¿Soy una madre naturalmente capacitada?

El hecho de ser responsable de la supervivencia y el desarrollo de un bebé tiene tanto poder que es inevitable preguntarse si estamos preparadas para ser madres. Pocas preguntas son tan importantes y tan poderosas como esa.

De hecho, diría que no hay duda más inquietante que esta, pues pone en jaque no solo nuestro funcionamiento biológico, sino nuestra competencia como ser humano. Nos angustia pensar en la posibilidad de que la naturaleza no nos haya dotado de la capacidad de criar y garantizar un buen crecimiento y educación a nuestros niños.

A menudo cuando observamos a otros mamíferos como los perros o los gatos nos maravillamos de su capacidad instintiva para cuidar de sus bebés. Todas deseamos estar dotadas de ese instinto maternal que nos permita mantener protegidos a nuestros hijos, pues somos conscientes de que llegará el momento de echar mano de él cuando lo que hemos aprendido previamente no sea suficiente.

Ese deseo se convierte en una especie de temor que nos mantiene preocupadas especialmente durante aquellas etapas en las que nuestros niños nos necesitan más.

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Los miedos maternos: tan normales como necesarios

“Me preocupan cosas que nunca antes lo habían hecho. Es como si me hubieran salido unas antenas cuya función es detectar posibles peligros que puedan dañar a mi hija. Quizás debería de acudir a su llamada, quizás deba darle el pecho más veces, quizás necesita más ropa. A veces estoy recostada y de repente pienso en que no le tapé bien o que algo podría caer sobre su cuna…”

¿Os sentís identificadas? Probablemente en parte sí. Tener miedo de que algo de lo que rodea a nuestros niños vaya mal es algo totalmente normal. De hecho, es una de las funciones más importantes a la hora de mantenernos vigilantes ante los peligros que rodean a los hijos.

La madre que actúa motivada por estos “miedos positivos” reduce la posibilidad de accidentes, descuidos o errores que pueden resultar fatales para el niño. Por ejemplo debemos poner especial cuidado en peligros como las mesas altas, las cunas alejadas, los enchufes, los objetos punzantes, etc.

Por eso, en cierto modo, mantenernos vigilantes ante aquello que nos provoca miedo es una buena respuesta maternal, pues los temores son en gran parte una forma natural de garantizar la supervivencia del niño.

No obstante, aunque la presión psicológica es mucha, es de suma importancia que esos miedos no sean incapacitantes y que les permitamos a nuestros niños explorar para que se sientan sanos y felices en su lugar en el mundo.

Madre haciendo varias cosas a la vez

El cansancio, otro enemigo natural

Lo cierto es que hay etapas en las que nuestros hijos son muy demandantes, por lo que el cansancio se acumula. Esto ocurre porque, dado gran parte de la responsabilidad sobre el niño es nuestra, siempre hay una parte de nosotras que está funcionando.

Da igual si delegamos tareas, si las estamos haciendo o si simplemente estamos preocupadas de manera pasiva por algo en torno a nuestro hijo; el resultado final es que estamos las 24 horas del día centradas en su cuidado.

Por eso es importante saber en qué consiste ese cansancio, qué supone que se acumule y que sea a veces tan intenso. Veamos qué razones hay tras de sí:

  • Todos los niños son impredecibles, pero sobre todo lo son durante el primer año de vida. Esto genera cansancio principalmente por la preocupación constante y la falta de rutinas.
  • Las expectativas sobre las madres desempeñan un gran papel en el escenario del cansancio. La presión psicológica que ocasiona el hecho de que se espere que las madres sean siempre sabedoras de lo que hacer en todo momento simplemente agota.
  • Incluso cuando se delegan tareas, la responsabilidad última de todo suele recaer sobre las madres. Esto puede resultar abrumador, agotador y desesperante, esto hace que una vez pasado el primer año las mujeres miren hacia atrás y perciban el período anterior como algo borroso.

En el primer período todo esto nos hará percibir la realidad como una mezcla inconexa de placeres, gratificaciones, preocupaciones, miedos y cansancio. Por lo tanto, a medida que vaya pasando el tiempo y el bebé vaya creciendo sin más dificultades iremos descubriendo que hemos superado esa prueba de fuego que tanto temíamos.

Por lo tanto, este proceso de autoconocimiento lleno de dudas y de miedos resulta el pilar fundamental de la actitud mental materna; como consecuencia confiaremos cada vez más en nuestras capacidades como madre, una asignatura que temíamos no aprobar y en la que poco a poco todas nos hacemos expertas.

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