Soy tu bebé y tú, mamá, eres mi hábitat, mi alimento, mi todo…

Valeria · 31 mayo, 2017

Para tu bebé tú eres su hábitat, su pequeño y mágico universo, eres su alimento, su refugio y fuente de afectos sin fecha de caducidad. Tú, lo eres todo y él a su vez, colma tu realidad de alegrías y esperanzas, de sueños y emociones que nunca antes habías sentido.

Según un trabajo publicado en la revista científica “LiveSciencie” la maternidad es un momento biológico único y excepcional por muchas razones. Tanto es así, que la mayoría de las veces no llegamos adivinar cuántos cambios acontecen en nuestro interior, en nuestro cuerpo, en nuestro cerebro e incluso en nuestra forma de ver el mundo.

No obstante, y esto es importante tenerlo en cuenta, también el papá es muy sensible a este momento clave en que sabe que en poco tiempo, va a tener en sus manos una nueva vida. Todos estos acontecimientos, por curioso que parezca, no siempre están habitados por el sentimiento de la alegría.

Según la doctora Mary Kimmel, directora de la Unidad de Hospitalización Psiquiatría perinatal y profesora de psiquiatría de la Universidad del Norte Carolina, algo que experimentan muchas mamás cuando están embarazadas es miedo. Se preguntan si van a poder con todo, temen por su estabilidad personal, económica e incluso muchas veces, se preocupan por si la relación con su pareja durará o no, y si ella y su bebé contarán con el apoyo de la familia, de los amigos…

El hecho de que lo seamos todo para ese bebé, a instantes, nos ilusiona y al momento aparece la sombra de la preocupación. Debes saber que pensar todo esto es normal, lógico y hasta normativo. Tener un hijo implica no solo responsabilidad, implica tener valentía y saber que encararemos la vida aún en las épocas más difíciles. Porque tú eres el hábitat de tu pequeño, sú casa, su refugio, su vínculo con el mundo…

Soy tu bebé, crezco dentro de ti, siento tus emociones… Así que no tengas miedo

No lo tengas, no temas al futuro mamá, porque tu presente, tu aquí y ahora está colmado de felicidad y de esperanzas. No dejes que los temores y las inseguridades atenacen tu corazón, porque ese estrés que a veces vivimos como madres llegan al mundo sereno del útero, porque el cortisol en sangre impregnará en algún momento al líquido amniótico.

No solo aquello que comes le sirve de alimento al feto, lo que sientes, lo que vives, lo que ríes y lo que lloras también viaja hasta él en forma de eco, en forma de nutrientes y de caricias invisibles con los que se gesta día a día e instante a instante su crecimiento.

Así que recuerda mamá, tu bebé quiere que seas feliz. Desea que despiertes cada día a la vida con mil proyectos, con mil ideas, retos y esperanzas. Quiere que seas siempre tú, esa mujer valiente que es capaz de hacer frente a todo, esa mujer hermosa que tiene muy claro qué quiere y qué no quiere para su hijo.

Recuerda siempre que la persona que se cuida cada día, que atiende sus emociones y su bienestar psicológico, puede siempre dar lo mejor a sus hijos.

Eres mi casa, mi hogar y siempre serás mi refugio, mamá

Tal y como suele decirse, llevamos a nuestros hijos 9 meses en nuestro vientre, 3 años en los brazos y toda la vida en el corazón. Somos su hogar, lo fuimos en el pasado y lo seremos siempre. Pensar eso no es caer en la sobreprotección ni en la toxicidad del vínculo. Porque el hogar más sabio es aquel que tiene las puertas abiertas, aquel que deja libre a sus habitantes para que se vayan cuando lo deseen, y para que a su vez, vuelvan cuando así lo quieran.

Sin embargo, algo que como padres debéis recordar es que nunca será tan importante ese hogar como cuando nuestros niños son pequeños. Son esos años en que hay que construir el vínculo, esa etapa en que la exogestación se mantiene durante un par de años más tras el nacimiento.

Porque los bebés necesitan de nuestra cercanía más física en esta etapa, porque nuestra piel, nuestras caricias y nuestras palabras siguen conformando un útero invisible donde seguir creciendo hasta que por sí mismo, reclame libertad, independencia, movimiento…

Recuérdalo bien, aunque tu pequeño aún no pueda decírtelo, tú eres su todo. Eres su alimento, su calor, su regazo donde dormir, su pecho sobre el que crecer y madurar… No dudes pues en cuidarte, en ser feliz, en ser valiente y alzarte como la clase de persona que tu hijo quiere, y merece.