Cuando la maternidad se hace esperar

En muchas ocasiones, la maternidad se hace esperar. En algunos casos se trata de la elección de la mujer, pero en otros tantos de cierta dificultad o imposibilidad. Afortunadamente en la actualidad existen muchos métodos que facilitan el sueño de miles de mujeres que anhelan convertirse en madres.

Es que esa ilusión de tener un hijo irrumpe en algún momento de nuestra vida. Sin embargo, cuando las parejas deciden formar sus familias, pueden pasar meses e incluso años sin obtener resultados. Es allí donde se hacen presentes una serie de temores que generan sentimientos encontrados.

El tiempo pasa; la ansiedad y la angustia no se hacen esperar. Cuando crees que la infertilidad se hace realidad, se da inicio a una verdadera pesadilla. La llegada de “los días femeninos” implica una nueva tortura. Todas las preguntas de allegados y curiosos son un disparo al corazón.

Cuando la maternidad se hace esperar por tiempo prolongado, las preguntas invaden nuestras mentes. La medicina comienza a caminar despacio mientras el mundo parece apurado. Sin embargo, no se trata de un caso aislado. No eres la única en plena lucha por cumplir un gran anhelo.

Pues la Organización Mundial de la Salud (OMS) sostiene que el 10% de las parejas padecen alguna imposibilidad de concebir. Desde luego, esta dificultad es mucho más complicada de lo que la gente imagina en tanto supone una serie de efectos insospechados para el resto del mundo.

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La maternidad se hace esperar, ¡no quiero sufrir más!

La maternidad se hace esperar, y cada día que transcurre es una verdadera agonía. Cada test que arroja ese detestable negativo es el más duro golpe a un alma desgarrada. Todo ello no hace más que cercenar lentamente la esperanza e ilusión de los padres.

Incluso esta lamentable y dolorosa condición acarrea una serie de consecuencias psicológicas y clínicas en la pareja. Del mismo modo, pueden surgir consecuencias económicas cuando los implicados se someten a un sinfín de prácticas, procedimientos y alternativas.

La tristeza, bronca y decepción se pueden apoderar de las mujeres y hombres que toman esta situación como un fracaso. La depresión y la búsqueda de aluna explicación, la cual tampoco puede ser digerida, mucho menos aceptada.

Las relaciones íntimas comienzan a planificarse de modo prácticamente obsesivo. El tiempo se convierte en un mero calendario. Y los dioses se tornan en enemigos de la pareja al negar que aquel esperado milagro de la vida ocurra. El mal humor resulta la constante diaria del hogar.

Un dolor inexplicable, y en ocasiones incomprendido

La vida de los padres que buscan hijos sin éxito alguno parece congelada en el tiempo. Mientras ellos se perciben detenidos, observan cómo en su entorno todo pasa y muta inexorablemente. Una condena a ser los últimos en enterarse de las llegadas de la familia, una invitación a evitar a esos amigos que se han convertido en padres.

Sí, fingir, aunque duela felicidad. Sentir que la vida no arde, sino que lastima, se burla. No poder controlar la frustración. Eso es lo que pasa en definitiva cuando la maternidad se hace esperar. ¿Y cuántas veces te quedaste muda o deseaste ser fagocitada por una baldosa?

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“¿Para cuándo el bebé?”, “¿Qué esperan para darle un/a hermanito/a?”, frases que -aún pronunciadas con la mejor intención- suponen una crueldad incalculable. La gente preocupándose por úteros ajenos, un dedo más en esta yaga que no para de sangrar.

Culpa, sí, domina la culpa. Aunque no la tengamos, no podamos hacer nada, ni tengamos poder de decisión sobre estas cuestiones que nos son ajenas. Comienzan las absurdas hipótesis autoincriminatorias. “Si lo hubiese intentado antes”, “Debía dejar el tabaco mucho antes” o “Fue por alimentarme mal”, son claros ejemplos de ello.

Cuando la maternidad se hace esperar, aumenta ese vació en el alma, en el vientre. Especialmente cuando se aprecian esos abdómenes abultados de las embarazadas. Sentirse diferente, por un rasgo que destruye. Asumir que nadie te recordará una vez que partas de este mundo.

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