vida de pareja solos

La vida de pareja sin un niño era, cuanto menos, diferente. Entonces, el tiempo era completamente nuestro. Así, podíamos manejarlo a nuestro antojo, según nuestras preferencias. Nada urgía y podíamos dedicarnos exclusivamente a nosotros mismos.

Toda pareja aprende a enfrentarse a los retos que aparecen en su relación.

Ir a bailar, al cine, a tomar un café, ver películas o visitar a familiares. Juntos o separados, con nuestro compañero de vida, amigos o familiares. Daba igual, la idea era disfrutar de lo que creíamos era el lento correr del tiempo, que simplemente era nuestro.

Vivíamos con la tranquilidad de que si ese día no teníamos ganas, no salíamos de casa y listo. Todo podía posponerse como quisiéramos. Fuera planeado o improvisado, todo valía para rendir homenaje a nuestra pareja o a uno mismo. Darse el gusto, no privarse de nada, mimarse a diario.

La vida de pareja con hijos

Con la llegada del primer pequeño, asistimos al cambio de nuestras vidas. Apreciamos el modo en que perdimos por completo el control de aquellos que solían ser nuestros tiempos. La prioridad, de manera indiscutida, ya no éramos nosotros, sino nuestro hijo.

Como padres, pasamos a depender de sus necesidades. Notamos que evaluábamos el estado del tiempo para realizar planes que, lógicamente, lo contemplaran. Considerábamos hasta para la mínima decisión su estado de salud o incluso de su humor. Nuestro objetivo era siempre que tanto nosotros como él disfrutásemos de cada experiencia.

La comodidad de cada lugar a visitar pasaba a ser un ítem central, definitorio. Todos los destinos debían ser aptos y cumplir las condiciones de seguridad para nuestro hijo. Buscamos que se entretuviese con diversos juegos atractivos, en distintos parques y jardines y realizase actividades para que desplegar todo su potencial creativo, cognitivo y corporal. Nuestro objetivo: mantener siempre candente la luz de su bella sonrisa.

Nuestro lugar favorito en el mundo se convirtió en aquel que hiciera sentir feliz y pleno a nuestro pequeño que, orgullosos, veíamos crecer

La vida de pareja necesariamente cambia

El regreso a casa es distinto. Antes, cuando salíamos cansados del trabajo, solo queríamos quitarnos los zapatos y tumbarnos en el sofá para estar cómodos y tranquilos. Beber un café caliente mientras veíamos series y películas hasta que nos quedásemos dormidos era el plan de muchas de nuestras noches.

La vida de pareja cambia cuando se tiene un hijo.

Sin embargo, hoy salgo trabajar y corro hacia su escuela. Un pastel, un helado o cualquier dulce son el mimo capaz de demoler su encorsetada rutina diaria. Todo mi cansancio y sueño anterior lo tuve que suplantar por el ferviente deseo de sentir la alegría de ese inocente y puro regalo que me ofreció la vida.

Fines de semana con otro ritmo

Los fines de semana y los días de fiesta ya no son lo mismo. Ahora se trata de visitar parques y plazas, de correr campo a través tras el pequeño. Subir y bajar un sinfín de veces esa rampa que tanto imanta su atención. Escondernos de papá o bailar cualquier ritmo musical donde quiera que estemos.

Cantar canciones infantiles, disfrutar de obras y películas, cansarme de contar cuentos para niños y de jugar. Disfrutar de las fiestas de los más pequeños llenas de payasos, magos, colores y piñatas.

Cuando tienes un hijo, comienzas a vivir los días desde otra perspectiva. El día de la madre, el del padre, el del niño y hasta las celebraciones de cumpleaños adquieren otro matiz. Allí descubres también la existencia y el valor del día de la familia.

Mil relojes no marcan las horas como lo hace él. Cada minuto cuenta, cada segundo se escurre entre nuestros dedos. Un baño rápido es una revolución acuática entre tres. Y allí estamos, en plena guerra de padres -cuando antes solo pedíamos paz-, mojados de pies a cabeza. Con dolor de abdomen por estar verdaderamente muertos de risa.

La vida en pareja atraviesa diferentes etapas.

Ya no somos los mismos

Definitivamente, con la llegada de nuestro hijo a nuestras vidas, ya no somos los mismos. Cambiamos, maduramos, crecimos y aprendimos. Entendimos a fuerza del más puro y noble amor que nuestro motor se enciende con tan solo ver la mirada de nuestro pequeño.

Nos miro. Nos encuentro compartiendo la misma cama por los mágicos instantes que duran sus dibujos favoritos. Entiendo todo a la perfección: no existe mejor inversión de tiempo. Amé mi vida pasada y hoy amo esta nueva etapa.

Abrazo mi vida actual, esta familia de tres y, en un futuro, probablemente de más. Pues nada en este mundo se compara con la felicidad que siento hoy. Elijo ser madre y esposa cada día de mi vida. Dicen que un hijo cambia la vida de pareja. Es verdad: hoy nos vemos unidos y empáticos, enlazados por este pequeño amor.

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