No importa si vas despacito, mamá siempre irá a tu ritmo

Valeria 16 mayo, 2017

En un mundo de prisas, los niños que van despacito se sienten perdidos. Por ello, necesitan que la mano de sus padres se ajuste a su ritmo, sin ejercer presiones que más tarde se transforman en miedos y frustraciones. Aprendamos a ser pacientes, artesanos de su desarrollo, artífices de su curiosidad y ese pilar afectuoso que no juzga ni castiga, sino que educa con tibieza, intuición y amor imperecedero.

Una de las palabras que tienen en mente muchas madres y muchas padres es “cuándo”. ¿Cuándo debe empezar a hablar mi niño? ¿Cuándo a caminar? ¿Cuándo debería mi hija asentar el proceso lecto-escritor? Estas dudas son muy comunes, pero si hay algo que deberíamos tener claro desde un primer momento es que ese “cuándo” no es igual en todos los niños.

Más aún, si nuestro hijo va más despacito en la consecución de ciertos aprendizajes, si percibimos que su locomoción es aún insegura, si su propiocepción inmadura o su coordinación “mano-ojo” aún carece de armonía, no debemos anticipar ideas  tales como “mi hijo tiene una deficiencia” o “mi hijo padece algún tipo de trastorno”. Si hay algo que debemos reconocer es que todos en algún momento de nuestro desarrollo hemos tenido problemas para aprender.

Sin embargo, si en un momento dado nuestro pediatra o un psicopedagogo nos ofrece un diagnóstico concreto a esa lentitud, a esa deficiencia o inmadurez no debemos verlo como un problema, sino como un reto, como una aventura y un desafío que recorrer a diario con nuestro pequeño con la máxima energía y motivación.

Entendamos a su vez que no hay niños con problemas, sino sociedades que no saben dar las respuestas ajustadas a las necesidades de nuestros hijos. Empecemos pues por nosotros mismos, seamos esa mano sabia que sabe ir a su ritmo para permitirle llevar una vida normal, una vida digna y feliz.

Niños con desarrollo lento o diferente

Judit Falk es experta en educación infantil y autora de una gran variedad de libros dedicados al desarrollo del niño. Una de la preguntas que suele encabezar la gran parte de sus trabajos es “qué entendemos por desarrollo normal”. Vivimos en una sociedad donde está muy de moda acelerar y donde a su vez, los niños que van más despacito son a menudo un problema para las instituciones educativas.

Esta autora nos recomienda algo muy importante: el niño más frágil, el pequeño que va más despacito es el que más necesita que los vínculos con sus padres se mantengan más fuertes que nunca. Nos necesitan.

¿Cómo es un niño con desarrollo lento?

La evolución del bebé se considera normal cuando se ajusta a los hitos definidos en escalas en tablas de desarrollo y en los manuales de pediatría, puericultura y de psicología.

Los niños con desarrollo lento, por su parte presentan ciertas dificultades a la hora de alcanzar determinados logros: el gateo, la marcha, la comunicación, la capacidad de atención a estímulos verbales y de expresión, dificultades para evocar y recuperar la información aprendida… Son sin duda muchas áreas y muchos pequeños detalles que no tardan en llamar la atención de los padres.

Si mi hijo es lento a la hora de alcanzar determinadas capacidades ¿quiere decir que presenta algún tipo de retraso psíquico o físico?

Ante cualquier duda, problema o dificultad serán siempre nuestros médicos, pediatras y psicopedagogos quienes hagan una correcta valoración. No obstante, conviene dejar claro que no debemos “obsesionarnos” con esos índices numéricos sobre qué deben poder hacer según los meses o años que tengan.

A su vez, muchos especialistas nos advierten de que en los últimos años y debido a la prematuridad de los niños, cada vez hay más diferencias individuales y diferencias en cuanto a qué edad deben o no deben hacer tal cosa.

Por tanto, en ningún momento debemos pensar que porque nuestro niño vaya un poco más despacito, tenga algún tipo de deficiencia. No podemos olvidar, por ejemplo, que el propio Albert Einstein fue calificado como un “niño lento” en el colegio, y que ningún profesor daba demasiado por él.

Voy despacito, dame tiempo y acompáñame

madre que va despacito con su hija

Emmi Pikler fue una eminente pediatra de los años 30, autora de libros tan conocidos como “Moverse en libertad” o “Motricidad global”. Sin embargo, uno de sus trabajos más conocidos, el que publicó tiempo después de su muerte fue precisamente “Dadme tiempo”.

  • En este libro nos advertía de un hecho muy importante: cada paso que da ese niño que va más despacio que el resto, debe hacerse con placer y con amor. Algo que se ve muy a menudo es que después de haber conseguido determinados logros con ayuda de los adultos, el niño pierde el placer o el interés por ejercitar las actividades acordes a su nivel de desarrollo. No lo hace porque se siente presionado, porque siente el estrés de sus progenitores, porque se nota inseguro, incómodo o con miedo.
  • Por ello, es necesario no olvidar nunca algo muy sencillo: debemos ser mediadores de un aprendizaje conseguido a través del cariño, del respeto y del amor. Toda ayuda prestada desde la cercanía y no desde la presión, se integra con más facilidad y de forma significativa.

Seamos por tanto acompañantes pacientes y esa mano siempre cercana que sabe seguir el ritmo de nuestros pequeños.

 

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