Mirándote crecer entiendo que la vida es bella - Eres Mamá

Mirándote crecer entiendo que la vida es bella

Desde que supe que llegarías, comprendí que la vida es bella. Empecé a ver mi vientre crecer y, de buenas a primeras, comencé a sentir una vida gestándose dentro mío. Me enamoré de ese milagro interno al sentir tus primeros movimientos en mi interior.

Mi cuerpo comenzó a cambiar en pos de acunarte cada día, durante nueve meses. Sentí tus movimientos mientras vos oías los latidos de mi corazón enamorado. Sentiste mi temor ante cada cambio hormonal y emocional, me sentiste tomar aire para luchar.

Te vi crecer al ver el aumento de tamaño de mi estómago. Y entendí que más rápido que temprano llegaría el gran día. Esa jornada tan ansiada y esperada, inolvidable. Nuestra primera cita, a ciegas, pero marcada al compás del amor más puro e incondicional.

En ese momento de definición, comprobé que la vida es bella. Nos vi luchar con toda nuestra fuerza. Por vernos, por estar juntos. Por ese primer beso y ese inolvidable abrazo. Pelear por ese llanto de inmensa alegría, enorme orgullo y gran satisfacción.

Verte crecer me enseña que la vida es bella

Y allí estábamos. Compartiendo la vida sin elegirnos esa primera vez, pero escogiéndonos para siempre desde entonces. Alimentándote con mi savia del amor, adorando tu suave piel, conectando nuestras miradas, tomando nuestras manos.

Comenzaron a pasar los días, y cada jornada se presentaba mágica, encubría un misterio o milagro. A las primeras sonrisas y balbuceos, le siguieron los primeros avances a la hora de moverte. Estar atenta y correr a tus precipitados gateos. Los primeros pasos inestables.

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Cada uno de los grandes logros me demostraban que la vida es bella. Cada aprendizaje, cada nueva travesura de ese pequeño monigote me daba el aliento necesario para aprender y crecer cada día. Aprender a lidiar con la ilusión y posterior frustración que implican las primeras papillas.

¿Y qué decir de una de las mayores luchas? El cambio del pañal por la ropa interior. Todo un desafío, superarlo es todo un acontecimiento. Como tus primeras palabras que mi memoria auditiva jamás olvidará. Tu suave voz, reflejo de la inocencia de tu ser.

Mi hijo, prueba viviente de que la vida es bella

Mi hijo es sin lugar a dudas la prueba viviente de que la vida es bella. Entender el milagro de la vida. Convertirse en artesana de la vida. Ser el mundo para ese pequeño ser. Enseñarle y aprender al mismo tiempo. Honrar la vida cada día.

Te veo, luego de transcurrir los años desde aquel día de la cita a ciegas, y aprecio el paso del tiempo. Ningún reloj marca el tiempo como vos. No hay joya que valga lo que veo que vales. Caigo rendida ante tu frescura y curiosidad, fuerza motora de la propia infancia.

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Imposible no embelesarse con tu capacidad de asombro, tu bondad y tus ocurrencias que hacen mecha en cada una de tus acciones. Me pierdo en las bondades únicas que los dioses confiaron en esa etapa de tu vida. Admiro, una y otra vez, todos los dones que ostenta tu niñez.

Mirándote crecer entiendo lo que es el orgullo y la felicidad. Encuentro un sentido a la vida misma, descubro las razones para dar pelea frente a las diversas complicaciones que se dan durante tu crianza. Muero un poco ante cada dulce “Te amo”.

Me derrito frente a cada delicada caricia, sucumbo frente a tus pegajosos besos. Entiendo que todo problema tiene solución y que sos capaz de iluminar hasta los más oscuros días. Entiendo los misterios que se ocultan detrás del concepto ternura.

Pues mirándote crecer, comprendo finalmente que la vida es bella. Entiendo la importante misión a la hora de construir tu futuro. Comprendo la importancia de forjar un legado. Pero especialmente entiendo la felicidad, que existe siempre y cuando sea compartida.

La alegría de mi vida reside sencillamente en verte crecer sano, feliz y pleno. La plenitud tiene tu nombre y se aloja en tu noble corazón. Los latidos de mi corazón me demuestran, una y otra vez, que vivo y muero por esa porción de mi ser que suele llamarme mamá.